Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 19 de mayo
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19 de mayo

Hoy era el cumpleaños de mi madre. Después de dar un largo paseo, leer un buen rato los Proverbios y continuar ampliando mi lista de cómo podría adquirir más dinero, fui al Reed and Rite para celebrarlo.

Al entrar en la cafetería, vi una sombra alta en la esquina.

El Inquilino.

Me encaminé hacia él y me fijé en que volvía a tener el sombrero entre las manos, y toqueteaba el ala con los dedos. Parecía desconcertado por algo.

—¿Necesita ayuda, señor Pierce?

Cuando me miró, sus ojos fueron como una bala de plata.

—Señorita Lion. Hola.

—Hola.

Cualquiera habría pensado que se escondía de unos caníbales, de tan incómodo como estaba.

—¿Se encuentra bien, señor Pierce?

—Muy bien. Solo es que echo en falta algo muy importante y…

Pero no fue capaz de obligarse a seguir adelante.

—¿Se pregunta si su objeto podría haber vagado hasta acabar en el Reed and Rite?

—Desgraciadamente.

—¿Es una desgracia que pudiera ser así? En efecto. —No me devolvió la sonrisa—. Entremos en El Recaudo y a ver qué encontramos.

Así fue como me convertí en el ángel guía de nuestro perdido Dante, pues la expresión del señor Pierce era muy similar a la que habría adoptado si estuviera descendiendo al Infierno.

Para ser justos, El Recaudo es todo revestimiento de madera oscura y ventanas polvorientas, aunque, desde luego, no es comparable al reino de los muertos.

—Ahí están las mesas y las estanterías. —Señalé la pared del fondo y la lateral, cubiertas con la más asombrosa variedad de objetos imaginable—. Y aquí está el libro de registro. Se mudó aquí hace solo dos semanas, así que no debería llevarle mucho tiempo. ¿Qué está buscando?

—Una lente.

—¿Una qué?

—Una lente. La había limpiado, la dejé en mi escritorio y después desapareció. No ha habido nadie más en la casa y no creo que Teobaldo se la haya llevado.

Mientras yo inspeccionaba el registro, él les echó un vistazo a todos los objetos extraviados, lo cual hizo aumentar su asombro y su agitación.

Estuve a punto de comentarle que el avestruz de la esquina era una donación permanente para la sala, pero me pareció que en tal estado de ánimo no le resultaría divertido.

Finalmente, encontré una entrada que decía: «Lo que parece ser una especie de lente.

Colocado en la estantería A para su custodia».

—¡Aquí hay algo! Mire en la estantería A, señor Pierce.

Dado que se encontraba detrás de la mesa de la esquina, llena de muñecas de porcelana perdidas, parecía un poco abrumado.

—¿Cuál es?

Señalé la pared.

—La de arriba del todo. Es la de los objetos de gran valor. Necesitará el taburete.

Refunfuñando, encontró el taburete y, cuando se encaramó a él, levantó la barbilla para ver mejor el estante oscuro.

—Aquí arriba hay una pistola. Con la empuñadura de diamantes y perlas.

—Oh, debe de pertenecer a uno de los caballeros de Traitors Road. A ese grupo le siguen divirtiendo las pistolas de duelo ornamentadas. ¿Algo más?

—Un anillo.

—¿El rubí?

—Sí.

—Lleva ya un mes ahí.

—Me sorprende que no se lo haya llevado nadie.

—Somos raros, señor Pierce, pero honrados.

—¡Ahí está!

Levantó la mano y agarró un objeto de latón alargado y circular de la estantería. El alivio que se le reflejó en el rostro fue como un claro en medio de la tormenta. A juzgar por el ademán tan protector con el que sostenía la lente, cualquiera habría pensado que había rescatado a un niño.

Tras bajarse del taburete, dijo:

—Gracias por su ayuda, señorita Lion.

Y se dio la vuelta como si fuera a marcharse.

—Señor Pierce, he venido a celebrar el cumpleaños de mi madre con un té. ¿Le gustaría acompañarme?

Buscó cualquier excusa para rechazar mi oferta.

—No creo que a su madre le parezca bien que me sume a los invitados. No soy muy buena compañía.

—Mi madre lleva siete años muerta, así que no creo que le importe.

Los muertos no son demasiado exigentes respecto a las compañías que frecuentan.

—Pretendía que fuera una observación frívola, pero se le emblanqueció el rostro, así que añadí a toda prisa—: Es una fiesta solo para mí, y creo que me gustaría estar acompañada.

En cualquier otro lugar de Londres, habría sido inaceptable que nos sentáramos solos, pero las normas del Reed and Rite son más flexibles, puesto que gran parte del vecindario debe acudir allí con frecuencia.

