7 de junio #3
Me di la vuelta y salí de la gran sala vacía, confiando en que el señor Pierce o bien me seguiría o bien se marcharía por donde había llegado.
Me siguió. Parian había dejado una botella de oporto en el aparador del vestíbulo; supongo que iba camino del comedor para llevarla cuando ocurrió El Suceso.
La cargué hasta el salón. Las copas vacías del madeira que nos habíamos tomado seguían allí, así que pedí perdón y volví a usarlas.
Le pasé una copa medio llena, y luego me serví una para mí y me senté en el sillón.
El Inquilino apuró su copa de un trago, se sirvió una segunda y luego tomó asiento en el sofá verde frente a mí.
—Es usted la mujer más singular que he conocido en mi vida, y he conocido a bastantes.
Sentí que se me enrojecían las mejillas y bebí un trago de oporto, pero solo conseguí romper a toser. No me esperaba que estuviera tan fuerte. Tía Eugenia solo me deja beber el ya mencionado licor de ginebra con endrinas.
—No entiendo por qué —respondí al fin—. Soy la persona más normal de esta casa.
No supe si la media risa que soltó mostraba acuerdo o discrepancia respecto a mi afirmación.
Permanecimos sentados un buen rato sin decir nada.
Yo había renunciado a mi fruta prohibida, pero el señor Pierce disfrutaba de su oporto con lentitud, mirando el fuego y frotándose los ojos de vez en cuando.
No es un caballero, pues se muestra demasiado cómodo, demasiado capaz de forjar su propia actitud.
Culpo a los estadounidenses de este exceso de confianza.
También creo que me gusta.
Mientras estaba allí sentada, era inútil negar que no dejaba de pensar en la rapidez con la que El Inquilino había entrado en el gran salón. Sin miedo, sin inquietud. Sin detenerse a preguntar. Solo acción.
Cuando por fin rompió el silencio, fue para abordar la cuestión de El Romano.
—Este fantasma suyo ¿es similar a las demás peculiaridades de St. Crispian’s?
—No lo sé. Los fantasmas no son tan raros, si uno debe darle crédito a la ficción. Pero en St. Crispian’s parecemos mantener una relación más sólida con nuestros muertos.
Emitió un sonido de desaprobación y se levantó mientras dejaba la copa, vacía por segunda vez, en el aparador.
—Agnes. Me ha mencionado. Ha dicho que yo estaba en la casa y que este…, este fantasma suyo…, ¿ha hablado de mí?
Me llevé la mano a los ojos un momento, cansada.
—Sí.
—Por absurdo que me resulte aceptar la veracidad de tal idea, ¿puedo preguntar qué dijo el fantasma?
Una petición incómoda en cualquier situación, preguntar qué ha dicho o ha dejado de decir el fantasma local sobre uno mismo. Titubeé un momento antes de decidir que la cobardía era la mejor forma de actuar.
—Puede que no fuera sobre usted —contesté. Pero, como se mantuvo a la espera, no me quedó más remedio que continuar—: El Romano le dijo a Agnes que un hombre de guerra iba a venir a esta casa.
—Entiendo.
Levanté la vista hacia él. Tenía una mano en el aparador y la otra en el bolsillo, la mirada clavada en mí, en el fuego o en ambos.
—No creo que quisiera decir nada en particular, señor Pierce.
Puede que no fuera a usted a quien se refería.
Y, si era a usted, que así sea. Se dedica a fotografiar la guerra.
—Entonces levanté las manos en un gesto que significaba que todo aquel terrible asunto era bastante ridículo—.
Desde luego, no hay nada de malo en ello.
Él bajó la mirada, frunció el ceño y dijo:
—Según las palabras de Agnes, el fantasma ha dicho que el hombre de la guerra acabaría con esta casa. Suena a que sí es bastante malo.
Siniestro.
Y ridículo.
Quizá.
—Es una sandez dar crédito a una criada asustada que repite lo que sea que haya dicho o dejado de decir un fantasma. A mí no me ha asustado. La verdad, no le he dado ninguna importancia.
Era una mentirijilla, pero encajaba muy bien, y me daba la sensación de que él necesitaba oírla, como si le diera miedo tener dentro algo capaz de causar destrucción.
Para aparentar tranquilidad, añadí una sonrisa a mi falsedad.
Pero el señor Pierce no me estaba mirando a mí, sino a la hermosa fotografía que descansaba sobre la mesa: Afganistán, un lugar salvaje y lejano marcado por la guerra.
—Señorita Lion, es tarde. Gracias por la cena. Será… memorable. Si le parece bien, no es necesario que me acompañe.
Lapis Lazuli House no ha caído tan bajo como para permitir que sus invitados deambulen a ciegas por el pasillo, un hecho del que lo informé. Además, necesitaría su sombrero.
Estaba oscuro y Parian no aparecía por ninguna parte, pero localicé dicho artículo y regresé para entregárselo y abrirle la puerta principal. La calle desprendía un dulce aroma a junio y ambos respiramos hondo por instinto.
—Señor Pierce —dije—, tengo comprobado que en ocasiones de gran absurdidad se descubre o bien a un gran amigo o a alguien a quien no volver a dirigirle la palabra jamás. Ahora que ha experimentado una velada desastrosa en Lapis Lazuli House, dejo que sea usted quien decida qué prefiere.
Con el sombrero en la mano, jugueteando con él mientras miraba hacia el otro lado de la calle, bajó las escaleras despacio y no volvió a mirarme hasta que llegó a la acera.
—Amigos —respondió, y añadió—: Si no le doy miedo.
—Amigos —repetí—. Buenas noches. Gracias por la fotografía.
Pasé un largo rato sentada junto al fuego, dejé que se consumiera mientras contemplaba la copa vacía del aparador. Y ahora, de vuelta en mi buhardilla, consciente del silencio ensordecedor que reina al otro lado de la pared, no he conseguido conciliar el sueño.