7 de junio
No había oído a El Inquilino en todo el día. Regresó a Lapis Lazuli poco antes de las siete. Lo oí apresurarse de un lado a otro en su lado de la buhardilla haciendo quién sabe qué.
A las ocho en punto, llamaron a la puerta.
Parian no aparecía por ninguna parte, así que Agnes, asustada y temblorosa, la abrió mientras yo bajaba las escaleras.
No soy de supersticiones, como Agnes…
Eso es mentira y lo borro del registro.
Soy muy de supersticiones, pero no en lo que respecta a El Inquilino ni a nada de lo que El Romano podría o no podría haber insinuado.
Aun así, me resulta imposible negar lo extraño que fue que, justo cuando Agnes abrió la puerta, una ráfaga de viento soplara por Whereabouts Lane e hiciese que un remolino de polvo y hojas y tormenta inminente pasara por detrás del señor Pierce mientras este permanecía plantado en el porche como una sombra oscura.
Lo admito, me estremecí.
—Señor Pierce —dije mientras Agnes retrocedía. El Inquilino se había quitado el sombrero y estaba intentando dárselo. En la mano llevaba una carpeta que se reservó para sí—. Agnes, cógele el sombrero al señor Pierce.
Obedeció —bendita sea por su valor— y echó a correr hacia la seguridad de su cocina.
—Si no me equivoco, señorita Lion, creo que Agnes me tiene miedo.
Le hice un gesto para que me siguiera hacia el salón de recibir mientras le decía:
—Usted es muy alto y ella es muy baja.
—Creo que tiene preocupaciones más siniestras que la diferencia de altura. Es más bien como si me tuviera por el villano de una obra de teatro.
La gravedad de su voz hizo que la palabra «siniestras» sonara… Bueno, muy siniestra.
Qué palabra tan rara.
—Me aseguraré de que no le haya envenenado la sopa —repuse.
El salón, debo admitir, tenía muy buen aspecto.
Agnes y Parian, increíble pero cierto, lo habían limpiado a fondo, y aunque los tejidos y los muebles son viejos, están en excelentes condiciones, puesto que han permanecido a solas con las cortinas echadas durante décadas.
(En Lapis Lazuli House jamás hay polillas).
La madera estaba pulida; las alfombras, recién sacudidas, y la plata, reluciente.
Las cortinas de las ventanas son de damasco amarillo, y pese a que no suelo escoger el amarillo, son de ese tono imposible que queda bien.
El sofá es de terciopelo verde, el sillón está tapizado en un rosa intenso y la chimenea y el hogar son de mármol italiano color crema.
Nos sentamos, yo en el sillón y el señor Pierce en el sofá verde que miraba hacia mí, con la chimenea entre ambos a mi derecha.
Iba muy elegante, vestido con el traje más negro de todos los trajes negros y una camisa blanca limpia y almidonada.
Llevaba el cabello oscuro mejor peinado de lo que se lo había visto nunca.
Se recostó, colocó la carpeta a su lado y extendió un brazo a lo largo del respaldo del sofá mientras apoyaba el codo del otro en el brazo y levantaba la mano para poder descansar la sien sobre los nudillos. Todo muy masculino y laissez-faire .
Puesto que en Fortitude nunca había conocido a un hombre como el señor Pierce, y dado que jamás había visto a un hombre conquistar un sofá con tanta facilidad durante el té en casa de tía Eugenia, quedé debidamente impresionada.
El señor Pierce, con su voz de nube de tormenta y sus ojos cansados, era una criatura extraña.
Debo reconocer que me mostré un tanto distraída.
—Creo que el primo Archibald bajará en cuanto elija un chaleco. Y eso significa que es posible que pasemos mucho tiempo aquí —anuncié.
Confieso ahora que Emma M. Lion se alisó las inexistentes arrugas de la falda porque no sabía qué otra cosa hacer. Muy de debutante por mi parte.
—No me importa esperar —respondió—. Ha sido un día arduo y sentarse es un alivio.
Me sentí aliviada cuando Parian entró en el salón. Tenía el ceño fruncido, pues su rostro había adquirido una expresión de desconsuelo desde que le habían comunicado que iban a bajarle el salario.
—Señorita Lion, me envían a decirle que el señor Flat ha reducido sus opciones de chaleco a solo unas cuantas…
—¿Tan rápido? Qué extraordinario —respondí en tono de satisfacción.
—A unas cuantas decenas —concluyó Parian.
El señor Pierce, hay que reconocerle el mérito, ni siquiera pestañeó. Yo, en cambio, pestañeé dos veces.
—Esperar normalidad era demasiado, supongo —murmuré—. Muy bien. Parian, ¿podría servirnos algo de beber al señor Pierce y a mí?
—¿Cuál es su aperitif de preferencia? —preguntó Parian con los hombros hacia atrás y una expresión arrogante por haber utilizado la palabra « aperitif ».
—¿Le apetecería un vino de Madeira, señor Pierce? —inquirí.
—Estaría bien, señorita Lion —contestó él.
—Ya lo tiene, Parian.
Pero el hombre no se marchó. Se quedó allí plantado mirándome con reproche.
—¿Tiene algo más que decir, Parian? ¿Necesita algo? —le pregunté.
