Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 19 de abril
81%

19 de abril

El primo Archibald y yo nos reunimos en el gran salón.

Agnes había limpiado la estancia y nos trajo té y scones , y, puesto que llovía, Parian encendió el fuego.

Después de intercambiar una mirada esperanzada sobre sus respectivas supervivencias, ambos salieron.

Una vez estuvimos solos, enderecé los hombros y lancé mi primera estocada.

—Primo Archibald, me has engañado.

—Y tú me has dejado una cicatriz en la cara —contestó con tono de remilgo.

—¡Por el amor del cielo! ¡Te tiré una tetera vacía por llamarme indigente y decirme que no era mejor que el bastardo irlandés de mi padre! ¡Mi padre! Que siempre te trató bien. Te merecías algo peor que una cicatriz, rata llorona.

Después de semejante discurso, tardé un momento en recuperar el aliento. Los dos estábamos sorprendidos, pero, por extraño que resulte, sirvió para poner las cartas sobre la mesa. Archibald tuvo la delicadeza de sonrojarse intensamente y dijo:

—Voy a escribir a Matilde y exigirle tus tres años de salario. Lo quiera o no.

—Desde luego que lo harás.

—También te daré los libros de cuentas de la casa, puesto que quieres llevarlas tú.

—Por favor.

—Y estas son mis deudas pendientes. No se puede decir que Archibald Flat no pague a casi todos sus acreedores a tiempo.

Lo miré furiosa mientras él dejaba unos papeles entre los dos.

Cuando me miró a los ojos por primera vez desde…, en fin, quizá por primera vez en su vida, se retorcía las manos en el regazo.

—No deberías decir la palabra «bastardo», Emma. Tu madre no lo aprobaría, y era una mujer encantadora. No te pareces demasiado a ella.

Suprimí una mueca de desagrado, convencida de que estaba intentando hacerme un cumplido, por torpe que fuera.

—Citaba lo que dijiste tú y que tanto me enfureció. Mi padre fue muy generoso contigo.

—Para ser irlandés —contestó Archibald encogiéndose de hombros.

—¡No digas ridiculeces!

Ladeó la cabeza y se retiró un mechón ralo para enseñarme La Cicatriz, pero yo no pensaba tener de nuevo esa conversación.

—Volvamos al asunto que nos ocupa. Hemos de encontrar la manera no solo de conservar Lapis Lazuli House, sino también de pagar a Parian y a Agnes.

Ayer estuve en Lapis Lazuli Minor y creo que deberíamos obtener una pequeña renta alquilándola.

¿Se te ocurre cuál puede ser la mejor manera de asegurarnos un inquilino de fiar?

—De hecho —dijo Archibald con superioridad—, el propietario de la tienda de guantes de esta misma calle tiene un amigo que regresa ahora a Londres y necesita alojamiento. Me ha preguntado si consideraría ofrecerle Lapis Lazuli Minor.

La idea de que Archibald decidiera quién viviría en la casa contigua se me hacía cuesta arriba.

Ya me imaginaba al pobre desgraciado dispuesto a llegar a un acuerdo con Archibald.

Sería un pisaverde con pelo grasiento y nariz sucia.

Por tentada que me sintiera de rechazar la propuesta de plano, pregunté:

—¿Es un hombre decente?

—¿Dudas de mi capacidad para evaluar el carácter de las personas?

—Quizá.

—Al parecer, el posible inquilino ha vivido en el extranjero desde que era muy joven —dijo el primo Archibald—.

Yo no lo conozco personalmente, claro está, pero me dice Chambers que es un buen hombre, si bien con algunas opiniones peculiares.

Pero no creo que sean tan radicales como para volverlo inapropiado.

Las personas con opiniones también tienen dinero.

—Una opinión no ha de ser mala, excepto si es en defensa del canibalismo, en cuyo caso podríamos correr peligro mortal —contesté.

Archibald me miró furioso.

—¿Le digo que sí?

—Supongo —respondí agitando una mano—. Sí, puesto que lo necesitamos. Cuanto antes contemos con una pequeña renta, mejor para todos. Disponemos de un año estoico para evitar la muerte inminente.

—Permíteme que lo organice todo. Viene a Londres la semana que viene. Creo que podremos instalarle en cuanto llegue.

—¿Cuánto va a pagar?

El primo Archibald carraspeó y dijo:

—No te comportas como una dama.

—Oh, cielos. —Y, a continuación, puesto que no entendía a qué venía el comentario, pregunté—: ¿Por qué no?

—Hablas de dinero como si fuera apropiado. Es un escándalo cómo vas por ahí aporreando puertas y citando cantidades. Espantoso. Me avergüenzas. —Cuando di la callada por respuesta, prosiguió—: Había pensado en esta suma.

Después de garabatear algo a lápiz en un papel, lo deslizó por la mesa hacia mí. Miré la suma y fruncí el ceño.

—No puedo saber si es demasiado o demasiado poco.

—Es un precio justo.

Suspiré.

—Es algo, pero no suficiente. ¿Se te ocurre alguna manera suplementaria de costear nuestros gastos? ¿Quizá vender algunos batines?

Archibald dio un respingo indignado.

—Pero… ¿será posible? ¿Te he pedido yo que vendas tu pelo? ¿Por quién me has tomado? ¿Por un vil mendigo?

La verdad es que sí.

Pero, como no quería enzarzarme de nuevo, di por finalizada la reunión.

—Alquila Lapis Lazuli Minor sin más dilación. Y ahora vete. Hemos terminado.

Con una inclinación de cabeza, el primo Archibald se puso de pie, se guardó dos scones en el bolsillo y desapareció.