24 de abril
Después de mi paseo matutino, cogí el billete de cinco libras de Arabella y fui al Reed and Rite.
Después de comprar papel, tinta, sobres y unos cuantos plumines nuevos, decidí que podía gastarme unas monedas, así que bajé a tomar un café y los pasteles que tuvieran a bien servirme.
Saboreé mi refrigerio despacio. Sentada en un rincón, tenía buenas vistas tanto de las personas dentro del establecimiento como de las que caminaban por la calle.
Entró el señor Green y, cuando me vio en el rincón, se acercó y me dio la bienvenida.
—Había oído que estaba otra vez entre nosotros. ¡Y mira por dónde así es! Todo un milagro —dijo, como si yo hubiera vuelto de entre los muertos—. Cuando corrió la voz de que estaba usted en Bournemouth, todos nos temimos que no saldría con vida. Pocas personas lo consiguen, ¿sabe usted?
—Pues sepa usted que a punto estuve de no hacerlo yo tampoco. —Reí—. Pero estoy aquí, indefinidamente.
—¡Excelente! ¡Excelente! Se lo diré a mi señora. Le hará una visita o le mandará sus galletas de mermelada.
—Ambas cosas serán bien recibidas.
—Pero en especial la segunda. ¿Me equivoco?
No se equivocaba.