Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 15 de abril
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15 de abril

Ayer me llegó una carta de la prima Matilde.

Sigue en sus trece respecto a la plata y no me enviará el dinero que me debe.

Estoy furiosísima y no sé muy bien cómo proceder.

Trabajé en la confianza de que mi salario estaba a buen recaudo.

Fueron tres años de mortificaciones que soporté únicamente por la promesa de verme compensada al final.

¿Acaso la humillación no merece recompensa?

¿No heredarán la tierra los mansos? ¿Por qué en nombre del cielo habría de someterme a tamaña degradación de no tener tres años de salario esperándome?

¡Mi Bonita Suma!

Mañana iré al banco para exigir personalmente la asignación que el primo Archibald es tan remiso a darme. En cuanto a mi Bonita Suma, encontraré la manera de aflojar el apretado puño de la prima Matilde.

Puesto que es domingo, he ido a la iglesia.

El Joven Hawkes dio un sermón breve —sus amigos de Cambridge estaban demasiado perjudicados por una noche de borrachera para interrumpir—, pero después del último himno me quedé sentada hasta que la iglesia estuvo vacía porque no me sentía capaz de enfrentarme al primo Archibald sin causarle daño.

Estaba absorta en el rosetón de la ventana cuando se sentó alguien en el extremo de mi banco.

Al volver la cabeza me encontré al Joven Hawkes.

No pude reprimir una sonrisa; qué poco se ajusta su fisonomía a la profesión que ejerce.

Expresión levemente altiva, pelo revuelto, atractivo perfil que se hizo evidente cuando levantó la vista hacia las ventanas.

Más propia de alguien que frecuenta los billares.

Se me ocurrió que quizá Mary lo encontraría interesante.

Estaría por ver si la naturaleza altiva de él se sentiría atraída por ella.

—Hoy el día pedía un sermón breve, ¿no cree, señorita Lion?

Sus ojos azules y fríos me miraron, y las sombras de sus facciones eran tan nítidas como las sombras de la piedra.

—Sí. Ahora mismo prefiero una iglesia vacía.

—De manera que ha vuelto usted a St. Crispian’s.

—Así es.

—¿Definitivamente?

—Dios mediante —repuse, más un murmullo que una respuesta.

—¿Le he contado alguna vez —y dejó volar las palabras siguiéndolas con la vista hasta las vigas del techo antes de proseguir— que su padre me regaló uno de sus cuadros antes de morir?

—¿De verdad?

Arrugué el ceño y lo miré a la cara. Mi padre no acostumbraba a regalar sus cuadros.

Hawkes asintió con la cabeza.

—Fue durante mi primer año aquí y en su última visita a St. Crispian’s.

—¿Qué cuadro?

En lugar de contestar, se puso de pie y dijo:

—Que pase buen domingo, señorita Lion. Me alegra que haya vuelto a casa.

Y se fue dejando la iglesia vacía y a mí bastante atónita.