Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 26 de abril
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26 de abril

Hace unas horas, estaba sentada en mi ventana y acababa de abrir el primer acto de La tempestad cuando un coche de punto, seguido de una carreta cargada de baúles y cajas de formas extrañas, se detuvo delante de la casa.

Por espacio de un instante no ocurrió nada, salvo que ambos conductores se bajaron y señalaron con gestos los tres baúles más grandes de la carreta.

Entonces se abrió la portezuela del coche.

Se apeó un hombre. Era alto, de espaldas anchas, con barba algo descuidada, y no pude evitar pensar en los marineros de La tempestad que naufragaban en una isla misteriosa.

Por cómo miraba el hombre a su alrededor, hacia ambos lados de Whereabouts Lane, es posible que estuviera pensando lo mismo.

Cuando echó a andar hacia los conductores, vi que tenía una cojera pronunciada.

Entonces hizo su aparición el primo Archibald, cual Próspero, dando la bienvenida al desconocido a la isla de Lapis Lazuli (claro que yo le habría dado el papel de Caliban).

Cuando Archibald tendió la mano, el hombre se la estrechó.

Hablaron durante unos minutos más; es decir, el primo Archibald parloteó mientras el hombre esperaba pacientemente tratando de descansar su pierna herida sin llamar la atención.

—Deja tranquilo al caballero, primo —susurré al cristal—. ¿No ves que está incómodo?

Ya fuera el destino, los ángeles o Ariel mismo, mi súplica fue escuchada.

Archibald hizo una inclinación de cabeza, entregó una llave al desconocido y, tras saludarlo con la mano, subió las escaleras y cerró la puerta.

A pesar de los cinco pisos que nos separaban, estoy casi segura de que oí a Archibald silbar de satisfacción consigo mismo.

Observé al desconocido subir las escaleras de Lapis Lazuli Minor, abrir la puerta con la llave y dar órdenes a los conductores. A pesar de la cojera, ayudó a transportar todos los baúles y las cajas de formas extrañas. Por fin pagó a los conductores y entró.

No había transcurrido un cuarto de hora cuando oí a alguien en las escaleras y a continuación un estrépito al otro lado de la pared de la buhardilla.

Tanto me sobresalté que casi se me cayó el volumen de Shakespeare al suelo.

Oí nuevas pisadas en las escaleras. Durante la hora siguiente lo oí subir y bajar, y la extraña vacilación de su trastabillo resonaba por la casa.

No puedo estar segura, pero da la impresión de que está instalando su dormitorio en este lado de la buhardilla.

Me moví con cautela, temerosa de hacer ruido, reacia a molestar, no sé bien por qué.

Por extraño que parezca y por obra de alguna ley intangible, este caballero se me hace merecedor de descanso.

Salí a dar un largo paseo, primero por todo St. Crispian’s, antes de subir Primrose Hill.

Había nubes negras formándose al sur, aunque en mi pedazo de Londres brillaba el sol.

Pensé en Gonzalo en las primeras páginas de La tempestad y en cómo, cuando le ordenan abandonar la cubierta y dejar sitio a los marineros para que hagan su trabajo en la tormenta, contesta: «Cálmate, amigo».

A lo que el contramaestre replica: «¡Cuando se calme la mar!».

No sé por qué no hacía más que repetir esas palabras en mi cabeza.

Quizá así es como me siento frente a lo precario de mi existencia.

Cálmate, me dice la voz de la razón. ¡Cuando se calme la mar!

, quiero gritar. Hasta que no sienta el mundo firme bajo mis pies, mi vida se me antoja vapuleada por el embate y el vaivén de cada ola inesperada.

Y este desconocido que ha arribado a nuestra orilla me hace sentir a la vez melancólica e impaciente. Y no entiendo por qué.

Más tarde

Las paredes entre mi buhardilla y la del desconocido no guardan demasiado bien los secretos.

Sé que está enterado de mi presencia porque, al volver del paseo, lo oí detenerse cuando cerré mi puerta; después prosiguió con lo que fuera que estuviera haciendo.

Al cabo de una hora, oí agua en un lavamanos y más baúles abriéndose.

Alguien llamó en voz alta por las escaleras y, a continuación, subió para saludar a nuestro inquilino.

¿Quizá el dueño de la tienda de guantes ha venido a ver a su amigo instalado?

Para mi alivio, percibía la entonación ascendente y descendente de las frases, pero no las palabras.

Eso quiere decir que mi intimidad está asegurada.

El amigo no se quedó y al cabo de poco tiempo oí un suspiro y, acto seguido, silencio. Sospecho que se quedó dormido.

Al llegar la tarde, cuando empezó a oscurecer y las nubes y el viento iban en aumento, oí al inquilino salir de la buhardilla.

Curiosa como soy, me quedé donde estaba, en el asiento de la ventana, y miré hacia la noche, a una farola que brillaba en la luz declinante.

La puerta principal de Lapis Lazuli Minor se abrió y el nuevo inquilino salió a las escaleras de entrada.

Iba recién afeitado y vestido de frac; apenas guardaba parecido con el hombre que había entrado horas antes.

Pero su cojera persistía cuando bajó las escaleras y caminó por la acera.

Entonces se detuvo bajo la farola y, cosa inexplicable, miró hacia mi ventana.

Allí estaba yo, con la frente pegada al cristal, mirando sin ningún disimulo.

Nuestros ojos se encontraron.

Daba la impresión de ser joven, ¿de unos treinta años?

Tenía la cara en sombras, pero me pareció ver facciones afiladas, angulosas, propias de alguien que ha pasado hambre con demasiada frecuencia, pero no hambre de comida.

No sé explicarlo. Solo que tuve la sensación de que la tormenta que se formaba en el cielo era un presagio de aquel hombre detenido solo en la calle.

Ninguno de los dos tuvo el decoro de apartar la vista.

Seguimos mirándonos hasta que nuestra curiosidad quedó satisfecha.

Después de escudriñarme, entornó ligeramente los ojos y se llevó una mano al sombrero justo cuando las primeras gotas de lluvia golpeaban mi ventana.

Acto seguido, desapareció Whereabouts Lane abajo.