16 de abril
He ido al banco. Después de lo cual he caminado por todo Londres y ahora estoy sentada en un banco en la cima de Primrose Hill. Entre llorar lo más discretamente posible y enfurecerme, he optado por lo segundo.
ESE ABOMINABLE , INGRATO , GOLFO , DESPRECIABLE Y CRUEL LADRÓN .
¡Mi primo Archibald! ¡Mi primo Archibald ha llevado el fideicomiso de Lapis Lazuli House directamente a la ruina!
Sin consideración alguna por mi futuro, ha gastado cantidades considerables de dinero.
Pero no en acciones o en arte o en algo que pueda suponer una inversión o un dividendo si se vende.
Lo ha gastado todo en ropa. Así es. En un extenso guardarropa, gran parte del cual ni siquiera usa.
¿Y cuáles son las facturas más abultadas de su sastre?
Aquellas correspondientes a sus batines, algo que siempre me ha parecido digno de broma. Mi reino por un batín.
Llegué al banco y pedí ver al señor Penury, de Penury, Penury & Jones. Después de explicarle a su secretario que, en efecto, tenía asuntos que tratar con él a pesar de ser mujer, me acompañó a su despacho. Cuando le expliqué al señor Penury quién era yo, dijo:
—Ah, sí, señorita Lion. La heredera de Lapis Lazuli House.
—Y de lo que quede de la fortuna de mi tía abuela —añadí yo.
Una extraña expresión le atravesó el semblante, pero yo no le di gran importancia hasta que llamó a su secretario —el hombre joven que a punto había estado de no dejarme pasar— y pidió que le llevaran el expediente. Cuando tuvo mis papeles delante, el señor Penury ni siquiera necesitó mirarlos.
—Lamento comunicarle, señorita Lion, que el grueso de la fortuna de su tía abuela ya no existe.
—Sí, bueno, señor Penury. Eso ya lo sé. Pero, cuando usted mismo y mi tutora revisaron las cuentas hace tres años, se me aseguró una pequeña renta que me sustentaría incluso en el improbable caso de que mi tía abuela viviera hasta los ciento cincuenta años.
No espero una gran suma. Solo aspiro a poder vivir en Londres, en Lapis Lazuli House, y a poder comprarme libros.
También he contemplado la posibilidad de tener un gato, pero creo que puedo afrontar ese gasto sin necesidad de vivir en la calle.
Entonces sonreí como una tonta, inocente de mí. El señor Penury tuvo la consideración de reír, pero fue una risa contenida.
—Un sueño humilde pero encantador, señorita Lion.
Su tono de voz me congeló la sonrisa.
—¿Hay algo que debería saber, señor Penury?
El hombre carraspeó.
—Hace tres años estaba usted en lo cierto. Un sueño así podía cumplirse.
—¿Pero? —dije con la mandíbula tensa y el tono más cordial que logré adoptar.
—Pero —sonrió contrito— desde entonces el señor Archibald Flat ha aumentado su guardarropa a una velocidad bastante asombrosa.
—¿Su guardarropa? —pregunté dudando de haber oído correctamente.
—Ha estado visitando a su sastre casi semanalmente y encargando varios conjuntos de prendas…
—Por no hablar de los batines —interrumpí.
El señor Penury rio, crispado.
—Así es. Lamento decir que quedan menos de trescientas libras en las cuentas.
Abrí la boca.
—¿Trescientas libras?
—Es posible que menos, me temo. Con varias deudas pendientes. Una vez se reclame su pago, y siempre que viva usted modestamente y abonados sus impuestos, tendrá suficiente para vivir un año.
—¿Un año?
—Un año.
—¿Tiene alguna otra cuenta el señor Flat?
—No puedo revelar…
—Señor Penury —atajé—, he pasado los últimos tres años trabajando de señorita de compañía de la espantosa hermana del señor Flat.
Este no me ha pagado ni un penique de mi duramente ganado salario.
Se me iba a dar cuando llegara a Londres de modo que pudiera ahorrarlo.
Porque se supone que iba a vivir de mi herencia.
Había miles de libras. No hace ni tres años me aseguró usted que viviría de manera desahogada.
Llegado este punto, yo hablaba ya con vehemencia y sin resuello.
—Señorita Lion, le he advertido en varias ocasiones, pero sin que cesara en su comportamiento. También ha estado apostando en Sandown Park.
—¡Pero si detesta las carreras de caballos! —exclamé.
Por fin el señor Penury puso cara de estar dispuesto a contármelo todo.
—Creo que lo hizo para gastar el dinero más rápidamente. En varias ocasiones apostó por caballos lesionados.
—Pero ¿por qué?
—¿Quiere que le sea franco, señorita Lion?
—¡Hable de una vez!
No hizo comentario alguno sobre mi lenguaje.
—Creo que el señor Flat la detesta a usted más incluso que las carreras de caballos.
—¿Ha hecho esto deliberadamente?
—Eso creo.
La cruda constatación se instaló en mí y me sentí desconectada de mí misma.
—¿Y usted se lo permitió? ¿Sin decirme una palabra? ¿A mí, la propietaria legítima de las cuentas? Él solo fue nombrado mi tutor hasta que cumpliera veintiún años.
