Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 4 de abril
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4 de abril

La mayoría de las veces, lo que resulta divertido en mi imaginación lo es únicamente ahí, en mi imaginación. Es un hecho que ha quedado demostrado, una vez más, esta misma tarde.

El primo Archibald me invitó a tomar el té en el salón de recibir. No me esperaba una rama de olivo, pero pensé que quizá encontraríamos la manera de tratarnos con cortesía.

Qué equivocada estaba.

Después de invitarme a servirme yo misma y mientras movía la rodilla nervioso, me informó de que Matilde no iba a pagarme los tres años de salario que me debía.

Antes de que mi tartamudeo pudiera convertirse en objeción verbal, levantó una mano, como si creyera posible cerrarme la boca solo moviendo una extremidad.

—Cuando te fuiste de Bournemouth, desapareció también su mejor plata. Dice que te pagará el salario cuando la devuelvas —dijo.

—Pero, primo, yo no tengo la plata. No me la llevé —insistí.

—Los dos conocemos tu propensión a manipular la verdad —se quejó él.

—Eso es una vil mentira —repliqué.

—¿Y qué me dices entonces del último hojaldre de cereza? —objetó, arqueando una ceja puritana—. Has confesado un robo antes. ¿Por qué íbamos a tener que creerte ahora? La plata desapareció contigo. No cobrarás hasta que aparezca.

Me había pillado. Es cierto que mentí. Hace dos años, me comí el último hojaldre de cereza que quedaba y, cuando Matilde se encontró la despensa vacía, proclamé mi inocencia llevada por el pánico. A la mañana siguiente, confesé en lo que me pareció una admirable muestra de pundonor.

Qué tonta fui. Desde ese momento, Matilde lo ha usado en mi contra.

—Primo Archibald, no me llevé ni un solo objeto de plata, y exijo que se me pague el salario que se me adeuda. ¡Tienes que creerme!

—Elijo creer las palabras de mi hermana, de casi noventa años de edad, frente a las de una joven sin blanca y de moral cuestionable —dijo él.

Con desdén.

Lo miré. Lo miré sin pestañear, con los labios apretados y dando vueltas en mi cabeza a tan extraordinaria acusación. Me estaba acusando de no tener dinero el hombre que vive a costa ajena en Lapis Lazuli House.

—El mundo está lleno de ladrones —añadió precisamente entonces— y no me dejaré engañar. Y Matilde me asegura que estás entre los de la peor calaña.

Aquello terminó de sacarme de quicio y le recité a la cara y llena de amargura un verso de Milton: «Así habló el ángel apóstata».

Ahora me doy cuenta de que no fue una elección de palabras demasiado feliz.

—¿Qué? ¿Cómo dices? —gritó—. ¿Me estás comparando con esa fiera infernal del ígneo abismo?

Al parecer también el primo Archibald ha estudiado a Milton.

Levanté una mano para defenderme mientras con la otra sostenía la taza de té.

—No, primo Archibald. Simplemente, no entiendo por qué no quieres darme mi asignación y ahora te niegas a que se me pague mi salario —dije.

—¡Fuera! —Y me quitó la taza y el plato de la mano, los dejó en el aparador, y, a continuación, me tiró del brazo hasta obligarme a levantarme. Mientras me escoltaba fuera de la habitación, me dio unos azotes igual que a una niña. No miento.

Citando a Milton, estábamos «en incierta batalla en las llanuras del Cielo».

Con todo y con eso, hemos tenido tés que han acabado peor.