25 de abril
Agnes ha subido corriendo a la buhardilla esta noche, cuando yo ya me había acostado.
—¡Señorita Lion! ¡Estaba en el jardín y lo he visto! Solo he salido a tirar un poco de agua, lo juro. No pretendía que sucediera.
—¿De qué estás hablando? Agnes, deja de gritar y dime quién estaba en el jardín. ¿Te encuentras bien?
Para entonces yo había encendido una vela y pude ver a la criada temblorosa con una mano en el corazón y ojos grandes como peniques de cobre.
—Lo he visto, señorita, tan claro como el día.
—¿A quién?
—A El Romano.
—¡El Romano!
Cogí a Agnes de la mano y tiré de ella hacia la atestada buhardilla oeste. Nos abrimos paso entre los muebles y miramos por la ventana.
—¿Dónde estaba? No veo nada.
—Estaba allí mismo. —Agnes señaló un rosal sin podar junto al porche de ladrillo—. Salió por esa puerta y, al verlo, di tal respingo que se me cayó medio cubo de agua encima.
—¿Y? —pregunté con un gesto para que siguiera hablando.
—Y me miró a los ojos, pero no se movió.
El acento escocés que tanto se había esforzado su madre por erradicar estaba aflorando a base de bien.
—¿Y entonces?
—No hacía más que mirar hacia la ventana contigua a esta, la ventana de la buhardilla en el otro costado de la casa.
—¿Lapis Lazuli Minor?
—La miraba fijamente. Y entonces dijo: «Un hombre de guerra viene a esta casa». En ese momento chillé y desapareció.
—¿Y después? —añadí secamente en un torpe intento por contrarrestar el escalofrío que me recorría la espalda.
—Y entonces entré gritando a buscarla a usted. No voy a poder dormir en mil noches, señorita Lion. No me obligue a dormir sola detrás de la cocina.
—Bobadas, Agnes. Suena como un fantasma de lo más amistoso.
—Eso es verdad. No se puso bizco, ni se rio ni nada de eso. Pero ¿quién es ese hombre de guerra? ¿Va a venir aquí? ¿Nos va a quemar a todos?
A aquellas alturas, la comedia de Agnes había ahuyentado cualquier temor sobrenatural que hubiera podido albergar yo.
—Por el amor del cielo, Agnes. No puedes ir por ahí pensando que un viejo fantasma romano sea el colmo de la sapiencia.
—¿Pero no sabrá mucho más que nosotras?
No le faltaba razón, pero yo no tenía intención alguna de andar alimentando miedos irracionales cuando faltaba un cuarto de hora para medianoche.
—Vete a la cama, Agnes. No ha habido un solo informe adverso sobre El Romano en todo St. Crispian’s. Deberíamos congratularnos de que haya visitado nuestro jardín.
—¿Pero cree usted que el hombre a quien ha alquilado el señor Flat la otra parte de la casa es el hombre de guerra?
—Ni siquiera sabemos qué quiere decir esa expresión.
Por lo que a nosotras respecta, podría haber declarado la guerra a los zorros en la campiña.
No voy a hacer caso de tus especulaciones a estas horas de la noche.
Ahora vete a tu cuarto. No corres el más mínimo peligro.
Y, cuando llegue nuestro inquilino, será de lo más normal.
Hablé con una seguridad que no sentía; he ahí uno de los grandes secretos de la vida.
Pero, después de que Agnes se fuera, permanecí en la buhardilla oeste mirando el jardín y preguntándome qué habría querido decir El Romano.
Para mi gran alivio y total desilusión, no volvió a aparecer.
Al cabo de una hora regresé a mi habitación, pero sigo agitada. No tengo ni pizca de sueño.