29 de abril
Hawkes no estaba hoy en la iglesia. La congregación parecía algo perpleja. En su lugar había un vicario que habló con voz monótona durante lo que pareció una eternidad. Hacía muchos años que St. Crispian’s no padecía tanto. Pero capeamos juntos el temporal y sobrevivimos a él.
—¿Sabe usted adónde ha ido Hawkes? —me preguntó después la señora Simpkins.
—No tengo ni idea —contesté—. ¿Lo sabrá alguno de sus amigos de Cambridge?
—Ah, no se ha presentado ninguno. ¿Se ha fijado usted en el recogimiento que reinaba en el último banco? Se debe a que estaba vacío.
—Tal vez se han ido a la costa —contesté, incapaz de imaginarme al Joven Hawkes en un lugar así.
—La costa —suspiró la señora Simpkins—. Qué encantador. Podría habernos llevado a todos. —Acto seguido me miró y dijo—: Señorita Lion, tiene usted ojos del color de la costa. Verde mar y tan bonitos como el día. No se los he visto nunca a nadie, excepto a su padre. Me pregunto de quién los sacó.
—Es probable que de una tienda de Dublín.
—Qué pícara es usted.
—Gracias, señora Simpkins.