Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 3 de mayo
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3 de mayo

Todo mi pedido de madame Tasset llegó a media mañana. Es, pensándolo bien, mucha ropa. Agnes se quedó en la puerta con la boca abierta.

—Pero ¿dónde va a poner todo esto, señorita?

—En la buhardilla oeste. He limpiado un armario viejo en el que cabrá la mayoría.

—Estará preciosa —dijo mientras acariciaba con anhelo uno de mis vestidos de día.

—Pasaré de ser una chica con pinta de necesitar caridad a ser una chica con pinta de haber recibido caridad.

—Sí, quién fuera esa chica —replicó Agnes.

—Sí, cierto. Ayúdame a subir estas cajas. Tengo que ir a tomar el té a casa de mi tía dentro de una hora y debo estar preparada.

Más tarde

El té ha sido muy poco estimulante. Me niego a inmortalizarlo en mi diario.

Aunque ha sido maravilloso ver a Arabella. Nos hemos comunicado mucho a través de miradas compartidas; las suyas de diversión, las mías de gran sufrimiento.

—Tengo varias amigas en Londres con las que lo pasarás bien —me dijo después de que los invitados se marcharan y nos escondiésemos en su habitación.

Bueno, era yo la que se estaba escondiendo de tía Eugenia.

Arabella estaba descansando—. Esta Temporada no será un acontecimiento demasiado trágico, ni siquiera para ti.

Emití un sonido de desaprobación.

—Culpo a tu encantador padre irlandés de tu comportamiento —añadió ella.

—Yo lo culpo de muchas cosas. —Suspiré—. Y morirse es una de ellas.

—No me cabe duda de que la sangre portuguesa de tu madre es más que capaz de soportar un verano de tés ingleses —contestó—. Supongo que la península Ibérica debe mejorar la resistencia.

—Era solo medio portuguesa, y la sangre que conservo no quiere más que madeira y el océano. Estoy doblemente maldita.

—Podrías encontrar a un hombre rico que tenga una casa junto al mar —propuso recostada en su diván; la reina de su dominio con una solución para cada problema—. Sería una vida maravillosa para ti.

—Tengo una casa, Arabella.

—En realidad no. Deberías echar al viejo.

—Debería —dije con poca convicción—, pero mi padre me pidió que no lo hiciera.

—Bueno, también lo culpo de eso.

—Igual que yo.