1 de abril
He sido convocada.
Mis planes matutinos incluían un paseo solitario por Hyde Park, así que no me hace feliz que me hayan mandado llamar. Pero, cuando lady Eugenia Spencer te convoca, una se prepara.
Examino mi guardarropa y consigno con precisión mis circunstancias, por penosas que me resulten.
Puedo ponerme el vestido gris o el marrón, que, en función de la luz, puede pasar por morado desvaído.
Son los únicos dos vestidos que poseo. La prima Matilde, responsable de mi guardarropa durante los últimos tres años, me ha vestido de medio luto perpetuo.
Eso o de marrón. Lo que para un alma sensible como la mía viene a ser lo mismo.
No cree en el color para, y cito textualmente, «una joven de fortuna insuficiente».
En cuanto a mis abrigos, son iguales a los vestidos en número.
Dos. Uno negro muy tieso y de factura barata que cada vez que me pongo me hace sentir como un empleado de la funeraria y otro marrón, tazado y con parches en ambos codos.
Lo remendé yo misma con una tela color verde intenso sacada de la lata de retales que a tía Matilde no le gustó, pero tampoco me pudo prohibir pues cosí el abrigo mientras estaba dormida.
A pesar de ser de color barro, me sienta a la perfección.
Y el forro, aunque también marrón, tiene un pequeño atisbo de flores.
Cuando Matilde vio el tímido estampado floral, tuvimos la siguiente conversación:
—Las flores en el forro del abrigo marrón de una muchacha pobre son algo inmoral —dijo ella.
—¡Prima Matilde! ¿Me estás diciendo que este abrigo marrón me hace parecer inmortal? Pero qué cumplido tan bonito. Me voy a escribirlo en mi diario.
—¿Qué? ¿Qué? ¡He dicho «inmoral», no «inmortal»! ¡Habrase visto qué chiquilla tan tonta!
—¿Qué? ¿Qué? —grazné yo también.
Creo que el graznido fue mi perdición. Me mandaron al carnicero y a mi vuelta me encontré a Matilde en plena Gran Quema de 1882. Cada dietario, cada carta que había escrito yo, incluso un diario que llevaba de niña, eran cenizas. Mi Alejandría particular.
Fue odioso por parte de Matilde hacer algo así. Y en aquel momento juré que, en cuanto finalizara mi periodo de servidumbre, no volvería a pisar aquella casa.
Estoy divagando.
Por viejo y gastado que esté, creo que debo elegir el abrigo marrón. Suele traerme suerte. Y lady Eugenia no soporta una manga deshilachada. Es posible que decida ponerle remedio de su propio y abultado bolsillo.
Más tarde
Lady Eugenia Spencer es una maravilla de este mundo.
Un Partenón. Cuando llegué a Spencer House, me hicieron pasar al Primer Salón, una buena señal.
Mi tía asigna sus visitas a distintos salones.
Muchas son recibidas en el Segundo, algo que no se considera una ofensa, pero sí una muestra de estima limitada.
Ser recibido en el temido Tercer Salón puede despertar habladurías entre las élites londinenses, pues dicha estancia se reserva únicamente para aquellos que lady Eugenia desea ver en el patíbulo algún día.
Estando en Bournemouth, me llegó el rumor de que, solo dos meses antes, se había presentado en la casa lord Sharp con la intención de ver a lady Eugenia y a mi prima, Arabella la Diosa Divina.
Lord Sharp es un granuja de primera categoría y de todas las categorías que van detrás.
Dicho sin rodeos, es un hombre sin moral y con excelente gusto en casi todo lo demás.
Fue recibido en el Tercer Salón. Un hombre de mayor estatura moral se habría acobardado.
Lord Sharp, un hombre de estatura moral inferior a la media, lo que hizo fue propagar el rumor.
Contengo mis pensamientos errantes y proclives al chisme y vuelvo al Primer Salón, donde fui recibida.
Tía Eugenia estaba sentada en el sofá, recostada en varios almohadones cubiertos de plumas, como si una bandada de gansos hubiera expirado allí mismo.
Aun así, se trataba de una pseudotaxidermia no exenta de elegancia.
La habitación relucía con ricas telas, los cortinajes colgaban impecables y las ventanas que daban al jardín estaban abiertas.
