Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 31 de mayo
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31 de mayo

Esta tarde acababa de salir de la iglesia —con la recuperada canica de la buena-mala suerte a buen recaudo en el bolsillo— y estaba cruzando la calle hacia la Diagonal cuando vi que El Inquilino se acercaba a la misma esquina.

Mientras avanzaba con su actitud oscura y byroniana, parecía más cómodo en St. Crispian’s que consigo mismo. Al verme cruzar la calle, esperó.

Y tuve la sensación de prepararme para enfrentarme contra algo de lo que disfrutaría sobremanera. Como caminar contra el viento.

—Señorita Lion.

Su voz, como siempre, sonó como un trueno lejano.

—Señor Pierce —dije. A su lado, me sentí más pequeña de lo que suelo sentirme con la mayoría de la gente.

Fiel a mi costumbre, expresé en voz alta una versión del pensamiento antes de haberlo pensado hasta el final, un hábito del que debo desprenderme—.

Usted es, creo, la persona más alta de todas las que conozco, salvo una.

Charles Goddard le saca al menos un palmo, pero él es desgarbado y poco atractivo, mientras que usted…

no. Me refiero a que… Sí, bueno. Hoy la Diagonal está muy concurrida. ¿Va a casa? Yo también.

Echamos a andar y la medio sonrisa que esbozó mientras me miraba con los ojos entornados me resultó embarazosa y extrañamente agradable a la vez.

«Muérdete la lengua, Emma», me decía mi madre cuando era pequeña y decía algo del todo inapropiado.

Un consejo que debería haber seguido. Ay.

Empezamos a bajar por la Diagonal, y yo continué siendo un verdadero ejemplo de dignidad.

—¿Viene de una cita? —le pregunté.

—Estaba en The Cleopatra con un amigo.

Me entraron ganas de preguntarle si se trataba del amigo que parecía un pirata, pero mis buenos modales —si no mi buena naturaleza— prevalecieron.

—¿Y usted, señorita Lion? —prosiguió.

—Yo, ay, no estaba en The Cleopatra, sino en la iglesia. El domingo me dejé allí una canica de la buena-mala suerte y he ido a recuperarla.

—¿Una canica de la buena-mala suerte?

—Sí. Se me cayó del bolsillo.

Aunque supongo que perder una canica de la buena-mala suerte en una iglesia es poco habitual, no considero que llevarla en un bolsillo sea una rareza tal que justifique el arqueo de ambas cejas, acompañado de un único gesto de afirmación con la cabeza.

Sin embargo, eso es justo lo que hizo el señor Pierce.

—¿Y esa canica de la buena-mala suerte cambia el curso de los acontecimientos a su favor o en su contra?

—Las dos cosas, pero ahora mismo estoy intentando que se decante a mi favor.

—Puede que el tiempo que ha pasado en la iglesia la ayude —dijo en tono sarcástico.

—Eso mismo pensé yo —respondí con una sonrisa que hacía frente a su mordaz diversión.

Interesante.

Seguimos caminando por la Diagonal en silencio hasta que, cuando nos acercamos a la esquina de Whereabouts, el señor Pierce dijo:

—¿Sería muy descortés por mi parte aceptar su invitación a cenar en persona, señorita Lion? Me ahorraría el tiempo de preparar una respuesta formal.

Invitación a cenar.

¿Mi invitación a cenar?

Me descubrió antes de que me diera tiempo a enmascarar mi confusión.

—Oh. Entiendo. Había dado por sentado que la invitación los incluía tanto a usted como al señor Flat.

Por supuesto que no me incluía, pensé.

—Estoy segura de que al señor Flat solo se le ha olvidado avisarme —respondí—. Allí estaré.

—En ese caso, ¿podría comunicarle a su…, eh…, al señor Flat que acepto con mucho gusto su invitación a cenar?

—Con mucho gusto.

Tenía una pregunta rondándole la cabeza, pues vi que iniciaba el esfuerzo de formularla y luego lo abortaba dos veces. Al final, inquirió:

—¿Cuál es exactamente el parentesco que guarda con el señor Flat?

—¡No de sangre, se lo aseguro! —Las palabras me brotaron de lo más profundo del alma antes de que me diera tiempo a detenerlas.

Sentí la culpa de haber injuriado por insinuación al primo Archibald y me di cuenta de que aquello requería una explicación más detallada.

Si van a injuriarlo a uno, que sea a la plena luz del día de más de una frase—.

La tía de mi padre, en cuyo honor me pusieron el nombre, era la prometida del señor Flat. Murió tres semanas después de su boda.

—Qué tragedia.

—¿Eso cree? Es decir, sí. Sí, es una tragedia. Por supuesto. A menos que el prometido sea tonto de remate.

Y, así, he aprendido la verdad de que, lo que uno piensa, puede llegar a decirlo. Nunca consideré una gran tragedia que mi tía abuela se librara del melancólico estado de tener que vivir con Archibald Flat durante mucho tiempo. ¿Puede que entonces él fuera un hombre distinto?

Puede.

—Pero la dueña de Lapis Lazuli House era ella —continué—.

Quería dejarle la casa a mi padre, así que, sin decírselo a su marido, la puso a su nombre antes de casarse, con el requerimiento de que, si el señor Flat le sobrevivía, se le permitiera quedarse tanto tiempo como deseara.