—Estaba esperando su bebida, señorita Lion —respondió con desdén—. Un madeira para el caballero y ¿para usted? ¿Un licor de ginebra y endrinas?
—¡Cielos, no! —contesté demasiado rápido—. No me cabe duda de que el madeira nos irá bien a ambos.
El señor Pierce parecía estar pasándoselo bien.
—Mi abuela era portuguesa —dije una vez que Parian salió de la estancia. Como si eso zanjara el asunto de mi elección—. Además, sentarse a cenar con el primo Archibald sin fortificarse es tan estúpido como aullar a la luna. Licor de ginebra y endrinas, ¿en serio?
Ahora el señor Pierce sonrió.
—¿Ha hecho algún retrato? —dije para cambiar de tema.
—No —respondió—. Necesito una habitación grande para utilizarla como estudio. Aunque algunos retratos puedo hacerlos en casa de los clientes, la mayor parte de mi obra requiere de un estudio. Prefiero que esté cerca, pero todavía no he encontrado nada que me convenza.
—¿Cuáles son sus requisitos?
—Grande. Techos altos. Ventanas altas. Cortinas que puedan abrirse o cerrarse según la necesidad de luz.
—Si se me ocurre algún lugar adecuado, le enviaré la información.
Parian regresó con las bebidas y me entregó la mía con una mirada de desaprobación de regalo antes de dejarnos solos de nuevo.
—Le he traído una cosa, señorita Lion —anunció el señor Pierce—. Iba a esperar hasta después de la cena, pero, si quiere, se lo enseñaré ahora.
—¿Qué es?
Cogió la carpeta y, cuando se dispuso a entregármela, se vio atrapado en un momento de indecisión, como si quisiera mirar el contenido conmigo.
Me levanté y me trasladé hasta el sofá para sentarme a su lado.
El señor Pierce abrió la carpeta y me entregó una imagen.
Era preciosa. Ante mí, delante de la elevación entrecruzada de unas montañas coronadas de nieve, se desplegaban unos fértiles bancales en blanco y negro.
Era un lugar que transmitía paz; extraño, lejano y maravilloso.
Levanté la vista hacia el rostro del señor Pierce y descubrí que él estaba estudiando el mío.
—Es una fotografía bellísima. ¿La ha hecho usted?
—Sí —contestó—. He pensado que, puesto que perdió a su amigo en Afganistán, tal vez le gustaría ver que, en muchos aspectos, es un lugar hermoso.
Maxwell.
Su nombre me retumbó contra el pecho como un tambor.
—No tiene por qué quedársela.
—No, me encantaría. —Las palabras me brotaron de la boca como una plegaria—. Gracias.
—De nada.
La contemplé durante un instante más y, cuando estaba a punto de añadir algo, la puerta de doble hoja se abrió de golpe y por ella entró el primo Archibald.
Llevaba nada menos que tres chalecos de seda sobre la camisa.
Tanto el señor Pierce como yo nos pusimos de pie.
Él, a juzgar por las apariencias, muy cómodo; yo, sintiendo que las mejillas me ardían a causa de nuestra proximidad y con la fotografía en la mano.
—¡Bienvenido! ¡Bienvenido, señor Pierce! Lamento mucho haberlo dejado con una compañía tan hosca durante tanto tiempo, pero un hombre debe presentarse como es debido.
Le estrechó la mano al señor Pierce sin darme tiempo a intervenir. Dejé la fotografía en una mesita auxiliar y me sentí aliviada cuando, apenas un momento después, Parian entró para anunciar la cena.
La velada fue tan espantosa como divertida.
A diferencia de Roland, cuyo primer encuentro con el primo Archibald lo dejó temeroso de un segundo, el señor Pierce demostró tener más temple.
No se inmutó. Al contrario, permaneció sentado con aire sereno mientras sopesaba con los ojos grises al primo Archibald, que se pasó casi toda una hora despotricando sobre los sastres londinenses y las perversidades de las carreras de caballos.
No mencioné que mi renta se había perdido por culpa de ambas cosas, pero el esfuerzo por contener la ira me pasó factura, pues doblé el tenedor de tanto apretarlo.
Cuando Archibald se tomaba la molestia de hacerle una pregunta al señor Pierce, recibía una respuesta de una sola palabra, como «Sí» y, de vez en cuando, «No».
La posible redención llegó por partida doble.
En primer lugar, la señora Green, la cocinera de un vecino, había preparado un increíble despliegue de comida.
Había acudido para ayudar a Agnes, para enseñarla a cocinar para una cena formal.
Reconozco sobradamente las habilidades de Agnes, pero la señora Green elevó la cocina de Lapis Lazuli House a un nivel extraordinario.
El resultado fue que tanto el señor Pierce como yo disfrutamos mucho de la cena. Creo.
¿En cuanto al segundo acto de redención?
De vez en cuando, el señor Pierce y yo nos mirábamos a los ojos desde lados opuestos de la mesa.
Por sencillo que parezca, y a pesar de que no se intercambiaron sonrisas completas —parece que no es un hombre que le falte al respeto a su anfitrión (¡qué admirable!)—, existía una fuerza tangible de camaradería entre nosotros.
Estábamos juntos en esta campaña y llegaríamos hasta que concluyera, pasara lo que pasase.