9 de mayo
Mary ha pasado por aquí cuando volvía a casa desde el trabajo para tomarse un té tardío y charlar. Aparte de lo maravilloso que es recibirla siempre que puede hacerme una visita, la de hoy ha sido especialmente afortunada, ya que entró en la buhardilla y se estaba quitando los guantes cuando dijo:
—Agnes ha dicho que subirá té y scones , lo cual es magnífico, porque estoy muerta de hambre y… ¡Cielo santo! ¿Qué hace aquí Teobaldo?
Teobaldo, que se estaba lavando en el asiento de la ventana, le dedicó un doble parpadeo lento y majestuoso y volvió a sus abluciones.
Mi reacción a la pregunta de Mary no tuvo nada de majestuosa. Tía Eugenia a duras penas me reconocería como pariente suya de haberla visto. (Supongo que ya me reconoce a duras penas como pariente suya. Quizá una negativa rotunda a reconocerme sea más apropiada).
—¡¿Sabes lo del matrimonio accidental?! —salté.
Mary se rio y tomó asiento.
—¿Te refieres a la misteriosa desaparición de Jane?
Sé poco. Solo que Jane, una de mis compañeras de la casa de huéspedes de la señorita Lamb, recibió una visita muy poco ortodoxa por parte de un hombre de negocios.
Se dedicaba a los seguros, la banca o algo así.
Se vieron dos veces, ella parecía muy inquieta, y luego me la encontré en el vestíbulo con un baúl.
Lo único que me dijo fue: «Me ha resultado beneficioso casarme.
Pasaremos varios meses fuera, en el continente.
Si te dejo una llave, ¿me regarás las plantas? ».
»Y, antes de que pudiera preguntarle por la boda, el marido o el gato, se marchó.
Lo espié a través de la ventana del vestíbulo.
Al marido, no al gato. Guapo y egocéntrico, sin pensar más en ella que en una mota de polvo que tuviera en la manga.
Soy incapaz de imaginar qué se le pasó a Jane por la cabeza para hacer algo así.
Era una de las cosas más raras que había oído en mi vida, y eso que vivo en St. Crispian’s.
—¿Cómo te has hecho con el gato? —preguntó entonces Mary.
—Nuestro inquilino conoce al caballero y acordó que compartiéramos a Teobaldo como gato ratonero mientras su esposa y él estén fuera —respondí—. Hablando de roedores, ¿cómo está tu primo Jack?
—Fuera de la ciudad, me temo. Ha sido una semana aburridísima.
¿Te extraña que haya tenido que venir aquí?
La señorita Lamb ha establecido veladas obligatorias en la salita para que perfeccionemos nuestras virtudes.
Te he tejido dos bufandas mientras escuchaba El progreso del peregrino .
No te las pongas o sentirás mi tediosa aflicción en cada punto del derecho y del revés.
Pasamos la siguiente media hora hilando el misterio de Jane y su boda, y luego Mary hizo acopio de valor y se fue a casa.