6 de abril
Esta mañana, después de una noche agitada, me puse el abrigo y el sombrero y caminé sin la menor elegancia hasta Bond Street, con la lata que contenía los retales de los vestidos de Arabella bajo el brazo y la esperanza de que mi entrevista me distrajera de mis preocupaciones.
Me hicieron pasar sin demora, imagino que no como muestra de respeto hacia mí, sino para que no pusiera en ridículo el establecimiento.
Es muy de agradecer que desconozcan mi historial de ladrona; de lo contrario es posible que no me hubieran atendido.
Un hojaldre de cereza. Uno. Ese es mi pecado. Me apostaría Lapis Lazuli House a que Matilde vendió su propia plata y le cargó el mochuelo a la huerfanita, o sea, a mí.
Estoy divagando.
Después de pasarme a un probador, salió madame Tasset para atenderme. Me ordenó que me quitara la ropa.
—Su tía me ha dado carte blanche .
—En ese caso, madame Tasset, un pedido voluminoso nos beneficiará a ambas —dije pensando en mi inminente indigencia.
Madame Tasset se mostró muy profesional y no contestó a mi poco sutil sugerencia, pero en sus ojos brilló la chispa del dinero y yo la avivé sin empacho hasta convertirla en llama.
—Puesto que voy a estar muy cerca de mi tía y mi prima, considero imperativo seguir sus instrucciones al pie de la letra. Sin reparar en gastos. Deberíamos asegurarnos de que todo sea de la mejor calidad. No solo bonito, también duradero.
Madame Tasset frunció una de las comisuras de la boca y, ladeando la barbilla a la manera parisina, me miró con detenimiento.
—Muy bien, mademoiselle , nos aseguraremos de equiparla con ropa a la última moda, pero a la vez atemporal. ¿Le parece bien?
Entonces fui yo quien ladeó el mentón.
— Très bien .
Salí de allí dos horas después en una nube, sintiéndome más hedonista que nunca.
He de admitir que en realidad no necesito vestir ni a la última ni a la penúltima moda.
Quiero ropa que dure y de cualquier color que no sea marrón.
Habrá quien se pregunte cómo tengo la desfachatez de costearme hasta la última prenda de ropa con las generosas arcas de mi tía.
La respuesta es sencilla. Mi tía fue nombrada mi tutora hasta que alcance la mayoría de edad a los veintiún años, un feliz acontecimiento que se producirá el próximo mes de enero.
Pero al primo Archibald le fueron legadas Lapis Lazuli House y su renta en fideicomiso hasta que yo alcance esa mayoría.
Circunstancia que mi tía aprovechó para trasladar la mayoría de mis necesidades pecuniarias —tales como mi guardarropa— al primo Archibald con el argumento de que para eso tenía la renta.
(Como si él fuera a destinar alguna vez dos peniques a mi manutención teniendo el control legal del dinero).
Así las cosas, tía Eugenia ha hecho caso omiso de mis necesidades indumentarias con una determinación tan admirable como robusta.
He recibido un vestido en años alternos, el sobrante de las prendas desechadas y pasadas de moda de Arabella.
Pero Arabella siempre fue de menor estatura que yo, y el bajo de las faldas nunca llegaba exactamente a donde debía.
A continuación se espigó y aun así los dobladillos siguieron siendo un desbarajuste.
Por lo tanto, mi sentimiento de culpa… brilla por su ausencia.
Y, si esta ha de ser la última vez que mi tía se muestre dispuesta a ayudarme, entonces por lo menos estaré vestida.
Madame Tasset me confeccionará lo siguiente:
Seis juegos de ropa interior. Completos. De los mejores tejidos.
Tres vestidos de mañana. Uno azul claro. Uno rosa pálido. Y el último color plata suave.
Cuatro vestidos de día. Uno verde azulado intenso, que recuerda al mar cuando le da el sol.
Uno de un color gris sufrido a la par que encantador.
El tercero es de un rojo intenso y oscuro que podría llamarse «sangre de buey».
¿Y el último? Verde. Verde botella. Ni apagado ni recatado, tampoco apropiado.
Sino del color del musgo después de varios días de lluvia.
Cuando lo elegí, madame Tasset se mostró suspicaz.
Pero entonces me lo acerque a la cara y sonrió.
—Puede que tenga razón. Sus ojos, el pelo… Me aseguraré de que la calidad salte a la vista, de manera que nadie lo tome por una extravagancia.
Que Dios me libre de vestir nada que pueda considerarse una extravagancia.
En cuanto a vestidos de noche, tendré cuatro.
Un auténtico dispendio. Uno color esmeralda, sencillo pero refinado, para partidas de naipes y otras veladas.
El siguiente, azul noche intenso. «Si va usted a realzar la dulce belleza de su prima, este es el indicado.
Elegante, pero sin llamar la atención, y parecerá usted prudente y avispada.
Confiemos en que sea ambas cosas. A no ser que usted aspire a casarse pronto.
En ese caso será mejor que no lo sea. Hace falta un hombre valeroso para casarse con una mujer de ideas propias».
La risa con la que recibí su alusión al matrimonio quizá resultó demasiado desencantada para alguien de mi edad.
Madame Tasset no acababa de decidirse respecto al color de los dos últimos vestidos. Estudió las telas de los vestidos de Arabella. Suspiró. Eligió rollos de discreta seda, pero a continuación murmuró algo sobre negarse a vestirme como una viuda.
—Soy una artista. No renunciaré a mis principios.
—Trajo un rollo de satén dorado y otro de seda color vino—.
Con estas telas, complementará usted a su prima, pero será su igual.
Su tía las desaprobará, pero no puedo crear algo injustamente insulso.
Usaré estas telas para hacerle otros dos vestidos de fiesta.
Prometió que el pedido estaría listo dentro de tres semanas. Hasta entonces, puedo pasear por los parques enfundada en el anonimato de mis ropas remendadas.