Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 5 de mayo
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5 de mayo

Esta noche ha sido abominable.

Difícil.

Dolorosa.

¿Peculiar?

Antes de relatar los detalles con precisión, debo confesar algo: tengo cuatro enemigos mortales.

El primo Archibald y su hermana, Matilde, son el primero y el segundo, por razones obvias.

Pero hay dos más, y, aunque parezca un poco mezquino que una persona tenga cuatro enemigos mortales, ¿qué otra explicación puedo ofrecer, salvo que soy moralmente imperfecta?

La primera es Victoria Braithwaite, llamada así en honor a nuestra querida monarca.

No estoy segura de que se merezcan la una a la otra.

Cuando mis padres murieron, tía Eugenia estaba aún en el extranjero y no volvería hasta al cabo de medio año.

Bajo la tutela de nuestro vicario local, me contrataron…

para consolar a Victoria de su dolor por la pérdida de un periquito querido.

No soy insensible a la muerte de ningún ser vivo, pero, cuando el vicario me acompañó a casa de lord Braithwaite una semana después de la muerte de mi madre —solo once meses después del fallecimiento de mi padre—, me dejó una lista de instrucciones en lugar de sus condolencias, muy al estilo de lo que hace tía Eugenia.

Debía ser cordial. Debía ser bondadosa. Debía ser comprensiva, puesto que Victoria había sufrido una Gran Pérdida.

No debía mostrarme hosca. No debía hacerme la mártir.

Y, para finalizar, el último y dolorosísimo golpe de gracia: no debía ponerme el vestido negro porque despertaría la melancolía de Victoria.

Así, me despojaron de mi luto, de mi dolor y de mi ritual por esta favorita consentida de la nobleza británica.

Fui su acompañante, o, más bien, su sirvienta personal, hasta que mi tía regresó del puesto diplomático de su marido.

Debo perdonar a la señorita Victoria algún día; a fin de cuentas, es víctima de sus circunstancias privilegiadas. ¿En cuanto al vicario? Resulta que tengo por norma perdonar en el lecho de muerte.

Por suerte para él.

Mi otro enemigo es Roland. Sí, se llama Roland. Desafortunado pero cierto.

Una vez que tía Eugenia y su familia regresaron a Inglaterra, empecé a pasar las vacaciones escolares en su heredad en el campo, Spencer Court.

Mi tío, lord Spencer, aún estaba vivo…, pero no hablaba más que ahora que lleva cuatro años muerto.

A menudo, se nos unía también el primo segundo por parte de padre de Arabella, Roland Sutherland.

Era feo, anodino y desagradecido. No me atormentaba dejándome caer roedores y anfibios en el regazo.

No, no le interesaban las piezas pequeñas.

Le gustaba la caza mayor, y solo le valía un trofeo de tamaño natural.

El trofeo era yo. Obviamente, el peligro acechaba en cada esquina.

Trampas y cepos, cuerdas que atravesaban los caminos y cubos llenos de agua colocados sobre las puertas.

Me pelé las rodillas y me magullé las palmas de las manos incontables veces.

Echando la vista atrás, sus trucos eran bastante ingeniosos. Estúpido no era, pero sí cruel.

He tenido el placer de no verlo en estos últimos tres años. Esperaba continuar así para siempre.

Esta noche, en la Cena Exclusiva de tía Eugenia, me encontré no frente a un enemigo, sino frente a dos.

—Emma —dijo Victoria—, qué alegría volver a verte.

—Victoria. Tienes buen aspecto.

—Gracias. Mamá insiste en que luzca la mejor apariencia posible. Ya sabes que ella es muy meticulosa. Fue como una madre para ti durante los meses que te acogimos.

Creo que parpadeé dos veces sin responder.

Ojalá este feliz reencuentro hubiera terminado ahí.

—Pero eras una niña tan rara… Siempre escondiéndote en los establos como un asqueroso ratoncito.

Y con un carácter muy frágil. Te pillé llorando dos veces, si haces memoria.

Mi padre te llamaba Morbidia, ¿lo recuerdas?

Cada vez que te cruzabas en su camino, decía: «Ahí va Morbidia, el gran padecimiento de la humanidad».

Le encantaba bromear. —Soltó una risita—.

