Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 27 de abril
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27 de abril

El primo Archibald ha salido hoy de la ciudad. Me avisó Agnes, de otro modo yo ni me habría enterado. (Ni le habría echado en falta tampoco).

—Voy a ver a Matilde y a acordar personalmente tu salario. Tengo intención de quedarme allí unos días, quizá una semana —me informó mientras se ponía los guantes y se ajustaba el sombrero.

Mi galante caballero partiendo a luchar contra el dragón para así asegurarse de que no termino en la calle. Es conmovedor ver cuánto le preocupa recuperar el dinero que se me adeuda ahora que lo necesita para vivir.

—¿Te acompaña Parian?

—Santo cielo, no. Se ha ido a visitar a su hermano.

Agnes y yo nos miramos con aprobación.

—Disfruta de tu visita, primo —dije sonriendo—. Dejas Lapis Lazuli en buenas manos.

—Eso no me consuela nada, prima —replicó—. Y no molestéis a nuestro inquilino. Es un hombre atareado y no necesita que lo importunen dos mujeres como gallinas cluecas.

—Pues qué desilusión —contesté—. Pensaba picotearlo hasta hacerle llorar.

—Tu humor no es bien recibido en esta casa.

Aquellas fueron sus últimas palabras antes de irse. Estuve a punto de decirle que tenía amplia constancia de ese hecho.

El primo Archibald no se llevó una maleta, sino dos. La segunda, me explicó Agnes más tarde, solo contenía batines de seda.

Ella celebró su marcha retirándose a la cocina a hornear galletas.

Yo, liberada del torreón por la ausencia del primo Archibald, me llevé a Shakespeare al salón de recibir y me recosté cómodamente en el sofá.

Al poco tiempo llegó un olor delicioso de la cocina y lo siguió Agnes con un plato de galletas y té.

—Que Dios te bendiga, Agnes. Huele divinamente.

—He hecho el doble, para celebrar.

Fue entonces cuando se me ocurrió la idea.

—Agnes, ¿por qué no le llevas unas galletas a nuestro inquilino?

Palideció.

—Huy, no, señorita Lion.

—¿Y eso por qué?

—Porque El Romano dijo que era un hombre de guerra.

—No sabemos exactamente a qué se refería con ello.

—Aun así.

—Es cojo, ¿no lo has visto? Imagina lo incómodo que debe de resultarle ir hasta el Reed and Rite, todo el camino renqueando, cada vez que quiere comer algo rico. Llama a su puerta, ofrécele un plato y luego vuelves aquí y me lo cuentas todo.

—No puedo.

—Sí puedes. Si lo haces, mañana te doy el día libre.

—¿Lo dice de verdad?

—Por supuesto. Podrás hacer lo que te apetezca y levantarte tarde el domingo.

Ponderó este deleite frente al temor que le inspiraba enfrentarse a un inquilino desconocido y belicoso.

—Conforme, señorita Lion. Le llevaré un plato.

—¡Maravilloso! Toma buena nota de todo. Espero un informe completo.

Aguardé mientras Agnes iba de nuestra puerta a la suya. Llamó y esperó. Silencio sepulcral. Agnes llamó una segunda vez. Y una tercera. Por fin, cuando yo había asomado la cabeza por la puerta y nos habíamos encogido de hombros, se abrió Lapis Lazuli Minor.

Oí una voz preguntar: «¿Qué quería?» en el preciso instante en que Agnes cerraba los ojos y le tendía el plato.

—He hecho galletas de más y le traigo unas cuantas, porque debe de ser usted un hombre agradable a pesar de lo que dijo El Romano, así que espero que las disfrute y hasta la próxima, que no será mañana porque mañana voy a Piccadilly Circus.

Después de lo cual por fin respiró.

Cualquiera se habría echado a reír ante semejante perorata.

La risa salió de mi persona y resonó en el edificio al otro lado de la calle.

Antes de que pudiera taparme la boca con la mano, Agnes había puesto el plato en las manos de nuestro inquilino y corrido a nuestra puerta delantera para entrar y cerrarla de golpe mientras yo la esperaba en el recibidor, aún riendo.

—Me… ¿Qué he dicho? —preguntó.

Meneé la cabeza llorando de risa.

—Ha sido un monólogo encantador, Agnes, de verdad.

—Me ha mirado como si pensara que soy tonta.

—Eso jamás. ¿Te fijaste bien en su cara?

Agnes deslizó la espalda por la puerta hasta quedar sentada en el suelo.

—Ya lo creo.

—¿Y?

—Podría cazar un conejo.

—¿Qué quieres decir?

Agnes levantó la vista.

—Pues que en mi pueblo los halcones bajaban volando y se llevaban los conejos. Estaba bien contemplarlo, pero hay que andarse con ojo. —Y añadió en escocés, señal de que se encontraba a sus anchas—: ¿Me explico?

—Perfectamente, Agnes. Buen trabajo. Te has ganado tu día de asueto en Piccadilly Circus.

—Eso me parece a mí, señorita Lion. Se me va a salir el corazón del pecho.

—Será mejor que descanses el resto de la tarde —contesté, y la dejé recuperándose de su gran acto de valentía.