—Siempre pareces enferma, Emma. No entiendo por qué te obstinas en ello.
—Tengo entendido que es un requisito, ahora que soy una huérfana que vive en el desván, tía —contesté.
—¿El desván? Hum. ¿Qué novedades me traes de esa ruina?
—¿Me pregunta usted por Lapis Lazuli House o por mi primo?
—Ya que haces esa distinción, te diré que nunca los he considerado entes separados. Cuando él muera, tendrás que llamar a un exorcista para que los separe.
Reí.
Trajeron el té y me preparé para una andanada de preguntas. La estrategia más sabia a la hora de tratar con tía Eugenia es la de limitar la información. Mantén tus respuestas breves, pulcras y dejando la menor cantidad posible de hilos sueltos de los que pueda tirar.
—¿Qué tal el viaje a Londres? —preguntó.
—Los trenes fueron puntuales.
—¿Te pareció correcta la nueva señorita de compañía de Matilde?
—Tan correcta como puede ser una joven de esa edad, pero pronostico un final amargo.
—Hum. ¿Eres consciente, Emma, de lo poco favorecedor que resulta tu peinado?
—No, tía. Gracias por iluminarme.
A continuación me atreví a hacer una pregunta.
—¿Ha vuelto mi primo Damian del continente?
—No me hables de ese cáncer. —Larga pausa para dar efecto dramático—. No, Damian no ha vuelto. Está en Grecia.
—Qué encantador.
—De encantador nada.
Me encogí de hombros y reprimí la observación de que las opiniones suelen ser criaturas subjetivas.
Arabella no estaba en casa, había salido en compañía de lord Brookstone, la elegante lady Brookstone y sus dos traviesos aunque extremadamente simpáticos hijos, Phineas y Oliver.
Los conozco mejor de lo que cabría esperar en alguien de mi posición —inferior, tal y como se ocupan de recordarme el primo Archibald, la prima Matilde y lady Eugenia—, puesto que solía pasar varias semanas de cada verano en su compañía.
Cuando comprendieron que yo no era una joven casadera y nunca lo sería dada mi ya mencionada posición social, dejaron de sospechar que fuera una joven rica y con título a la caza de un joven rico y con título y fui admitida de pleno derecho en su tribu.
Mediante un ritual sagrado. Desde entonces somos buenos amigos y hasta nos escribimos de vez en cuando.
Arabella, a pesar de la cruz que supone ser rica, con título y muy casadera, también ha sido admitida en el círculo de sus afectos.
No es de sorprender, con su pelo dorado como el de un ángel coronando su tez clara y sus ojos azules…
Pocos jóvenes pueden conocer a una diosa y no reservarle un lugar en su corazón.
Ni siquiera los inconquistables Phineas y Oliver Brookstone.
Por desgracia, y debido a mi interrogatorio en el Primer Salón, no vi a Arabella la Diosa Divina.
—Te he invitado a venir en ausencia de Arabella —dijo tía Eugenia leyéndome el pensamiento— porque quería hablarte con franqueza, sin la interferencia de un corazón afectuoso.
Tú y yo tenemos Lazos de Sangre. Eso es garantía sobrada de lealtad.
Puesto que Arabella está encariñada contigo, su única prima, no le corresponde asistir a esta conversación.
—No me esperaba menos, tía. Usted siempre tan maquiavélica.
Resopló tratando de decidir lo que opinaba de mi comentario. ¿Insulto o cumplido? La miré poner ambas cosas en la balanza, pero entonces entornó el ojo derecho. Bien, pensé. Insulto. Así es mucho más tolerable. Cuando está ofendida, tía Eugenia se crece.
—Deberías vigilar tu lengua, sobrina. Me dan ganas de llamar a las monjas para que te la corten.
—Tía, debería saber que las monjas no cortan lenguas. Ni siquiera las de jóvenes novicias.
—¿Así que ahora eres católica?
—No, tía. Pero tampoco lo es usted.
Resopló.
—Este mundo me deprime. Creí que vivíamos en una época de ideales. Si los católicos no cortan lenguas, ¿en quién podemos confiar?
—Tal vez a los galeses les interese continuar esa práctica.
En esta ocasión, tía Eugenia entornó ambos ojos. Su bisabuela materna era galesa, y no le gusta que se lo recuerden.