El señor Penury tuvo entonces la consideración de mostrarse avergonzado.
—Intenté razonar con él, incluso le escribí a usted varias cartas a las que nunca contestó.
—No he recibido ni una sola.
—Las envié todas a la dirección de Surrey que me dio el señor Flat.
Llegado este punto reí, pero se trató de una risa histérica.
—¿Surrey? ¡Estaba en Bournemouth!
El bigote del señor Penury tembló.
—Nos ha mentido a ambos.
—De manera abominable, y su diligencia profesional carece de todo rigor, debería darle vergüenza.
Contra eso no pudo objetar.
—Estoy dispuesto a testificar, señorita Lion, que ha habido grave negligencia, y a poner las cuentas a su nombre con efecto inmediato.
Con efecto inmediato era, en efecto, demasiado tarde.
Estuvimos callados casi un cuarto de hora y, a continuación, el señor Penury dijo:
—Existe una manera de recuperar algo de seguridad monetaria, señorita Lion. Usted es poseedora de algo que, por ley, él no puede vender.
—No, señor Penury…
—Escúcheme —insistió—. Lapis Lazuli House no es bajo ningún concepto una gran mansión, pero está bien cuidada, posee un tamaño respetable y St. Crispian’s cuenta con sus admiradores.
Además, está el apartamento anejo. Podría usted vender a buen precio.
Con esos fondos podría alquilar unas habitaciones confortables o comprar una casa más pequeña.
Una casita en el campo. Si no gasta y encuentra un empleo…
—Señor Penury, Lapis Lazuli House es mi hogar y mi derecho de primogenitura.
—Pero lo han vendido por un plato de lentejas, señorita Lion, así que debe hacer frente a su situación con realismo.
Su padre ya me expuso su peculiar decisión de permitir al señor Flat seguir en Lapis Lazuli y administrar su renta.
Dijo que era la única fuente de dignidad para ese hombre.
Fue un acto caritativo, pero poco sagaz.
Cerré la boca y miré a otro sitio. El señor Penury suspiró compasivo.
—Quizá encontremos la manera de conseguir que siga usted en la casa. Entiendo que el apartamento anejo no está alquilado, ¿verdad? Es posible que haya solución.
Acordamos vernos de nuevo el mes que viene y así darnos tiempo a ambos a reflexionar.
No soporto ni siquiera pensar en el primo Archibald. Sé que me tiene antipatía. Sé que no me ha perdonado el episodio de La Cicatriz. ¡Pero despojarme así de mi futuro…!
¡Qué acto tan obtuso, traidor y rastrero!
Es un ser despreciable. ¡Es un cobarde! ¡Debería pasar el resto de sus días en la cárcel!
¡Deberían lapidarlo en Whereabouts Lane!
¿Acaso cree que ha visto mi peor cara? ¡Ja!
¡Tiembla, Archibald Flat! ¡Porque Emma M.
Lion es el ángel vengador más temible que puedas imaginar!
¡ CANALLA ! ¡ SUCIO VILLANO !
Más tarde
El borrón de tinta es resultado directo de mi malhumor. Ahora me he tranquilizado lo bastante para comprender que estrangular a Archibald Flat tendría efectos desastrosos en mi felicidad futura. Por tentadora que sea la idea, la cárcel me dejaría con menos opciones aún que ahora.
Asqueroso sinvergüenza.
Salía de Lapis Lazuli House justo cuando yo subía las escaleras.
Por su expresión supe que se daba cuenta de su equivocación —me refiero a salir de casa en ese momento, no a haber despilfarrado mi dinero—, pero detrás de su altivez había algo más.
¿Incomodidad tal vez? ¿Una sombra de vergüenza?
Eso y que ambos supiéramos lo que había hecho.
—Hola, Archibald —dije con voz fría como el interior de una cripta.
Él saludó con la cabeza y se pasó una mano por la cabellera grasienta.
—Tú y yo tenemos asuntos de los que hablar —continué—.
Te advierto que, a partir de este momento y por expreso deseo mío, ya no puedes retirar dinero del banco.
Tendrás que consultarme cualquier gasto relativo a la casa.
Ahora lo que quiero es que nos sentemos y me expliques lo sucedido.
Será mejor que accedas y que me trates con amabilidad exquisita, o de lo contrario te echaré a la calle, así que ayúdame.
Mi saludo pareció surtir efecto.
—Por supuesto.
—Tráeme el registro de tus deudas pendientes.
Y con eso me despedí.
Traté de escribir una nota a Arabella. No fui capaz.
Traté de hacer lo mismo con Mary, pero de nuevo fracasé. No, la vergüenza y la sensación de ser una estúpida eran tan agudas que no podía compartirlas con nadie. Aún no. De manera que escribí a alguien que no podía tener opinión alguna sobre el asunto.
Maxwell:
Supongo que dirías que me lo tengo merecido por ser una ciega y una ignorante. Si se te ocurre algún modo de reconstruir el naufragio al que ha quedado reducida mi economía, envíame una señal cósmica. Te echo de menos.
Emma
Agnes me subió té y galletas de mantequilla, y por su ademán tímido y solícito supe que estaba al tanto de algo. En cuanto se escabulló, me senté en mi escritorio y me puse a mirar fijamente la pared blanca delante de mí.