Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 23 de mayo
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23 de mayo

Hoy ha sido el segundo té en el plan de tía Eugenia.

Llegué temprano, ataviada con mi vestido azul verdoso.

Tía Eugenia se sorbió la nariz en señal de aprobación.

Las tres nos sentamos de tal manera que, cuando la amiga de mi tía, Viviana West, y su hermano menor, George, entraran, resultase natural que Viviana se acomodara junto a tía Eugenia, mientras que George debía sentarse a mi lado.

Arabella estaba frente a nosotras, y la luz de la ventana creaba un halo de belleza a su alrededor.

Una diosa separada del resto.

—No debes asustarlo, Emma. Casi nunca habla con mujeres. Debes inspirarle, Inspirarle, una falsa sensación de seguridad. Un sentimiento de hermandad, por así decirlo. Hacerle creer que contigo está a salvo.

Y así fue como me encontré sentada al lado de un hombre que parecía una cochinilla de la humedad. Tenía la cabeza muy… redonda. Era de trato reservado y, al mismo tiempo, distraído, de esos que dan la impresión de tener mucho en lo que pensar y de contentarse con dedicar su tiempo a tal ocupación.

—Lord West —dije casi en un susurro—. Quizá podría ayudarnos a Arabella y a mí a hallar la respuesta a una pregunta. ¿Lord West? ¡Lord West!

Sus ojos vidriosos, dos platos de un azul anodino, por fin encontraron el camino hacia mi rostro.

—Lord West, ahí está. Arabella me preguntó justo el otro día si el hecho de que el Mapamundi de Hereford esté orientado hacia el este tiene algún significado especial.

Las palabras tardaron lo que me pareció media hora en llegarle al cerebro, pero, cuando lo hicieron, abrió aún más los ojos, si es que eso era posible.

—¿El Mapamundi de Hereford ?

—Sí, el simbolismo de su orientación. ¿Tiene alguna opinión o T eoría al respecto?

Al oír la palabra, enderezó la espalda.

—De hecho, tengo una teoría, pero, en primer lugar, señala a Claudio Ptolomeo.

—Arabella. —Sonreí a mi prima, levanté la mano hacia ella y guie la mirada de mi interlocutor—. ¿Has oído? ¡Lord West tiene una Teoría que incluye a Ptolomeo! ¿No me dijiste algo sobre él el otro día?

Y, por fin, lord West elevó la mirada hacia la elegante ninfa sentada en su halo de luz. Arabella estaba recostada en la silla y alzó la mano con languidez.

—Sí, mencioné algo acerca de Ptolomeo.

—Cuando estábamos disponiendo las flores el otro día —añadí—. Tía Eugenia quería rosas, pero le diré, lord West, que Arabella solo quería guisantes de olor. Son más… Oh, ¿cómo lo expresarías tú, Arabella? Se te da tan bien el lenguaje…

Los labios de Arabella formaron el encantamiento de una sola palabra.

—Frescos.

—Frescos. Eso es. —Volví a centrar mi atención en el pobre George West—. ¿No le parece que es posible que sean las flores más frescas?

Lord West, embelesado ante una diosa que había hablado no solo de Ptolomeo, sino también de los guisantes de olor, mostraba una expresión de absoluta perplejidad.

Lo interpreté como una señal de que estaba sopesando una Nueva Idea.

Después de hablar —muy despacio y con gran detalle— sobre su Teoría de la orientación del Mapamundi de Hereford , su hermana anunció que era hora de marcharse.

El hombre se puso en pie, miró una vez más a Arabella, que para entonces estaba entretenida concentrándose en sus propias meditaciones, y salió de la habitación sin despedirse de nadie.

Tía Eugenia se volvió hacia mí en cuanto se cerró la puerta.

—Emma. ¡Emma!

—¿Sí?

—Has superado Todas las Expectativas. Nunca había visto a George West tan cautivado por Alguien como lo estaba por Arabella.

—Válgame Dios.

Y mi preocupación era genuina.

La risa perezosa de mi prima me llegó desde el otro lado de la habitación.

—Estaba totalmente desconcertado. Tardará tres días en entender lo que ha sucedido. Bravo, Emma. Has hecho muy bien tu trabajo.

—¿Y ese es el tipo de hombre con el que esperas casarte? —dije con cierta mordacidad después de que tía Eugenia se marchara de la habitación con aire triunfal—. ¿Un hombre chinchilla con Teorías?

Arabella se encogió de hombros sin inmutarse.

—Podría hacer lo que me apeteciera. Es un buen trato.

—Un buen trato que incluye conversaciones penosas, por no hablar de las expectativas de que le des hijos.

Con una picardía que su madre no aprobaría, Arabella cerró los ojos y dijo:

—Mi querida Emma, ese hombre estudia los patrones reproductivos del guisante de olor. Dudo bastante que entienda un proceso más complicado.

Debo reconocer que me sonrojé.

—Bueno, esperemos que piense que solo tenéis que sentaros juntos en una habitación para germinar, por tu bien —respondí.

Ante lo cual Arabella se echó a reír.