7 de mayo
Arabella y yo quedamos en The Langham para tomar el té, de lo que se deduce que pagó ella.
Le conté lo del intercambio de notas y de gato con El Inquilino, para gran entretenimiento suyo.
—Mi madre te arrancaría las vísceras y se las daría de comer a las palomas de Regent’s Park si supiera que conversas con un hombre de semejante manera.
—Tu madre haría lo mismo si supiera que utilizas la palabra «vísceras». Además, solo estamos haciendo negocios, resolviendo un problema mutuo de vivienda.
Arabella adoptó un aire suspicaz que le sentaba de maravilla.
Cuando la conversación derivó hacia los muchos hombres que su madre estaba haciendo caer en la red de mi prima, le formulé mi pregunta candente:
—¿Por qué no te molesta que tu madre te organice la vida?
—¿Por qué iba a molestarme? —replicó Arabella, y los labios rosados se le abrieron en una sonrisa agradable y perezosa.
Era muy consciente de que casi todos los presentes en la sala la estaban observando—.
Mi madre hace todo el trabajo. Solo busca hombres con grandes fortunas y más de dos casas cuyos padres sean tolerables.
No acepta a borrachos ni antecedentes familiares de locura, tampoco a nadie demasiado viejo, salvo que la probabilidad de su muerte inminente sea bastante alta.
¿Por qué debería preocuparme por nada más?
—Aun en el caso de que un hombre cumpla con todos los criterios que busca tía Eugenia, todavía puedes encontrarte con muchas cosas desagradables —respondí—. Debe de haber alguien con quien tal vez desees estar, ¿no?
—¿Quién?
—No lo sé. ¿Roland?
—Oh, no. Es rico y guapo, pero su casa de campo es espantosa. Además, sospecho que Roland quiere encontrar una esposa que lo adore. No encajaríamos.
—Tiene que haber alguien.
—¿Quién? —insistió ella al mismo tiempo que me miraba de hito en hito con sus enormes ojos azules—.
Llevas años dando por sentado, Emma, que querría casarme por amor.
Y te vi enamorarte de Maxwell, y a él enamorarse de ti, casi envidiando que fueras capaz de tal sentimiento.
Tú sientes profundamente y amas con todo tu corazón.
Pero yo no siento así ni soy capaz de hacerlo.
Mi corazón nunca se ha molestado por nada que no sea latir un poco más rápido ante una tela bonita.
Ningún hombre me ha conmovido; así pues, ¿por qué ser demasiado quisquillosa cuando mi madre no tardará en encontrar un espécimen adecuado?
Ahí tienes, esa es tu razón. Ahora, disfrutemos de esta Temporada antes de que me elijan marido.
A ti también te convendría mantener los ojos abiertos.
Tienes que encontrar a alguien, como sea, porque no puedes vivir con el fantasma de Maxwell para siempre.
Sus palabras se me clavaron en el pecho y, al instante, se sentó más erguida y perdió todo el color de la cara.
—No debería haber dicho eso, mi querida Emma; las dos lo sabemos. Te pido perdón por hablar de él de ese modo.
Intenté restarle importancia al asunto con un gesto, pero solo conseguí levantar una mano y volver a bajarla. El peso de lo que Arabella no decía me lastraba tanto como el de lo que sí decía.
Maxwell se ha ido.
Maxwell está muerto.
—Emma, di algo. Perdóname ya. Te lo exijo.
—No importa, Arabella. Estoy bien.
—Mentirosa. Es que me preocupo por ti. Por muy doloroso que sea, por muy desesperadamente que lo añoremos, Maxwell lleva tres años muerto. Aun así —ladeó la cabeza de forma apenas perceptible—, juraría que sigues soñando con él, que todavía lo ves por la calle.
—¿Y si es así? —repliqué.
—Permítele marcharse —fue su firme respuesta.
Algo dentro de mí dijo: «Tiene toda la razón».
Algo dentro de mí dijo: «Está muy equivocada».
Lo que dije en voz alta fue:
—Desde luego, no necesito que la mujer sin corazón me aconseje sobre cómo gobernar el mío.
Ante esto, los labios de Arabella recuperaron la sonrisa, y ella se apoyó de nuevo en el respaldo de su asiento.
—Pero somos las mejores para hacerlo, Emma. Confía solo en aquellas que no se ven afectadas por el amor para juzgar con claridad.
—Creo que unos cuantos postres más nos aportarían la claridad que necesitamos.
—Ahí está mi hija de irlandés.
Y Arabella levantó la mano para llamar al ansioso camarero que esperaba en las sombras con la única intención de atender hasta la última de sus necesidades.