Se considera que es un territorio neutral.

Nadie le daría importancia a que tomara el té con el señor Pierce.

Creo que se lo expliqué de manera aproximada mientras El Inquilino deliberaba.

Se sacó un trapo suave del bolsillo y envolvió la lente.

—En ese caso, acepto.

—Estupendo.

Nos acomodamos en un rincón, en mi mesa favorita, desde la que, alzando la vista, veíamos la calle.

—Al zapatero le gusta sentarse aquí, señor Pierce, para ver quién necesita zapatos nuevos. Se gana muy bien la vida. Sobre todo cuando las ventanas están limpias.

—Niall, por favor.

—¿Perdone?

Desvié la mirada hacia él.

Estaba sacudiendo la servilleta y colocándosela sobre el regazo sin mirarme cuando dijo:

—Niall. No hace falta que me llame señor Pierce. A todos los efectos, compartimos la custodia de un gato.

Entonces alzó la mirada. Puede que fuera por el traje gris que llevaba puesto o por la luz que entraba por la ventana, pero tenía los ojos muy… Bueno, eran como un relámpago. Contuve el aliento sin pretenderlo.

—Si mi informalidad la ofende, señorita Lion, le pido disculpas. He pasado gran parte de mi vida viajando y tengo poca paciencia con las formalidades. Llámeme señor Pierce si lo prefiere.

—Niall está bien.

El deje irlandés de mi padre salió a relucir cuando pronuncié su nombre.

Y sentí curiosidad por saber cómo sonaría si él pronunciara el mío. Cuando estaba a punto de darle permiso para hacerlo, nos sirvieron el té y los pasteles y el momento se desvaneció.

Al principio, se hizo el silencio. Algo inusual. Hablo mucho cuando estoy nerviosa. Pero él permanecía callado y pensativo, observando la calle mientras se tomaba el té.

Aprecié la quietud, creo, por desconcertante que resultara.

—Es gracioso, lo que ha dicho sobre el zapatero —comentó después de que nos rellenaran la tetera. Su voz grave untó las palabras de manera uniforme, como la mermelada en una rebanada de pan—. Me siento como si me hubiera mudado a un libro de cuentos.

—Ni yo misma podría haberlo expresado mejor. La descripción perfecta de St. Crispian’s. —Luego, dado que Niall había roto el silencio, le pregunté—: ¿Su lente estaba en buen estado?

—Sí. Quienquiera que la encontrase la ha cuidado mucho.

—El libro de registro dice que la encontró el señor Garret. Es platero de profesión, así que sabe cuidar las cosas. ¿Para qué sirve la lente?

—Pertenece a una de mis cámaras de campo. Soy fotógrafo.

—Qué interesante. ¿Qué captura?

Se recostó en la silla como si fuera una pared contra la que lo hubiera acorralado.

—Me dedicaré a los retratos mientras esté en Londres, pero durante mucho tiempo mi tema ha sido otro.

—¿Puedo preguntar cuál?

—La guerra.

El tenedor se me resbaló de los dedos ridículamente. Y repiqueteó contra el plato.

Una sombra le titiló en el gris de los ojos.

—Perdone si la he asustado.

—No, no. No me malinterprete. Solo se me ha caído el tenedor.

Mientras jugueteaba con la servilleta, miré por la ventana y me vinieron a la cabeza las absurdas palabras que El Romano le había dicho a Agnes. «Un hombre de guerra viene a esta casa».

—¿A quién ha perdido, señorita Lion?

—Emma, por favor. Si debo llamarle Niall. —Entonces caí en la cuenta de lo que había dicho. Lo miré a los ojos—. ¿Qué me ha preguntado?

—Mi trabajo consiste en capturar la pérdida y la devastación.

Veo cuándo se ha producido una o ambas. —Entonces esbozó una mueca que no estoy acostumbrada a ver: el reconocimiento sincero de un paso en falso.

Sin ninguna fachada entrenada y atemperada que ocultara sus pensamientos internos—.

No quiero presionarla. Una vez más, lo siento.

Y, por la forma en la que se reacomodó en su asiento, mirando primero hacia abajo y luego hacia otro lado, fue como si se estuviera disculpando por el mero hecho de existir.

—Fue en Afganistán —dije—. Hace tres años.

Y se quedó quieto. A la espera.

—¿Estuvo usted allí? —pregunté, y que me aspen si mis palabras no terminaron en un tono agudo y cayeron temblando sobre la mesa que nos separaba.

Emma M. Lion no tiembla en público. Y, sin embargo, allí estaba. Perdiendo la compostura en un rincón del Reed and Rite con un cuasidesconocido.

