Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 7 de junio #2
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7 de junio #2

Hacia el fin de la velada, justo cuando el primo Archibald —que había comido muchísimo, embutiéndose la comida en la boca en tremendas cantidades— me miró con intención de despedirme —los caballeros deben tomarse el oporto—, lo que fuera que había abierto la puerta mal cerrada captó su atención y gritó.

Yo di un respingo y el señor Pierce se puso de pie.

—¡Monstruo! ¡Villano! ¡Arañador infestado de pulgas!

Por esta retahíla de palabras, y varias más, deduje que Teobaldo había bajado a visitar el comedor. Debía de haberme dejado entreabierta la puerta de mi buhardilla.

El animal, por razones obvias, había huido, y el primo Archibald hacía aspavientos desaforados en la silla a la que se había encaramado.

—¡¿Lo ha visto, señor Pierce? ¡¿ LO HA VISTO ?!

Para entonces, yo también me había levantado y, en un momento de total desconcierto, el señor Pierce y yo nos miramos fijamente por encima de la mesa.

Fue entonces cuando Agnes gritó.

Y, a juzgar por cómo sonó, no gritaba por un gato.

Tras abrir de golpe la puerta del comedor, corrí hacia el lugar de donde procedía su segundo grito: por el pasillo en dirección al gran salón formal que no utilizamos.

Ella salió disparada de la estancia.

—¡Agnes! —grité, y la agarré por los hombros.

—¡Está aquí! ¡Está aquí!

En cuestión de un instante, el señor Pierce pasó a mi lado como una exhalación y entró en la habitación oscura, y me pareció como si una fuerza de la naturaleza hubiera venido a luchar contra el demonio.

—¿Quién está aquí? —pregunté.

Pero Agnes, con los ojos como platos, temblaba demasiado para hablar.

—La habitación está vacía —dijo la voz del señor Pierce mientras regresaba al pasillo.

—¿Agnes?

Después de respirar hondo varias veces para recobrar fuerzas, negó con la cabeza.

—Lo siento, señorita Lion. Sé que es una tontería, pero no esperaba verlo dentro de la casa.

El señor Pierce frunció el ceño y miró hacia el salón oscuro. A mí, sin embargo, se me hundieron los hombros en cuanto supe de quién hablaba.

—Agnes, ¿estaba El Romano en el salón?

—¡Sí!

Oh, qué fastidio. Había vuelto a perdérmelo.

Entré en la estancia y eché un vistazo en derredor. Los muebles estaban tapados con sábanas. Las cortinas estaban echadas. Había polvo por todas partes. Ni rastro de El Romano.

Ay.

—¿Por qué no le has pedido que se quedara? —pregunté en un tono que tía Eugenia habría calificado de Lamento.

—¿Quién dice que estaba en el salón? —quiso saber el señor Pierce a mi espalda.

—El Romano —contesté, mientras me acercaba a una de las ventanas y abría la cortina; la luz de gas de la calle le dio más forma a la habitación—. El fantasma de St. Crispian’s.

Agnes, que permanecía junto al umbral, se había calmado lo justo para recuperar el habla.

—Me pareció oír un ruidito, así que abrí la puerta y, cuando entré, ¡ahí estaba él!

De pie, pálido como la luna, mirándome. Me asusté demasiado como para hacer nada que no fuera observarlo.

Entonces, me habló. Dijo: «El hombre de guerra acabará con esta casa».

Y grité, porque el señor Pierce estaba en el comedor, y era a él a quien se refería El Romano.

¡Y el señor Flat estaba gritando! ¡Y se supone que El Romano no entra en las casas!

Eso lo sabe todo el mundo. ¡Todo el mundo!

Atisbé la sombra de un Parian curioso en el pasillo.

—Parian, ¿puede llevarse a Agnes a la cocina y prepararle una taza de té, por favor?

Venga, Agnes. Vete con él. El Romano es un buen fantasma.

El mejor fantasma que cualquier casa podría tener.

Y te ha hablado. ¡Dos veces! ¡Eso debe de significar buena suerte!

Ve a tomarte un té y échate a dormir. Parian ayudará a la señora Green a recoger el comedor y la cocina.

Se oyó un resoplido en el pasillo y empujé a Agnes hacia él.

Tras despedir finalmente a la criada angustiada y al ayuda de cámara contrariado, me volví hacia mi invitado.

—Señor Pierce —dije al mismo tiempo que exhalaba un profundo suspiro—, me gustaría pedirle disculpas por las dos últimas horas de su vida.

El Inquilino, al que supongo lo bastante inteligente como para haber oído lo que Agnes había referido sobre él, caminaba despacio por la habitación.

No me respondió de inmediato, sino que abrió las cortinas de todas las ventanas y examinó sus cerraduras; luego, caminó desde un extremo hasta el otro del salón y solo respondió una vez hubo terminado.

—Señorita Lion, ¿está segura de que no había ningún intruso?

—Lo había. Solo que era un fantasma. Uno al que llevo tiempo haciendo todo lo posible por conocer, pero en vano. Él no parece tener ningún interés en conocerme a mí, aunque se rumorea que cada poco habla con la señora Claybourne acerca de su huerto, algo que no logro entender.

Mis palabras sonaron un poco amargas al final.

Después de mirarme de hito en hito, de volver a echar un vistazo en torno a la estancia y de pasarse los dedos por el pelo con desconcierto, el señor Pierce dijo:

—Señorita Lion, ¿se está divirtiendo a mi costa? ¿O debo creerme sin más que lo del señor Flat, el gato, su criada y el fantasma romano son solo casualidades, como si todo esto fuera una experiencia normal en Lapis Lazuli House?

Me habría gustado consolarlo diciéndole otra cosa.

—Señor Pierce, estoy segura de que ni siquiera Archibald Flat habría utilizado la palabra «normal» al describirle Lapis Lazuli con vistas a su alquiler con nosotros.

Dicho esto, no me estoy divirtiendo a su costa, y tampoco estoy loca.

Lo de mi primo no tiene explicación. Ya se lo advertí.

Le hemos ocultado la presencia del gato, lo cual hace que su reacción, por exagerada que sea, resulte más comprensible.

Agnes es muy excitable y los fantasmas la ponen nerviosa.

Y sí, hay un fantasma romano que vive en St. Crispian’s.

Es muy afable. Por lo general, se muestra bastante retraído.

Y era el responsable de las ruinas que hay en lo alto de Whereabouts Lane, así que ya sabe que en su época no era un mendigo parásito, sino alguien de prestigio.

Todos le tenemos mucho cariño. Bien, ¿le gustaría volver al salón de recibir para tomarse una copa de oporto?