Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 24 de mayo
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24 de mayo

Charles Goddard estaba en la Cena Ligera.

Es el hijo de la Querida Amiga de tía Eugenia, Cynthia Goddard, y, pese a todos mis esfuerzos por pensar como lo haría un insecto, se apegó muchísimo a mí. Fue muy entomológico.

Nos habíamos visto en dos ocasiones anteriores. La primera, cuando éramos niños, teníamos la misma altura. La segunda, tuve que echar la cabeza hacia atrás para poder verle la cara. Es imposible atisbar lo que tiene por encima del cuello, puesto que es Muy Muy Alto.

Bien por suerte, bien por desgracia, su altura no llegó acompañada de una musculatura digna de mención.

Larguirucho como el mástil de una bandera y casi igual de patriota, quiso hablar conmigo sobre el Triunfo del Imperio Británico durante nada menos que veinte minutos.

Le hice un gesto de impotencia a tía Eugenia, suponiendo que, si iba a ser un insecto en la ventana durante el baile, debía empezar a practicar ya, pero no pareció mostrar objeción alguna respecto a que el hombre se hubiera fijado en mí.

Arabella, consciente de mi situación, se limitó a mirarnos con elegancia y a sonreír mientras cautivaba con facilidad al resto de los invitados.

Al final, diría que ha sido una cena bastante pesada.

Más tarde

Al volver a casa, abrí de par en par mi ventana y media y busqué refugio en el Shakespeare de mi padre.

En lugar de leer, como pretendía, me descubrí pasando las páginas y estudiando todas y cada una de las ilustraciones pintadas a mano.

Cansada como estaba, al darme cuenta de que anoche —siendo día 23— había olvidado encender una vela por mi padre, me vencieron las emociones.

Y, cuando Agnes me subió un té, tuve que girar la cara hacia el cristal y secarme unas cuantas lágrimas antes de que entrara.

—He pensado que a lo mejor le apetecía una taza de té, señorita Lion, con estas galletas con mermelada de frambuesa que he hecho.

—Gracias, Agnes.

Dejó la bandeja sobre el escritorio y miró hacia la pared del desván.

—¿Lo oye, señorita?

—¿Te refieres al señor Pierce?

Asintió con la cabeza.

—Un poco.

Se estremeció.

—No me importa —añadí—. A veces, por extraño que parezca, resulta reconfortante.

Con los ojos como platos, susurró:

—¿Es un «Hombre de Guerra», señorita?

—No exactamente, Agnes —le contesté también en un susurro—. No creo que tengas nada que temer, y tampoco oye lo que decimos, así que no hay necesidad de susurrar.

Se estremeció otra vez.

—Lo vi en la calle el otro día. Me saludó llevándose la mano al sombrero.

Cuando se quedó callada a la espera de una reacción, dije:

—Ah, ¿sí?

—¿Cree que ahora estoy maldita con la maldición de la guerra?

Me eché a reír y la melancolía que había ido apoderándose de mí salió volando por la ventana para escapar de los disparates de Agnes.

—No, Agnes, no creo que ahora estés maldita con la maldición de la guerra.