13 de mayo
Fiel a su amenaza, Roland ha venido esta mañana a reclamar su premio.
Anoche le dije que, dado que hoy era domingo, tenía que ir a la iglesia, a lo que él respondió:
—No creo que encuentres más diversión sentada en un banco duro que acompañándome a Regent’s Park.
—Qué poca idea tienes —repuse para mis adentros.
El Joven Hawkes aún debía terminar su sermón sobre José, y seguro que los chicos de Cambridge se mostrarían en todo su esplendor.
El caso es que tenía una cuenta que saldar. Cambié la primogenitura de St. Crispian’s por un paseo matutino con Roland en el parque. Un plato de lentejas, sin duda.
O eso creía yo.
Debo reconocer que fue más interesante y, me atrevería incluso a decir, ¿agradable? de lo que había previsto.
Roland me sorprendió no solo mostrándose cordial, sino también interesado en mí. Desvié la conversación hacia él tan a menudo como me fue posible, pero, aun así, agradecí el gesto. Resulta que Roland es un gran amante de la música.
—Soy un músico pésimo, pero tengo muy buen oído.
—Y firmas cheques cuantiosos para patrocinar las artes, imagino.
—Por supuesto.
Lo más sorprendente fue la cantidad de personas con las que nos cruzamos que no solo conocían y apreciaban a Roland, sino a las que, además, él trataba con auténtica amabilidad.
Incluso a una jovencita tonta que paseaba con su hermano y tenía los dientes torcidos, dificultades para pronunciar la ese y tendencia a mover la nariz de un lado a otro como si le estuvieran haciendo cosquillas con una pluma continuamente.
Fue tan atento con ella como con cualquier otra persona de mayor importancia.
—¿Y será la futura señora Sutherland? —pregunté cuando continuamos con nuestro paseo.
—Oh, no creo que seamos compatibles, pero, si limitas toda conversación al ámbito de las criaturas anfibias, es una compañera interesante.
Y lo dijo en serio.
Roland Sutherland es mejor persona que yo.
Cuando nos acercábamos al final de nuestro paseo, vi a alguien a quien no esperaba ver.
El Inquilino.
Vestía un traje negro. La camisa estaba almidonada con esmero, el chaleco era verde.
Llevaba el sombrero en una mano mientras se pasaba los dedos de la otra por el pelo.
Con la mirada clavada en el suelo y el ceño fruncido, lucía unos andares muy byronianos, a pesar de la cojera.
¿Quizá debido a ella? Era el aspecto que tendría una tormenta si tomara forma humana.
Levantó la vista justo cuando nos cruzamos y nos miramos a los ojos.
Creo que supo al instante que yo era la desvergonzada Tisbe de su Píramo, la que le enviaba notas a través de la rendija de nuestra pared, pues un destello de reconocimiento le iluminó los ojos. Estuvimos a punto de pasar sin saludarnos. Pero entonces…
—Disculpe, ¿señorita Lion?
El sonido de su voz fue como un trueno lejano.
—Señor Pierce. Qué sorpresa. —Como si no fuera la figura más llamativa del parque—. ¿Puedo presentarle a mi némesis de la infancia, el señor Roland Sutherland? Roland, el señor Niall Pierce.
Ambos me lanzaron una mirada rápida antes de estrecharse la mano.
—¿Némesis? —añadió Roland casi en un susurro.
No le hice caso y me dirigí al señor Pierce.
—Siento que no le hayamos invitado aún a tomar el té. Quería darle el tiempo necesario para instalarse.
—Por favor, no se moleste. —Se pasó el sombrero de una mano a la otra—.
Las galletas que me llevó su criada estaban…
, eh…, bastante buenas. —Se quedó callado unos segundos; igualó la seriedad de su expresión a la de su actitud, y de ahí surgió el interrogante—: ¿Puedo preguntarle si le gustó Piccadilly Circus?
—No fui.
—Entiendo.
—Solo Agnes. La criada.
Bajó la mirada mientras jugueteaba con el sombrero, y una sonrisa inesperada amenazó su ademán circunspecto.
—Me pareció que a la mujer le hacía falta distraerse.
—Así es.
—Me alegro de que fuera.
—Yo también.
—Bueno. —Desvió la mirada de mí hacia Roland y, a continuación, con un gesto de asentimiento dijo—: Les deseo un buen día a ambos.
Y, cuando siguió su camino, la tormenta se perdió en la distancia.
No me di cuenta de cuánto tiempo me había quedado mirándolo hasta que Roland carraspeó.
—Un tipo interesante.
—Sí.
—En primer lugar, Emma, presentarme como tu némesis es un tanto injusto.
—He dicho némesis de la infancia. Es muy distinto.
—Ah, ¿sí? ¿Qué te hice que fuera tan terrible?
—¿Empezamos por el día en el que me encerraste en un baúl y me tiraste al foso?
Roland tuvo la cortesía de considerar lo que acababa de decirle desde la perspectiva de un hombre adulto. Frunció el ceño.
—Comprendo. Aunque, para ser justos, creo que te dejé agujeros para respirar y que no cerré el baúl con llave.
—No sabía nadar.
Extendió las manos.
—Te recuerdo nadando estupendamente bien una vez que te liberaste. Luego me azotaste con una rama de sauce.
—El instinto de supervivencia obra maravillas. ¿Tienes un segundo?
—¿Perdona? ¿Vas a retarme a un duelo?
Puse los ojos en blanco.
—Cielo santo, no. Al menos de momento. Has dicho «en primer lugar». Deduzco que tienes una segunda objeción que plantear.
—Solo preguntarte quién es ese hombre y de qué lo conoces. Me ha provocado un escalofrío que me ha recorrido la columna de arriba abajo.
—Eso, Roland, es porque estás hecho de sol. El señor Pierce te estropearía el buen tiempo.
A lo que él respondió:
—Ja.
—Es El Inquilino. Nuestro inquilino. Ha alquilado Lapis Lazuli Minor.
Frunció un poco el ceño, un gesto que le confirió un aspecto casi tan glorioso como su sonrisa. Los poderes que determinan ciertas cosas como la belleza lo tienen muy consentido.
—¿De dónde es?
—Al parecer, ha pasado algún tiempo en Nueva York. Por lo demás, no sabría decirte.
—Si fueras cualquiera de las otras jóvenes que conozco, te advertiría que estuvieras alerta.
—¿Oh? —pregunté al mismo tiempo que dejaba de andar—. Pero como no lo soy…
Entonces llegó la sonrisa de Roland.
—San Jorge no es el único capaz de matar a un dragón, Emma Lion. Te he visto empuñar una espada.
Puede que haya sido el cumplido más maravilloso que me han hecho en la vida.
Tengo intención de mantener cerca a Roland.