Carraspeó y se sentó más erguida.
—He decidido, Emma, que esta Temporada debe ser La Temporada previa a La Temporada .
—¿Se refiere a La Temporada para elegir marido?
—Por supuesto. Tengo intención de emplearme a fondo y asegurarme varios hombres de mi agrado entre los que elegir.
No me pude contener y pregunté:
—¿Va a tener Arabella un padrastro?
—¡Un padrastro, dice! Un marido, más bien.
Cuando sonreí por toda respuesta, se enfureció.
—La lengua, muchacha. Acuérdate de las monjas.
—Sí, tía.
Y a continuación dio comienzo el consejo de guerra.
—Una no debe abordar La Temporada con laxitud, ni menospreciar la importancia del momento oportuno.
Arabella deslumbrará. Quiero ver varios corazones en una bandeja antes de decidir.
Una vez el hombre haya sido elegido, haré lo que sea necesario para que le proponga matrimonio mediada la siguiente Temporada.
—¿Se refiere a La Temporada , tía?
—Por supuesto.
Me llevé la taza de té a los labios.
—Así pues, Esta Temporada no es más que Esta Temporada. O, más bien, La Temporada, sin letra cursiva.
—Cuando has dicho «Esta», ¿la has imaginado con mayúscula? —preguntó perspicaz.
—Pues sí. E mayúscula y T mayúscula.
Lady Eugenia asintió con aprobación. Es partidaria de poner mayúscula inicial a las palabras esenciales.
Una vez sentados los cimientos, lady Eugenia me informó de que no debía ser vista en su compañía durante el mes de abril.
—Puedes escribir a Arabella, por supuesto. Pero en mayo tu alma pasará a ser de mi propiedad.
Creo que me atraganté.
—¿Perdón?
— Tú serás el Contrapunto, la Prima, la Espía.
—¿La espía?
—No. La Espía .
—¿Con E mayúscula?
—Por supuesto —dijo cortante—. Y en cursiva. Es importante, Emma. No tiene sentido usar sustantivos poco apropiados sin énfasis.
—No.
Hice un único gesto de negación con la cabeza para subrayar mi respuesta.
Tía Eugenia dio vueltas a su té y levantó las cejas.
—Como te decía, te convocaré en mayo. Mientras tanto, espero que te procures ropa adecuada. Pareces una andrajosa.
—No he recibido aún mi asignación, tía. Hasta entonces carezco de fondos.
—No, no. Con tu asignación no tendrás ni para una hoja de parra. Irás a ver a madame Tasset de mi parte. Puede que no cultives mis Afectos, pero está la Sangre. Y además vas a ser el Contrapunto.
—Sí, claro —contesté.
—Toma la tarjeta. Tienes una cita el martes que viene. Elige lo que quieras, pero que se complemente con estos colores.
Y me tendió una cajita llena de retales.
—¿Entiendo que es el guardarropa de Arabella?
—Madame Tasset es la Mejor. Arabella estará bonita como un cuadro. Y tú…
—Seré el marco que complementa sin estorbar.
Adoptó una expresión complacida.
—Eso es, Emma.
—Me emplearé a conciencia.
La sonrisa de lady Eugenia se desvaneció ligeramente.
—La conciencia no tiene nada que ver en esto.
Es más bien cuestión de Necesidad y de Deber.
Estoy informada de que tu prima Matilde te ha buscado una acompañante, pero no es necesario que la traigas si estoy yo.
Yo seré tu acompañante en lo esencial. A ella úsala para compromisos de menor importancia.
Abrí la boca para decir: «La prima Matilde no me ha buscado a nadie», pero algo, no sé si el destino, un ángel redentor o mi propio juicio, me cerró la boca antes de que pudiera corregir a mi tía. Me limité a sonreír sin aclarar el malentendido.
Es lo que creo que el Joven Hawkes llamaría «pecado de omisión». Una mentira producto de la negligencia. Confieso lo deliberado de mi falta.
Tardé un momento en darme cuenta de que lady Eugenia me hablaba.
—… puesto que asistirás a compromisos sociales de relevancia con Arabella, dispondrás de doncella propia. Y ahora déjame.
Y la visita se dio por terminada.