5 de abril
Al volver de mi paseo matutino, me encontré la librería vacía. Por completo. Milton había huido o lo habían secuestrado. Fui directa a la cocina a interrogar a Agnes.
—Entró y se lo llevó, señorita. No pude hacer nada. Luego volvió a la biblioteca y se encerró con llave.
—¡Estoy leyendo El Paraíso perdido ! ¿Cómo ha podido llevárselo? Estaba olvidado en el ático. ¡Será ladrón!
—Es lo que dijo que era usted, señorita. Algo sobre la plata y Milton y un hojaldre de cereza. Estaba fuera de sí y dando manotazos, y, cuando se le enganchó el batín en un clavo del desván, empezó a maldecir. Yo tenía demasiado miedo para…
Entonces calló, como si pensara que ella habría podido hacer algo.
—Ya estoy harta —dije entre dientes.
Fui al segundo piso y aporreé la puerta de la biblioteca hasta que el primo Archibald la abrió lo bastante para que pudiera ver el volumen robado en su mano.
—Ese libro lo estaba leyendo yo.
—El libro es mío y no permitiré que una ingrata degrade el texto.
—¿Ingrata dices? ¡Si vives aquí es solo gracias a la generosidad de mi padre! Quiero mi paga de tres años y la asignación que se me prometió —exigí—. ¡Entonces podré comprarme mi propio Milton!
—No seas vulgar —dijo él antes de cerrarme la puerta en las narices.
Veamos.
Aquí lo único vulgar es que, si bien mi tía abuela no legó Lapis Lazuli House al primo Archibald, sí le dejó en herencia todos los libros de la biblioteca.
Empiezo a sospechar que lo hizo porque sabía que era un necio y de esa manera confiaba en ponerle remedio.
Pero ahora mismo se me hace muy injusto.