Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 2 de junio
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2 de junio

La conversación con Mary me perturbó los sueños.

Soñé que estaba en Lowood. Y luego pasaba mucho tiempo explicándole al señor Rochester por qué era tan catastrófico que hubieran descubierto los libros.

Él, en lugar de hacerme caso, se dedicaba a coquetear descaradamente con lady Ingram, que se parecía mucho a mi némesis Victoria Braithwaite.

Después, seguía a la señora Wade hasta los páramos para intentar conseguir la llave del Cajón con Cerradura mientras el primo Archibald descendía sobre mí volando como un cuervo e intentaba arrancarme la nariz de un mordisco.

Me desperté cuando aún era de noche y ya no pude volver a dormir.

La alfombra del suelo silenciaba mis pasos, pero debí de hacer más ruido del que pensaba, porque, mientras miraba por la ventana hacia la oscuridad sin luna, oí un ruido.

Volví la cabeza hacia atrás y, a la luz de una única vela, vi que El Inquilino había enviado una nota.

Me senté a mi escritorio y la saqué de la pared.

LLEVA UNA HORA CAMINANDO DE UN LADO A OTRO.

Le pido disculpas si le he despertado.

LLEVO DESPIERTO CASI TODA LA NOCHE. NO SOY DE BUEN DORMIR.

He tenido unos sueños bastante góticos esta noche .

PREFIERO NO SOÑAR.

TEOBALDO ESTÁ ACURRUCADO EN MI CAMA. ¿QUIERE QUE SE LO MANDE PARA QUE LE HAGA COMPAÑÍA?

Gracias , pero no. No creo que molestar a un gato dormido dé mucha suerte.

¿Y QUÉ HAY DE SU CANICA DE LA BUENA-MALA SUERTE?

Desafortunadamente, no funciona con los sueños .

VERDADERAMENTE DESAFORTUNADO.

QUIZÁ NECESITE UNA NUEVA.

Eso me hizo sonreír.

Los sueños no son reales.

HASTA QUE EMPIEZAN A SERLO.

Y, mientras cavilaba con esta última línea suya en la mano, sintiendo la textura del papel con los dedos, me di cuenta de que en mis sueños el señor Rochester se parecía mucho a El Inquilino.

Solté la nota sobre el escritorio. Luego, como si necesitara la sombría protección que solo la oscuridad podía proporcionarme, apagué la vela.

Me desperté tarde, con el sol entrando a raudales por las ventanas.

Y ahí estaba mi buhardilla: paredes blancas, alfombra colorida, sillas cubiertas de cojines —una de ellas con un gato dormido encima—.

Reinaban la luminosidad y la calma, ni rastro de la larga noche pasada.

El escritorio estaba lleno de papeles y me levanté para leer las notas que El Inquilino había enviado la noche anterior.

Ya no había brujería en sus palabras. Al contrario, me hicieron sonreír.

Alcé la última y la clavé en la pared, encima del escritorio.

HASTA QUE EMPIEZAN A SERLO.

Cuando Agnes subió una hora más tarde para decirme que Roland Sutherland había llegado y estaba esperándome en el salón de recibir, vio la nota y, sin ningún respeto aparente por la intimidad, la leyó.

—Pero ¿qué significa, señorita Lion?

—Eso —respondí— aún está por determinar. Ayúdame con la parte trasera del vestido. Así, perfecto. Sí. Bien, ¿puedes ofrecerle un té al señor Sutherland mientras me arreglo el pelo? Bajaré enseguida.

Agnes hizo lo que le pedía y yo me tomé mi tiempo. Roland podía esperar.

Y, sin duda, esperó.

Cuando llegué al salón, lo encontré acorralado nada menos que por el primo Archibald, que se había plantado ante él con un batín de seda y le estaba explicando la historia del patrón de puntos utilizado en la solapa.

Ni siquiera la gracia que Dios le ha concedido a Roland podía ocultar la alarma de tal episodio.

—¡Roland! Hola. Primo Archibald. Qué amable por tu parte haberle hecho compañía a mi invitado.

El primo Archibald se dio la vuelta de golpe al oír mi voz.

—¿Es tu invitado?

—Sí. Vamos a dar un paseo en carruaje.

Archibald parecía sinceramente decepcionado.

—Me ha dicho que tiene un batín, un batín de gran calidad. Supuse que quería hablar conmigo.

Roland, de pie, se encaminó hacia mí mientras decía:

—Ha sido un verdadero placer, señor. Creo que tiene razón en que la calidad de la seda es más importante que el lugar de origen, y la próxima vez que me ponga el batín no podré pensar en nada que no sea su ferviente pasión por ellos.

Algo que no había visto en mi vida asomó al rostro del primo Archibald. Parecía complacido.

—No todos los jóvenes de hoy en día son unos filisteos —afirmó.

—Desde luego que no, primo. —Cogí a Roland de la mano y lo guie hacia la puerta—. ¡Adiós!

Una vez en la calle, Roland me ayudó a subir al carruaje y tomó las riendas.

—Tengo por norma no apurar nunca a una dama, Emma Lion, pero me has dejado solo demasiado rato.

—Acepto toda la culpa.

Pobre muchacho.