Y así se hizo. Cuando su esposa murió de manera inesperada, Archibald Flat se quedó.

Mi padre, mi madre y yo lo visitábamos cada mes de junio.

Ahora que mis padres han fallecido, la casa ha pasado a ser mía.

—Un golpe de suerte para usted. —Un silencio, y luego—: Me refiero a lo de la casa, no a lo de sus padres.

—Exacto. Una casa preciosa que viene con un… un… Bueno, un primo Archibald. Jamás conocerá a una criatura más singular.

—Oh, no lo sé. Viví en Estados Unidos durante quince años.

Me reí.

Habíamos llegado a casa y, tras dedicarnos un gesto mutuo de despedida, nos separamos.

En cuanto entré, me dirigí sin perder ni un instante a las habitaciones del primo Archibald.

—¿Primo? ¡Primo Archibald! Tengo que hablar contigo.

No obtuve respuesta hasta mi tercer intento de hacerlo salir a golpes.

—¡No has concertado una cita! —gritó a través de la puerta.

—Sí, ya lo sé, pero acabo de hablar con nuestro vecino, el señor Pierce.

—¿Qué? ¡¿Qué, qué?!

La puerta se abrió de repente.

Allí estaba Archibald, con un batín rosa y verde y el pecho hinchado de una forma bastante imponente.

—¿Por qué has estado acosando a nuestro inquilino? ¿Quieres que se busque otro alojamiento?

Sentí que las cejas se me aplanaban en una sola línea.

—No estaba acosando al señor Pierce. Nos hemos encontrado en la calle por casualidad. Te lo aseguro, él no me considera la amenaza que, al parecer, tú piensas que soy.

Una mirada hosca hacia un lado, combinada con el gesto de llevarse la mano a La Cicatriz de la sien, fue la única respuesta que dio.

Yo, por mi parte, levanté mi propia sufrida mirada hacia los cielos. Sin duda, Dios se estaba riendo.

—El señor Pierce ha aceptado tu invitación a cenar con nosotros.

—A cenar conmigo —recalcó él.

Qué desastre.

—Con nosotros —exigí.

—Conmigo —insistió.

—Primo Archibald, si el hombre no está interesado en la moda, en los batines de seda o en cómo se fabrican los ladrillos, ¿de qué crees que vais a hablar durante dos horas?

Abrió la boca para refutar mis palabras, pero me di cuenta de que la realidad hacía mella en sus pensamientos. El pecho se le desinfló y apretó los labios mientras exhalaba por la nariz.

—¿Qué propones?

—Unirme a vosotros.

—Pero va a celebrarse en el comedor.

Como si hubiera una clara línea de demarcación entre el comedor y yo.

—Cierto. Ahora, recordemos que el comedor es mío por derecho legal. Igual que la comida que tomaremos. En la mayoría de las casas, eso es motivo de sobra para que una pueda entrar.

Archibald se pasó la mano por la cabeza y se alisó con aplomo su ralo cabello gris.

—Supongo que podrías unirte.

—Gracias. ¿Qué noche?

—La del 7 de junio.

—Maravilloso. ¿Necesitas que haga algo?

—No —repuso de inmediato—. Aparte de actuar como anfitriona en todos los aspectos.

A pesar de las ganas que tenía de dar la conversación por zanjada, me obligué a preguntar:

—¿Significa eso que deseas que organice el menú con Agnes, que prepare la presentación con Parian y que me ocupe de cualquier otro detalle que pueda ser parte de una cena formal?

—¿Qué va a significar si no? —preguntó.

Luego, con toda la fuerza de su cuerpo, me cerró la puerta en las narices de una forma exquisita.

Vaya.

Me estremezco de veras al pensar en qué habría ocurrido si no hubiera descubierto esta cena cuando lo hice. El señor Pierce podría haber acabado irremediablemente tocado de la cabeza tras cenar a solas con Archibald.

Más tarde

Hace unas horas, mientras el señor Pierce y yo nos movíamos de un lado a otro por nuestras respectivas habitaciones, me llegó una nota a través de la pared.

Aunque durante las primeras semanas me resultó extraño oír los ruidos de la vida de otra persona, noto que me he acostumbrado al consuelo de captar sus pasos en la escalera, al leve chirrido cuando abre la puerta de un armario o una ventana.

Estos sonidos, que al principio me parecían estruendosos, ahora son sosegados, como el runrún de fondo que sube desde la calle. Disfruto de su cadencia.

Estoy divagando.

¿POR QUÉ LA BUHARDILLA?

Las casas de Londres suelen tenerlas.

¿POR QUÉ, COMO PROPIETARIA DE ESTA CASA , RESIDE EN LA BUHARDILLA?

Me debatí entre asegurar que por preferencia y contar la verdad. La sinceridad prevaleció.

Me desterraron.

¿FUE EL SEÑOR FLAT?

Él argumentaría que fue el destino, pero sí, el señor Flat. ¿Por qué reside usted en la buhardilla?

PORQUE TODAS LAS DEMÁS HABITACIONES SON DEL TAMAÑO DE UN SELLO POSTAL.

ADEMÁS, ME GUSTAN LAS VISTAS.

A mí también.