Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 23 de abril
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23 de abril

Hoy he recibido carta de Evelyn. La verdad es que no tengo ni idea de cómo tomármela. Es la primera que me escribe desde la muerte de Maxwell.

Emma:

Sabes que nunca he sido de escribir cartas.

Me falta paciencia para relatar las cosas.

Habrás adivinado que no te escribo solo para saber si estás bien.

Evidentemente eso espero. De no estarlo, sabes que puedes escribirme y pedirme ayuda.

No tuvimos la mejor de las despedidas, pero hemos sido buenos amigos durante muchos años y las palabras que nos cruzamos no van a cambiar eso.

Emma, te escribo para comunicarte que mi padre está considerando exhumar a Maxwell para enterrarlo aquí, en Barrows Edge.

No sé si finalmente se hará, ya conoces a mi padre; es como un viento que sopla con furia desde el norte y al momento siguiente desde el sur.

Pero pensé que debías estar preparada, o al menos avisada, en caso de que suceda y decida sacar a mi hermano de ese lugar dejado de la mano de Dios.

Ojalá lo dejara estar. Han sido tres años difíciles, con mi madre en el límite de sus fuerzas y mi padre o furioso o melancólico o, peor aún, las dos cosas a la vez. Pero quizá tener a Maxwell de vuelta en casa nos procure un muy necesario consuelo.

Sea como sea, aquí va el disparo de advertencia. No hace falta que contestes, a no ser que tengas alguna noticia concreta que darme. Prometo escribir cuando haya novedades que requieran tu atención.

Maxwell habría querido que lo supieras. Estabais muy unidos.

Eso lo reconozco a pesar de lo que dije y de lo que te acusé.

Fui injusto. En fin. Bonita manera de pedir disculpas.

Al final de una carta en la que no hago más que amenazarte con un nuevo y deprimente funeral. Desde luego, no tengo remedio.

Saludos,

Evelyn

Leí la carta de cabo a rabo tres veces, a continuación la doblé y me puse a tamborilear con ella en una esquina de la mesa mientras asimilaba su contenido.

Lo reconozco, pensar en otro entierro se me hace…

cuesta arriba. Pero a Maxwell le encantaría estar en casa.

Verdes pastos, prados, el arroyo perezoso entre los árboles.

Y, a juzgar por las horas que pasamos hablando en el cementerio, sería feliz descansando allí para siempre.

Si es que se molesta en volver a esta tonta tierra y mirar, claro.

Tres años es mucho tiempo. A estas alturas, puede haber viajado lejos y habernos dejado a todos atrás. Una vez le pregunté acerca de la vida eterna. Le dije:

—Maxwell, ¿cómo la imaginas?

Me contestó:

—Bueno, Lion, no puedo saberlo, pero confío en vivirla mejor que la que tengo ahora mismo.

Poco después partiría con el ejército. Y ojalá hubiéramos sabido entonces, al despedirnos, que moriría en el desierto de Afganistán.

Hay quien prefiere no saber cuándo está con alguien por última vez.

A mí en cambio me habría gustado. Y no porque yo sea valiente, sino porque Maxwell sí lo era.

Él no habría tenido miedo. Se habría reclinado contra el muro de piedra y habría dicho:

—Bien, Lion. Me marcho, y parece que será la última vez que contemplo este verde paraje.

Y mi corazón, al romperse, no me habría dolido menos que cuando conocí la noticia, pero él habría estado a mi lado.

Me habría mirado con esos ojos grises suyos hasta que mi corazón cayera en la cuenta de que tenía que mantenerme viva varios años aún.

Y, una vez me hubiera recobrado —no de la amarga verdad, sino de la impresión de que iba a morirme detrás de él—, Maxwell habría levantado el mentón y me habría brindado esa tan deseada señal de aprobación: una única inclinación de cabeza seguida de una sonrisa llena de toda la determinación que hubiera sido capaz de reunir.

Aunque hay muchas cosas que escapan a nuestro control, siempre he pensado que la más cruel es que los mortales no sepamos que nuestra última mirada no es sino eso: la última.

Estuve a punto de irme a dormir sin encender una vela a mi padre, tan distraída estaba con la carta.

Pero antes de irme a la cama me acordé y ahora me encuentro acurrucada en el asiento de la ventana con mi vela encendida, la ventana abierta a la noche primaveral y convencida de que tiene que haber desgracias más grandes que perder a mi madre, a mi padre y al único joven que hizo latir mi corazón. Pero no se me ocurre ninguna.