Hacía una mañana preciosa mientras el carruaje avanzaba por el parque. Roland conocía a todo el mundo. A Todo el Mundo.

Y todos se complacían mucho de verlo. Lo digo en sentido literal.

Creo que también disfrutaban hablando con él.

Pasó una hora y, justo cuando toda esperanza parecía perdida, el señor Hunt apareció con su hermana, la señorita Hunt, la belleza de cabello azabache que aparentaba ser la dueña del mundo.

Su estilo no está a la altura del de Arabella, pero tampoco lo está el de nadie.

Nos detuvimos junto a ellos e intercambiamos las cortesías habituales. Roland no dejaba de lanzarme miradas, a la espera de que dijera algo que dejase estupefacta a la señorita Hunt. No tenía ni idea de qué pretendía que hiciera.

Al final, cuando ambos grupos parecían estar a punto de seguir su camino, dije:

—¿Les gusta la ópera? Roland, que es como un hermano para mí, me ha ofrecido un asiento en su palco privado. ¿Les gustaría a ambos acompañarnos en alguna ocasión?

El señor Hunt, un hombre joven con los intereses propios de su edad, esbozó una mueca de dolor. La señorita Hunt sonrió con frialdad y desvió la mirada a toda velocidad de mí hacia Roland y de nuevo hacia mí.

—Le agradezco la invitación —repuso—. Hace una eternidad que no voy.

—Maravilloso —contesté.

—Espero con ilusión recibirlos a ambos —dijo Roland, y, luego, con elegancia, sacudió con las riendas a sus caballos y nos marchamos.

—¿No te ha parecido un poco prematuro lo del palco en la ópera, Emma?

—La verdad, no se me ocurría nada más —respondí con franqueza—. Además, debes reconocer que me he sacrificado en el mismo altar que tú, porque ahora me he comprometido a asistir. Para gran consternación de la señorita Hunt. Creo que no le caigo bien.

—Me importa un bledo lo que piense de ti. Lo que quiero saber es lo que piensa de mí.

Me mordí la lengua. Como en realidad no conozco bien a la señorita Hunt, no tengo motivos para criticarla. Aunque tampoco es que eso me haya refrenado en el pasado.

—Invitaré a Arabella para que se una al grupo —dijo Roland.

—Huy, sí, eso será todavía más del agrado de nuestra querida señorita Hunt…

Cuando regresamos a Lapis Lazuli, Roland me entregó un libro envuelto en papel.

—Fiel a mi palabra.

Y sonrió.

Me produjo un entusiasmo absoluto —el libro, no la sonrisa— sentir su peso en las manos. Lo acaricié con cariño hasta que Roland se indignó.

—Quítale el envoltorio, Emma. Si sigues adorándolo sin siquiera saber qué es, voy a echarte a la calle de un puntapié.

Abrí el papel y me encontré un volumen bastante grueso encuadernado en cuero morado. El corazón comenzó a latirme a una velocidad tremenda y le di la vuelta. ¿Qué podía ser?

Ver el título fue la mayor decepción de mi vida:

Las comedias de Shakespeare

Íntegras

Y, en la esquina inferior, mi nombre —Emma M. Lion— inscrito en las mismas letras doradas.

—Oh, Roland. Eres un encanto.

—Entonces ¿por qué pareces tan decepcionada? Eres Emma Lion. Es Shakespeare. Cualquiera habría pensado…

—Y con razón. Es solo que ahora mismo poseo dos libros. Uno es la Biblia.

—Y el otro es el igualmente sagrado Shakespeare —respondió, y el deje burlón que intentó imprimir a su tono no ocultó toda la magnitud de su decepción. A pesar de su esfuerzos, un poco se dejó entrever.

—Las Obras Completas. Mi padre me leyó todas las obras tres veces, y yo las he leído otras tantas.

—Debería haberlo pensado. Dámelo. Te traeré otro.

En ese momento, me sentí como si me estuviera reclamando a mi primogénito. Me apreté las comedias contra el pecho.

—¡Está grabado con mi nombre!

—Te traeré otro libro con tu nombre. Ya tienes a Shakespeare. Es redundante.

—Tengo las obras completas, no las comedias solas. Además, pone «Íntegras».

—Es una forma tonta de vender más libros. Dámelo, Emma.

Fue entonces cuando se me ocurrió una idea genial.

—Quería un libro en el que pudiera escribir, ¿verdad?

—Eso dijiste.

—Bueno, mi Shakespeare es la edición ilustrada de mi padre. Está estrictamente prohibido escribir en ella. En esta puedo escribir todo lo que quiera. Mira qué márgenes. Tienen el tamaño perfecto para tomar notas. Dentro de nada, seré una erudita.

Tardé cinco minutos más en apaciguar a Roland, pero lo apacigüé.

—No me cabe duda de que habrá otra razón para traerme un libro —añadí—. Puedes planearlo bien, ahora que sabes de sobra lo que tengo en la estantería. Tráeme a Milton, si quieres. Acababa de empezar El Paraíso perdido cuando el primo Archibald me lo robó.

La cara se le arrugó como una servilleta usada.

—¿Milton? Detesto a Milton.

—Filisteo.

Y lo golpeé en la cabeza con Las comedias de Shakespeare. Íntegras.