Todavía no puedo pensar en ello sin querer arrancarme la piel.

Con un movimiento tan rápido que fue prácticamente imperceptible, me tendió su pañuelo…, por si la voz temblorosa desembocaba en cosas menos deseables.

—Gracias —dije mientras me recomponía y reunía el valor necesario para mirarlo a la cara.

Mi intento de sonrisa me produjo la misma sensación que un paso inestable—.

Pensará que carezco por completo de modales por hablar de estas cosas.

Reconozco que voy en contra de la mayoría de las normas sociales, pero no hago manifestaciones públicas de sentimientos, al menos no de los que se expresan con lágrimas.

Ya me han acusado antes de lanzar una tetera, como sin duda no tardarán en contarle.

Cambió de posición; apoyó el codo en el brazo de la silla y posó la barbilla en la palma de la mano en un solo movimiento. No tenía aspecto de viejo, pero sí de agotado.

—Pensé que carecía por completo de modales cuando respondió a mi nota a través de la pared. Eso no significa que lo desaprobara.

Me reí. Y las nubes que, sin que me diera cuenta, habían oscurecido la calle al otro lado de la ventana se abrieron y dejaron que la luz del sol se derramara sobre los utensilios para el té que había entre nosotros.

Por mucho que aquel té No Fuera Aceptable en circunstancias educadas, fue un momento muy cálido y humano.

—¿Era un hermano? —preguntó.

—Un amigo —respondí, y detesté lo vacía que la palabra «amigo» podía sonar cuando intentaba abarcar algo mucho más profundo—. No es algo de lo que suela hablar.

—Yo no hablo de la mayoría de las cosas, pero he descubierto que se debería hablar de la guerra. Incluso diría que hay que hablar de ella.

—¿Por qué? —pregunté, poniéndolo en duda—. ¿Por qué hablar de ella cuando es tan dolorosa, tan cruel?

—Para que podamos ponerle fin.

—¿Acaso hablar pone fin a algo?

Y lo que apenas era capaz de confesarme a mí misma era que temía que, si hablaba de Maxwell, si pronunciaba su nombre en voz alta, él me abandonara. Que dejase de invadir mis sueños. Que no volviera a aparecerse en los movimientos de quienes veía por las calles.

Sin embargo, me sorprendí diciendo:

—Fue en la batalla de Maiwand.

El señor Pierce hizo una mueca de dolor.

—¿Sirvió bajo las órdenes de Barrows, entonces?

—Sí, eso creo. ¿Sacó fotos de aquella guerra?

La esperanza y el miedo me formaron un nudo en el estómago.

—Estuve allí durante la batalla de Kandahar, pero es posible que mi amigo John Burke tenga alguna imagen de Maiwand…

Empleó un tono de invitación cautelosa. Una invitación que yo no deseaba.

—Es tarde. Creo que debo volver a casa —fue mi respuesta.

—Por supuesto.

Se levantó, esperó a que yo hiciera lo mismo y echó a caminar detrás de mí cuando me dirigí hacia la puerta. Una vez en la calle, comenzamos a subir por Whereabouts Lane. Se me había medio olvidado que tendríamos que volver a la misma casa.

Me até la lengua con firmeza al fondo de la boca y no dije ni una palabra. Él tampoco.

Caminábamos a paso lento. No resultaba incómodo.

Al menos no mucho.

Cuando llegamos a nuestras respectivas puertas azules, sonreí cuando me dijo:

—Gracias por invitarme a tomar el té, señorita Lion.

—Emma —lo corregí.

Él apartó la vista al decir:

—Creo que no. Me he tomado demasiadas libertades con usted, como si fuéramos coetáneos intercambiando historias bélicas.

Le pido disculpas, señorita Lion. No estamos acampados en un campo de batalla en Afganistán o Sudáfrica.

—Volvió a posar la mirada en mí—. Estamos en Londres, y los caballeros no se permiten tales informalidades con las jóvenes.

Ha sido una gran irresponsabilidad por mi parte.

Perdóneme por haberla puesto en una situación comprometida.

Vaya.

—Dice el caballero que intercambia notas a través de una pared —contesté.

—Eficaz para los asuntos necesarios. —Una sonrisa complicada le cruzó el rostro—. Los secretos solo comprometen si salen a la luz.

—Esa no es una filosofía sensata.

Él lo reconoció con una inclinación de la cabeza, pero se limitó a responder:

—Buenas tardes, señorita Lion.

Y subió las escaleras y entró en Lapis Lazuli Minor antes de que yo también pudiera desearle las buenas tardes.

Existe la insidiosa posibilidad de que mi madre no hubiera aprobado su té de cumpleaños.