Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 8 de junio
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8 de junio

La cabeza me retumba como un tambor.

Me desperté tarde, con la buhardilla inesperadamente calurosa y húmeda, y me quedé tumbada en la cama un buen rato. La casa estaba en silencio y, cuando Agnes me subió agua fresca en una palangana y me la dejó en la mesita, mantuve los ojos cerrados para no animarla a hablar.

Una vez que se marchó, me obligué a sentarme y me froté los ojos para librarme del sueño, como si eso fuera a servirme de algo. Anoche fue un desastre. Todo habría ido bien si a Agnes no se le hubieran escapado las funestas profecías de El Romano.

Puede que Emma M. Lion disfrute de lo inesperado, pero Emma M. Lion no participa en episodios. Y lo de anoche se pareció mucho a uno.

Pobre señor Pierce.

Amigos, claro.

La fotografía que me regaló está en el escritorio. Es preciosa y debería enmarcarla. Por ahora, está apoyada contra la pared, justo debajo de sus propias palabras:

HASTA QUE EMPIEZAN A SERLO.

Más tarde

Después de abrir de par en par la ventana y media, me he puesto ropa limpia y me he arreglado el pelo.

Mirándome en el espejo, me he evaluado. Parezco joven, pero no ignorante.

Importante solo para unos pocos. Desde luego, no parezco la mujer más singular que alguien haya conocido en su vida. Lo cierto es que no quiero serlo.

He practicado expresiones frente al espejo durante un cuarto de hora hasta lograr un aspecto bastante anodino.

Quizá las use en el próximo té de tía Eugenia.