Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 20 de abril
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20 de abril

Ha venido Arabella a tomar el té. Llegó en un suntuoso carruaje del que se bajó como si caminara sobre una nube.

La saludé con la mano desde mi ventana y le indiqué con gestos que se reuniera conmigo.

Después de subir los cinco pisos sin un jadeo, se recostó con elegancia en una de mis gastadas sillas.

—Tengo una sorpresa para ti, Emma —dijo—. Le he pedido a tu mayordomo que la suba. Me vas a querer para siempre.

Agnes trajo el té y se disponía a salir cuando oímos las fuertes pisadas de Parian en las escaleras. Llegó sin resuello y cargando con un baúl pequeño. Pero, en lugar de quejarse, sonrió sumiso a Arabella.

—¿Lo quería aquí, señorita? —dijo, todavía recuperándose del esfuerzo realizado.

—Precisamente. Gracias, Parian.

Parian dejó el baúl en el suelo y, con una inclinación de cabeza a Arabella y un gruñido a mi persona, nos dejó solas.

—De verdad que no tengo ni idea de qué le has hecho a ese pobre hombre para que te trate así —dijo Arabella quitándose los guantes.

—Yo tampoco.

—Culpo a tu encantador e irlandés padre.

Puse los ojos momentáneamente en blanco, ofrecí a Arabella una taza de té y pregunté:

—¿Qué hay en el baúl?

Entonces sonrió.

—¿Recuerdas esas pocas pertenencias de tus padres que escondimos en Spencer Court? Las he hecho traer sin que se entere mamá. Están en el baúl.

—¡Lo has conseguido!

—Sí. Ya has estado suficiente tiempo sin ellas, y ahora que tienes una residencia permanente…

Me senté en el suelo y abrí el baúl antes de que Arabella pudiera detenerme.

Dentro había cosas que ni siquiera recordaba.

Un chal de mi madre. Un jarrón. Un paquete con las cartas que se habían intercambiado mis padres.

El anillo de casada de mi madre. Un espejito.

Su Biblia. Y, al fondo, envuelto en una manta, estaba el Shakespeare ilustrado de mi padre.

Las obras completas con cada una de sus ilustraciones pegadas entre las páginas. Lo cogí y me lo acerqué al pecho.

—Lo has conseguido —repetí en voz baja esta vez, puesto que el corazón me latía tan fuerte dentro del pecho que casi no podía hablar—. Arabella.

—No las mires ahora. Solo voy a estar aquí una hora, después tengo que volver a mi madre y a mi profesor de baile. Sácalas cuando estés sola y tengas un poco de intimidad.

Me puse de pie y coloqué el Shakespeare de mi padre y la Biblia de mi madre en la librería verde antes de ir a sentarme en una silla al lado de Arabella y mirar mis libros con afecto.

—Ahora no voy a conseguir que me hagas caso. Eres peor que una colegiala camino de su primer baile.

Sonreí y miré traviesa a mi prima.

—Tú fuiste a tu primer baile el año pasado.

—Sí, pero coincidirás conmigo en que mis modales no son los de una colegiala. Yo soy mucho más refinada.

Por supuesto que lo es.

—Cuéntame, Emma, ¿en qué has empleado tu libertad?

Después de contarle las novedades del vecindario, le confesé mi situación de inminente indigencia.

Traté de convertir la noticia en una tragicomedia en tres actos, pero Arabella no se rio.

Es experta en disimular las emociones fuertes, pero, mientras le refería las deplorables acciones de Archibald, le brillaban los ojos.

—Es un villano.

—Y tanto.

—¿Cómo ha podido hacer algo semejante? Me refiero a legalmente. Las dos sabemos lo egoísta que es.

—Mi padre autorizó a Archibald a usar todas las cuentas, le dio acceso legal hasta que yo fuera mayor de edad.

Arabella meneó la cabeza con la misma cara de desaprobación que había puesto el señor Penury.

—Yo quería a mi tío, Emma, pero su natural soñador lo convirtió en un necio en más de una ocasión.

—¡Arabella!

—Las dos sabemos que es verdad. Por adorable que resultara.

En parte tenía razón. Sin embargo, quise decirle que no era necedad, sino la capacidad de vivir su vida sin necesitar nada más. Para él, Archibald era poco más que un ser ridículo, supongo que nunca imaginó que pudiera hacer verdadero daño.

—Lo hecho hecho está. —Suspiré.

—Es una lástima que seas demasiado obstinada para aceptar mi ofrecimiento de que mi marido y yo nos hagamos cargo de ti —contestó Arabella en tono desenfadado—. No tendrías que preocuparte de nada si aceptaras.

—Ni siquiera tienes marido aún —repliqué—. Tu madre no quiere que te prometas antes de la próxima Temporada, y, para cuando te cases, yo estaré en el arroyo. Con orgullo o sin él, necesito sobrevivir.

—Pídele dinero a mi madre.

—Me obligaría a vender la casa antes de darme un penique.

—Cierto. ¿Vas a buscar un empleo? —dijo sin lograr reprimir una mueca de espanto.

—Estoy considerando mis opciones, aunque dudo que un empleo baste para hacer frente a los gastos, puesto que tengo dos salarios que pagar.

—Despide a Parian.

Reí.

Antes de irse, Arabella me dio un sobrecito.

—Cinco libras para que no pases hambre.

—Me niego a aceptar limosnas —contesté, e intenté devolvérselo.

—Eso lo dice la joven con un guardarropa entero costeado por su tía. Guarda unas libras para emergencias y gasta el resto. Ah, Phineas y Oliver Brookstone te mandan recuerdos en su carta. Están deseando verte cuando mamá te llame a primera línea.

—Ah, sí, salúdalos de mi parte.

—Lo haré.

No leí ninguna de las cartas. No estoy preparada.

Pero puse la manta doblada encima de la cama, dejé el espejo de mano y el jarrón en mi tocador y colgué el chal —rosa y verde suave— en un gancho detrás de la puerta.

Luego cogí la Biblia y el volumen de Shakespeare de la estantería y abrí la primera.

En la Biblia estaban escritos el nombre de mi padre, de mi madre y el mío en la letra de esta.

El libro estaba gastado y era lo bastante pequeño para caber en un ridículo.

Shakespeare era otra cuestión. Eran las obras completas y no había manera de transportarlas por ahí.

Cuando abrí la tapa, me saludó una ilustración a toda página con varios de sus personajes.

Estaba Enrique V arengando a sus hombres antes de la batalla de Agincourt.

Oberón y Titania. El príncipe, Benedick y Claudio.

Lear vestido de mendigo en el acantilado.

Bruto escondiendo un cuchillo a la espalda.

Los ojos sin vida y vueltos al cielo de Ofelia desde su tumba acuática.

La hábil mano de mi padre les insuflaba vida con unos cuantos trazos de tinta y acuarela, igual que hacía su voz cuando me leía las obras.

Ver de nuevo su trabajo fue tal conmoción que cerré el libro.

Disfrutaré de cada página, pero me llevará tiempo. Lo leeré despacio, alargando el placer todo lo que pueda.

Más tarde

Acabo de abrir el libro otra vez al azar, justo por La tempestad , con una ilustración de Próspero y Miranda, y Ariel susurrándole al oído al primero.

Por aquí empezaré, en una isla encantada libre de las preocupaciones mundanas.