Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 25 de mayo
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25 de mayo

El Baile de Salisbury ha sido un éxito en casi todos los sentidos.

A mí no me ha impresionado tanto, pero no por falta de comprensión en cuanto a la planificación y el gasto que ha supuesto una velada así.

Oh, no. Eso lo he visto con absoluta claridad.

Se ha debido más bien a que Charles Goddard también ha asistido.

Sigue siendo extraordinariamente alto.

Una habría esperado que el problema se hubiera corregido.

Lo peor no ha sido que merodeara en torno a mi persona. Ha sido que bailamos no una, sino dos veces. Mi cuota de toda la velada si quería seguir siendo un insecto de la clase más humilde.

—Ah, Emma —me dijo tía Eugenia la única vez que me habló—, veo que has hecho una conquista.

Mi amiga Cynthia Goddard siempre es bienvenida en el Primer Salón.

Apruebo que frecuentes la compañía de Charles.

A pesar de que bailar con él dos veces resulta Descarado cuando quiero que pases Lo Más Desapercibida Posible.

Le mencioné que, más que su compañía, frecuentaba la de su chaleco, y ella, sonriendo para no fruncir el rostro en público, me dijo que no fuera ridícula.

La música era muy buena. Aunque tampoco es que nadie lo notara.

Los bailes son divertidos justo por eso.

Todo el mundo comenta los vestidos, el gentío, las damas, los caballeros.

Nadie menciona la música jamás. Bien, pues a mí me gusta la música.

Disfruto buscando un rincón oculto tras una palmera y escuchando a los músicos tocar un hermoso vals.

Y, cuando una jirafa altísima de proporciones extremas descubre tu escondite, siempre hay una biblioteca a la que hacerle compañía. Como fue el caso anoche.

Con la ayuda de un complaciente lacayo, me escondí de Charles Goddard en la biblioteca y abrí el primer libro que saqué de la estantería. Plinio. El Viejo, no el Joven. Como no había leído a ninguno de los dos, decidí que el Viejo era un punto de partida prudente.

Tras acomodarme en el asiento de una ventana, me percaté de que las cortinas de la biblioteca hacían juego con mis ojos, lo cual me distrajo y me llevó a imaginarme como la encantadora protagonista de un cuadro.

Chica Leyendo Junto a la Ventana. El artista, un joven, quedaría encandilado por el resplandor de mi vestido a la luz de las velas.

Levantaría la vista, con el pincel suspendido sobre el lienzo.

Como es lógico, me serené y volví al romano que estaba a mi alcance.

Apenas había leído dos párrafos cuando la puerta de la biblioteca se abrió.

Pero no se abrió sin más, se AbrIÓ como si anunciara que a quienquiera que fuese a entrar había que considerarlo en mayúsculas.

Cuando levanté la vista, vi a un hombre que cerraba la puerta a su espalda, se sacaba el reloj de bolsillo del chaleco, miraba la hora y luego se pasaba la mano por su atractivo rostro como si estuviera exhausto.

Fue la muestra de agotamiento social más elegante que haya presenciado en la vida.

No me cupo duda sobre su identidad. Aunque no lo había visto nunca tan de cerca, me resultó obvio que estaba mirando al duque de Islington, un convecino de St. Crispian’s. Por desgracia, fue en medio de mi indiscreta mirada cuando él reparó en mí.

Me puse en pie de forma abrupta y, con el libro aún abierto ante mí, dio la sensación de que estuviera preparando una clase y él fuese mi alumno.

—Ah —fue lo único que dijo.

«Ah».

No fue un sonido de consternación, tampoco de complacencia; no fue más que una forma de decir: «Veo que la habitación está ocupada».

Yo no dije nada.

Es más joven de lo que pensaba. Llevaba el pelo, oscuro, peinado hacia atrás y no apartaba los ojos color avellana de mi persona.

Reconozco que la limitada visión que tenía de él cuando era niña me había convencido de que llevaba toda la vida rondando los cuarenta y cinco, pero, desde mi nueva perspectiva, a la grandiosa edad de veinte años, me doy cuenta de que no debe de tener muchos más de treinta. Quizá justo treinta.

Si no recuerdo mal, es posible que comprara uno de los cuadros de mi padre.

Las arrugas de alrededor de los ojos se le acentuaron mientras observaba el libro abierto, como si quisiera preguntarme qué se me había ocurrido ponerme a leer a aquellas horas de la noche.

—Plinio —dije en voz alta.

Su rostro manifestó una leve sorpresa, lo cual debió de ser el catalizador para que me explayara:

—Plinio el Viejo, quiero decir, el amigo del emperador Vespasiano.

—Jamás se me habría ocurrido que alguien quisiera esconderse en una biblioteca durante un baile por Plinio el Joven —respondió él.

—No estaba a la altura de su padre como compañía.

El duque le echó otro vistazo a su reloj de bolsillo y se lo guardó al mismo tiempo que decía:

—En realidad, Plinio el Joven era su sobrino. Creo.

Su última palabra tenía como intención hacerme sentir menos tonta. Creo.

Cerré el libro de golpe y farfullé:

—Qué desperdicio de educación.

El duque de Islington, sorprendido por mis palabras, estuvo a punto de reírse, que es lo que supongo que hace un duque cuando parece divertirse. Luego dijo:

—Como casi todas las educaciones.

—No la que imparte la señorita Prim.

Y ambos nos quedamos inmóviles como piedras durante varios tictacs del reloj de la biblioteca, hasta que él respondió:

—No tengo ni idea de qué significa eso.

—Lo trágico es que yo tampoco. —Respiré hondo y dejé a Plinio el Viejo sobre la mesa—. Estoy comenzando mi propio grand tour —declaré, como si le interesara saberlo—. Es decir, me estoy educando para contradecir la educación que ya he pagado.

—Y por eso está en la biblioteca en lugar de en el salón de baile.

—No tengo muchos libros propios. Se vendieron.

A qué humillaciones me someto. Jamás sabré por qué sentí la necesidad de explicar mi situación.

Benditos sean los excelentes modales que se le imponen a la nobleza, pues el duque de St. Crispian’s respondió con naturalidad:

—Entonces ha tomado una decisión inteligente al retirarse aquí. Ahora, si me disculpa, debo volver con las masas ineducadas.

—Plinio le desea lo mejor —contesté.

—Plinio está demasiado interesado en los fenómenos naturales como para preocuparse por mis entretenimientos nocturnos.

Resoplé.

—Su escuela le enseñó mucho más que bordado.

Sonriendo a modo de respuesta, se marchó.