12 de mayo
¿El escenario de esta noche? La partida de cartas de tía Eugenia, en la que nuestra heroína —la impertérrita Emma M. Lion— se quedó plantada a solas con el infame Roland cuando las señoritas Klein se excusaron del juego de bridge para ir a refrescarse.
—Mi querida Emma, cualquiera diría que intentas perder —dijo Roland, que se recostó en la silla con un ademán grácil y exasperante.
—Es que intento perder —admití—. Tengo poca paciencia para las cartas.
—Una lástima. ¿Has apostado alguna vez?
—¿En los juegos de azar? No.
Puso los ojos en blanco.
—No es de extrañar que te aburran las cartas. Las apuestas son la razón por la que se juega. ¿Qué te parece si nos apostamos algo ahora, tú y yo?
—Ya me he descartado.
—Para la siguiente partida, entonces. Si gano, me acompañas a dar un paseo a caballo por el parque.
—Eso se consideraría una pérdida absoluta de mi valioso tiempo.
Entornó los ojos, pero no pudo evitar esa sonrisa radiante, ni lo hermosa que era cuando permitía que se apoderara por completo de su expresión.
—En ese caso, más te vale no perder.
—Blandes tu sonrisa de una forma muy irresponsable —dije.
Es un gran consuelo que no esté encandilada contigo, pensé.
—Gracias. Bien, ¿qué apuestas tú a cambio? —insistió.
—Un libro.
—¿Un libro?
—Sí, querría un ejemplar de…
Pero él levantó la mano y me interrumpió.
—Emma, una hora en el parque no es una ganancia equilibrada con respecto a un libro. Te traeré un folleto.
—¡Por supuesto que no!
—¡Un libro equivale a un mes de salidas!
—¡No es cierto!
—¿Te estás oyendo, Emma?
Tras pensarlo un instante, llegué a la conclusión de que debía mostrarme de acuerdo.
—Tienes razón, y, sin embargo, ese es mi precio.
Toqueteó las cartas que tenía en la mano y respiró hondo.
—Estoy dispuesto a llegar a un acuerdo contigo, Emma Lion, con una condición.
—No puedes poner condiciones a las condiciones —respondí al mismo tiempo que levantaba los ojos hacia los suyos con autoridad.
—Sí puedo. Voy a hacerlo ahora mismo. —Se echó hacia delante y habló en voz baja—. Te traeré un libro solo si… —abrí la boca para hablar, pero él levantó un dedo— se me permite elegir cuál.
—¡Desde luego que no!
—Pero ¿por qué?
—Me traerás algo del estilo de Tom Jones .
Esto le hizo soltar una carcajada estruendosa y recibimos La Mirada de tía Eugenia, que se encontraba al otro lado de la sala.
—Emma, si te traigo un libro, será, como mínimo, digno de tu tiempo.
—Tengo una lista de lecturas…
—Ni siquiera has ganado la partida todavía.
Las señoritas Klein regresaron y ocuparon sus respectivos asientos.
Terminamos nuestra mano y comenzamos otra.
Perdí.