Veo que te las has ingeniado para cambiar. Parece que estás bastante limpia.

Justo cuando abrí la boca para decirle que había dejado de bañarme de una vez para siempre y que estaba infestada de la peste, Arabella me atajó.

—Victoria, es cierto que estás preciosa con ese tono de morado rojizo. ¿Conoces a Rutherford Crane?

Y con Rutherford Crane se fueron.

Había olvidado que su padre me llamaba Morbidia. Hombre vil. La consecuencia fue que me quedé sin habla durante al menos diez minutos, algo que complació sobremanera a tía Eugenia.

Luego, durante la cena, me encontré sentada justo enfrente de Roland Sutherland. En el salón no habíamos hablado debido a que él había llegado tarde.

—Perdóneme, lady Spencer. Mi caballo ha perdido una herradura.

Poco probable.

Roland, por caprichos del destino, se ha convertido en un hombre atractivo en exceso.

Me habría alegrado por él si no hubiera desarrollado también un gran encanto, por no hablar de la desenvoltura en el trato y la confianza en sí mismo.

Este Adonis rubio era muy distinto del Roland Sutherland de mi lista de Enemigos Mortales.

El cabello dorado oscuro le brillaba, los ojos de color azul griego le resplandecían.

Hay odas dedicadas a él en Londres, no me cabe duda de ello.

Arabella me dice que es un soltero Muy Codiciado.

Durante el transcurso de la cena, habló cordialmente con sus compañeros de ambos lados y a mí solo me miró dos veces.

La segunda vez, me guiñó el ojo.

Todas las virtudes que ha adquirido podrían haber sido perdonables si no se hubiera vuelto también observador en extremo. Cuando me escondí en el invernadero, fue Roland quien me descubrió.

Es un fastidio tremendo.

—Emma Lion. —Sonrió con un hermoso destello de dientes blancos—. Qué maravilla verte, vieja amiga. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Unos tres años desde la última vez que coincidimos?

Arqueé las cejas en señal de confirmación.

—Estuve en Spencer Court el verano pasado —prosiguió—. Esperaba verte, pero me dijeron que seguías… ¿en Bournemouth o por ahí?

—Sí, en Bournemouth —respondí, y la voz me traicionó sonando dulce y algo coqueta cuando pretendía que pareciera indiferente.

—¿Con la hermana de tu primo? ¿Cómo se llama?

—Matilde.

Esta vez no sonó dulce y coqueta, sino más bien vengativa.

Su respuesta fue sonreír como un dios griego; una cantidad desmesurada de poder para estar en posesión de un joven.

—Recuerdo a tu prima Matilde como una especie de ogresa mítica.

—Mítica no tanto. Ogresa mucho.

Entonces Roland se echó a reír. Pareció terriblemente humano.

—Me alegro de verte, Emma. Aquí estás, lanzándome miradas asesinas con esos mismos ojos verdes, pero ya sin cara de niña. Considero que te has convertido en toda una belleza, con ese hoyuelo en la barbilla. Y adoro tu voz. ¿Cuándo dejaste de parecer un ratón y adquiriste el tono de Atenea?

—Roland, no seas calavera. Podrías decir tan solo: «Me alegro de verte, Emma. Sobrevivimos a muchos veranos juntos a pesar de nuestros esfuerzos por matarnos el uno al otro». Ya está. Puedes saltarte los halagos falsos.

Su sonrisa regresó con demasiada facilidad para mi tranquilidad.

—¿Y tú qué me dirías a modo de respuesta?

—Que «sobrevivimos» es la palabra clave.

Los ojos se le iluminaron y un rubor le recorrió la piel dorada, pero no debido a la humildad de ver la imprudencia de su juventud a la luz de la honestidad. Oh, no. Estaba conteniendo la risa. Me tomó la mano y me la besó.

—El día en el que tú te limites a sobrevivir, Emma Lion, será el día en el que yo me vaya a mendigar al parque.

A continuación me dejó sola.

Me entraron ganas de gritar que había tenido que dedicar no pocos esfuerzos a la supervivencia durante los tres últimos años, una pulla por su ignorancia. O por su seguridad. También estuve tentada de preguntarle si lo de mendigar en el parque salía rentable.

Detesto a Roland Sutherland.

Pero me preocupa que pueda llegar a tolerarlo.