28 de abril
Esta mañana he visitado a Mary en su casa de huéspedes. Estaba ocupada mecanografiando notas para el profesor en su pequeña y atestada habitación, pero la convencí de que hiciera un descanso y así hablarle del desconocido que ahora vive pared con pared conmigo.
—¿Y no sabes nada más de él?
—Nada.
—Qué misterioso.
Suspiré.
—Mucho. Y he comprobado lo deficiente del tabique que nos separa, pues a la izquierda de mi mesa hay un resquicio que la luz de su lámpara sigue alumbrando después de que yo apague la mía —confesé—. ¿Cómo me sugieres que lo cierre? ¿Con pintura quizá?
—¿Puedes ver su cuarto?
—Huy, no, es demasiado estrecho, pero aun así debería sellarse.
No le dije a Mary, ni tampoco confieso aquí, si lo he intentado.
—La señorita Lamb no lo aprobaría —dijo Mary con una sonrisa.
—La señorita Lamb no tiene por qué enterarse. Y hablando de cosas de las que la señorita Lamb no tiene por qué enterarse, ¿cómo está Jack?
Mary se ruborizó.
He visto a mi amiga siendo sorprendida saltando por una ventana, haciéndose pasar por una duquesa y robando los anteojos de la directora del colegio, y en ninguna de esas ocasiones se sonrojó lo más mínimo.
—¿No te habrás enamorado de él?
—¡Desde luego que no! —dijo Mary indignada. Y la creí. Nunca ha tenido empacho a la hora de confesar sus predilecciones—. Lo que ocurre es que he conocido a varias de sus amistades y debo decirte que sin duda la señorita Lamb no las aprobaría.
—No te habrás entregado por completo al desenfreno, ¿verdad, Mary?
—Nada demasiado escandaloso. Una fiesta después de una grata velada en el teatro, eso es todo. También me ha enseñado a jugar a las cartas. En su club. Fui vestida de hombre.
—¡Mary! —exclamé atónita—. ¡No es posible!
Sonrió y se retiró un mechón rebelde de pelo castaño de la cara.
—Gané dos manos y salí con veinte libras en el bolsillo.
—Eres la heroína por derecho propio de todas las cosas, Mary —dije—. Me enorgullece llamarme tu amiga. Pero si vuelves a hacer algo así y te descubren…
—Ahórrate tu preocupación, Emma. La señorita Lamb a punto estuvo de sorprenderme y no puedo permitirme perder esta habitación, y mucho menos mis dos empleos. Jack ya sabe que me he enmendado. De momento.
—Continúa así —dije paseando la vista por la habitación con sus montones de notas transcritas—. ¿Cómo está tu profesor?
Mary se encogió de hombros.
—Sigo sin conocerlo en persona, pero suele pagar a tiempo y siempre tiene una ingente cantidad de notas que necesita que le escriba a máquina y ordene. He aprendido más sobre la Compañía de las Indias Orientales de lo que jamás habría querido.
Me hundo en mi silla.
—Y quién no.