Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 1 de junio
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1 de junio

Mary me ha enviado una nota frenética esta mañana.

Ven a casa de la señorita Lamb a las seis de la tarde. ¡URGENTE!

Mi única obligación con tía Eugenia era un almuerzo, que resultó ser casi indoloro.

Roland estaba allí con un primo suyo, así como un hermano y una hermana, los Hunt.

Al señor Hunt lo sentaron frente a Arabella para que pudiera contemplar su gracia en todo su esplendor, mientras que a la hermana la pusieron entre Roland y yo. Este parecía bastante prendado de ella.

Una vez que los Hunt se marcharon, Roland se sentó a mi lado con despreocupación.

—Querida Emma, mi dulce némesis, la señorita Hunt ha mencionado que casi todas las mañanas sale a pasear en carruaje por Hyde Park. ¿Me acompañarías mañana hasta allí para hacer que parezca un soltero muy codiciado?

Ya parecía un soltero lo bastante codiciado por las dos sin tener que recurrir a nadie.

—Me han encomendado la tarea de hacer lo mismo por Arabella.

—Lo sé. He visto tu trabajo y eres muy buena. Haz lo mismo por mí mañana por la mañana y te llevaré al teatro.

—¿Qué están representando?

—Será Romeo y Julieta si no me ayudas —suspiró—. No tengo ni idea de qué se está representando. Está la ópera. Tengo un palco.

—Iré contigo al parque mañana a condición de que me traigas un libro que sea solo mío para que pueda escribir en los márgenes.

Su mirada serena consideró la propuesta.

—Veo que aún te escuece haber perdido nuestra última apuesta.

—Paseo o no paseo, Roland. Tú decides.

Se arrellanó en el sofá e hizo un gesto desdeñoso.

—De acuerdo, pero yo elegiré el título, tal como estipulamos la vez anterior. No, calla, Emma Lion. No me harás cambiar de opinión. Te traeré un libro que sea solo tuyo para que escribas en él todo lo que quieras a cambio de que le muestres mi mejor cara a la señorita Hunt.

No pude evitar sonreír.

—Todas tus caras son tu mejor cara, Roland.

Me lo agradeció concediéndome la gracia de una sonrisa.

—Estaré en Lapis Lazuli a las diez de la mañana.

Y así es como Emma trueca un bien por otro. El señor Penury estaría orgulloso.

Más tarde

A las seis de la tarde, tiré de la campanilla de la casa de huéspedes de la señorita Lamb. La propia Mary me abrió la puerta.

—¡Rápido! ¡A mi habitación! Están a punto de empezar a leer en la salita y no quiero que me atrapen. Ya tengo demasiadas virtudes.

Con una presteza monumental, subimos las escaleras y cerramos la puerta de Mary a nuestra espalda. Intercambiamos una mirada cómplice —una de las que perfeccionamos en Fortitude, escuela preparatoria para señoritas—, y luego me indicó que me sentara en su desgastada silla verde.

—Ha pasado algo horrible, Emma.

—¿Qué ha hecho Jack?

—¿Jack? No. Sigue sin aparecer, para gran disgusto mío. Me aburro como una ostra. No, no. Es mucho peor. Me lo comunicaron ayer mismo. Prepárate para lo peor.

Sus palabras hicieron que me diera un vuelco el corazón.

—Mary, ¿se trata de tu hermano?

—Cielos, no. —Soltó una carcajada—. Mi hermano no se preocupa en absoluto por mí. Que estuviera herido no sería lo peor.

—¡¿Entonces qué?!

—La señora Wade, de Fortitude, ha descubierto y confiscado los tres volúmenes de Jane Eyre .

Pude sentir que un crujido estruendoso me atravesaba el alma.

—¡No!

—Sí. Por lo visto, una alumna de tercero estaba enfadada con la actual Jane y lo reveló todo. La señora Wade tomó medidas inmediatas.

Me quedé sentada con la mano en el pecho durante lo que debieron de ser cinco minutos enteros. Era una idea desgarradora: Fortitude, escuela preparatoria para señoritas, sin Jane Eyre para brindar consuelo.

