9 de abril
Anoche soñé con Maxwell. Paseábamos junto al río entre las heredades de Spencer Court y Barrows Edge, y era un día de verano brumoso y cálido.
La hierba estaba dorada. Los verdes tenían ese tono apagado y somnoliento de finales de verano.
En el cielo casi no había nubes. No hablábamos gran cosa, pero yo sentía la mano de Maxwell cogida de la mía.
—No hemos ido muy lejos —decía yo por fin, levantando mi mano libre para protegerme del sol y mirando en dirección al lago.
—Demasiado lejos —replicaba él.
Y entonces dejaba de ser Maxwell y se convertía en el viejo Ezra Sturgeon, que sujetaba la brida vacía del caballo de Maxwell.
—Se fueron al galope —decía Ezra—. Me he quedado sosteniendo esta brida. El caballo se ha ido. El muchacho también.
—¿Viste por dónde se fue? —preguntaba yo.
Para entonces hacía demasiado calor, la ropa se me pegaba al cuerpo y tenía los labios cuarteados.
—Demasiado lejos —decía la voz de Maxwell.
Entonces me desperté.
Me quedé en la cama incapaz de moverme. Había resultado todo tan real, el roce de su mano en la mía. Cuando me giré, un aire frío me acarició las mejillas. Me llevé los dedos a la cara y descubrí que había llorado.
Reacia a perderme otra vez en días sin sentido, igual que me ocurrió después de su muerte, me obligué a seguir más o menos mi rutina. Me lavé, me vestí y revisé las notas que había tomado sobre Milton antes de que el primo Archibald me lo arrebatara. Dos versos describían la imagen de mi sueño:
Ceso ya de vagar donde moran las Musas Arroyos claros, sotos umbríos, colinas soleadas.
No sentí demasiado consuelo.
Después aporreé la puerta del dormitorio de Archibald durante el cuarto de hora correspondiente exigiendo que me pague lo que me debe y di un paseo sin prisa por St. Crispian’s.
Consideré entrar en la iglesia.
Tuve la tentación de entrar en The Cleopatra.
No hice ninguna de las dos cosas y volví a casa, tan abatida como había salido.