18 de abril
Acabo de volver de una inspección de Lapis Lazuli Minor. Después de obligar a Parian a entregarme la llave y acto seguido descubrir que había instalado una destilería en la cocina sin terminar, considero que es un lugar bastante habitable.
Lapis Lazuli Minor Nació Así: el primo Archibald asistió a una conferencia hace años donde se anunciaba que la generación siguiente de caballeros serían hombres de negocios.
La idea lo llenó de ímpetu y decidió poner en práctica un descabellado plan.
Dividiría Lapis Lazuli House y alquilaría la mitad más pequeña a una persona respetable y con dinero.
Lapis Lazuli puede considerarse una buena casa —podría decirse incluso que es magnífica—, pero siempre fue muy alta y estrecha. De modo que no había mucho por donde adelgazarla, por así decirlo. Como ya he mencionado, este hecho no disuadió al primo Archibald.
Quitó trece palmos al lado norte de Lapis Lazuli House y se limitó a levantar una pared.
Acto seguido hizo instalar una puerta donde antes había una ventana.
Las escaleras de servicio, que ocupaban cuatro palmos de los trece, se alfombraron, y se dieron unos toques finales a las estrechísimas habitaciones.
El resultado fue la porción más extraña de Londres que pueda encontrarse.
Por suerte, hay tres chimeneas repartidas en los tres pisos y una ventana en cada habitación.
Se trataba de una buena idea en teoría, sobre todo si se alquilaba únicamente a individuos muy delgados.
Pero, cuando llegó el momento de levantar la parte de la pared correspondiente al desván, un espíritu magnánimo se apoderó del primo Archibald.
Decidió ceder a su futuro inquilino la mitad exacta de la buhardilla, y así fue como la ventana central quedó dividida en dos.
Quien construyó la pared es digno de elogio.
El resultado es encantador. Y yo puedo instalarme en el pequeño asiento de la ventana y abrir mi parte de esta, puesto que la barra central ahora está fija.
Supongo que, si alguien al otro lado abriera su parte de la ventana, podríamos intercambiarnos notas, galletas o libros amistosamente.
Sin embargo, Lapis Lazuli Minor —así la bautizó mi padre para consternación de mi primo— está vacía.
Los intentos de Archibald de alquilarla todos estos años han fracasado estrepitosamente.
El primer inquilino fue un hombre agradablemente vestido que insistía en que tenía varias hermanas que mantener, las cuales no tardarían en reunirse con él.
El primo Archibald se mostró deseoso de alquilar a este hombre de buena reputación hasta que un vecino le hizo ver, al poco de llegar varias hermanas con exceso de rouge y ligeras de ropa, que su buena reputación no era tal.
Hubo bastante revuelo en St. Crispian’s hasta que se aclaró el malentendido.
Archibald se sentía tan avergonzado que estuvo tres meses sin salir de casa.
Yo entonces tenía solo nueve años y, por consiguiente, se suponía que no debía ni oír ni comprender lo que pasaba, pero, puesto que mi padre estuvo riendo medio mes, la historia del primo Archibald y sus Damas de la Noche terminó por salir a colación. Mi madre se sonrojó.
—¡Declan, te está oyendo tu hija!
—Así aprenderá a no hacer tonterías.
Pobre primo Archibald.
Desde aquel hilarante suceso, el primo Archibald ha tenido unos cuantos inquilinos, ninguno de los cuales ha durado demasiado. Como es lógico, no hay demasiadas personas dispuestas a vivir en trece palmos de Lapis Lazuli, por muy azul que sea la puerta.
Pero ¿y si encontrara al inquilino adecuado?
Si bien el apartamento es absurdamente angosto, sin duda un caballero proclive a trasnochar por ser jugador empedernido se encontraría bastante cómodo.
No busco un inquilino disoluto. En cualquier caso, esos prefieren las habitaciones de Traitors Road.
No, lo que busco es a alguien que sea lo suficientemente responsable para pagar el alquiler pero a quien unas poco escrupulosas costumbres lo mantengan ocupado fuera de casa.