—Todos los nombres, Mary. ¡Todos los nombres escritos en la contraportada!

—Es una violación de lo más sagrado.

—¿Qué se puede hacer?

—Mañana enviaré cartas, pero primero quería preguntarte si, en caso de convocar un cónclave de todas las Janes, podríamos celebrar la reunión en Lapis Lazuli House.

—¡Por supuesto!

Mary se relajó físicamente.

—Me preocupaba que tu primo…

—Oh, ¡a paseo con el primo Archibald! Yo me encargaré de él.

—Sería una ayuda inestimable. Debemos salvar a las chicas de Fortitude.

Entre las alumnas de Fortitude, escuela preparatoria para señoritas, corre el rumor de que alguien introdujo una primera edición de Jane Eyre de contrabando en los Dormitorios A.

El libro estaba impreso en tres volúmenes, y la propietaria de dicho alijo pegó páginas adicionales en el último tomo para escribir el nombre de cada lectora.

Comenzaron a llamarla Jane Eyre. Cuando llegó el momento de que abandonara la escuela, le confió los volúmenes a una chica más joven de los dormitorios y le dijo que ella sería la siguiente Jane.

Y así se ha divulgado, leído y estudiado —con las páginas cada vez más finas y sucias— desde que llegó a la escuela en 1847.

Leímos Jane Eyre hasta desgastarlo. Era maná en el desierto.

Ha habido trece Janes. Mary fue la undécima.

—¿Cómo lo lleva la decimotercera Jane? —pregunté.

—Como cabe imaginar —respondió Mary, y, abatida, se recostó contra el respaldo de la silla y estiró los pies—.

Escribe que ha fallado a toda la orden. Ahora, los nombres de todas las lectoras están en manos de la señora Wade.

A todas las chicas que aún asisten a la escuela y cuyo nombre aparece en el registro de lectoras las han azotado.

—¿Sabe dónde han guardado los volúmenes?

—En el Cajón con Cerradura.

—Dios mío.

El Cajón con Cerradura, el lugar donde se reúnen las pruebas incriminatorias, ha sido la perdición de muchas chicas. Solo hay una llave, y la señora Wade la lleva alrededor del cuello, donde cuelga como un pájaro negro y muerto, una amenaza para las prisioneras de Fortitude.

—¿Y la soplona? —pregunté.

—La decimotercera Jane escribe que la soplona se ha ido a casa bajo el pretexto de tener neumonía. —Mary resopló—. Chica lista. Imagino que su vida en la residencia no resultará muy agradable después de haber traicionado a sus compañeras de armas.

—No, imagino que no.

—Entonces está decidido. Convocaré una reunión en Lapis Lazuli a finales de este mes.

—¿Crees que vendrán todas las Janes?

—Espero que sí. Tenemos que pensar en las generaciones futuras. ¿Te lo imaginas? ¿Fortitude sin Jane Eyre? ¿Sin el señor Rochester?

Me estremecí.

Era uno de los medios de supervivencia en Fortitude.

Y, gracias a la conveniencia de que la novela se hubiera impreso en tres volúmenes, muchas chicas la leían de manera simultánea.

Siempre existía el riesgo de empezar justo después de una Lectora Lenta; la espera causaba un dolor inmenso, pero, en cuanto el volumen deseado caía en tus manos y quedaba un cabo de vela junto al que leer, se perdonaba todo.

(Y, aunque yo leo despacio, desde luego no soy una Lectora Lenta).

Cada Jane tenía su Currer Bell, el alma cándida que la ayudaba a mantenerse al tanto de quién tenía cada volumen en cada momento. Yo serví como Currer Bell de Mary. Las Currer Bell no mantienen correspondencia como las Jane Eyres; no, nosotras solo somos leales a nuestra Jane.

Tras debatir durante una hora acerca de los méritos de Jane Eyre , citando varias frases en voz alta, volví a casa con ganas de que llegara el final del mes, cuando las Janes se congregarían por primera vez en la historia en Lapis Lazuli House.