Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 31 de marzo
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31 de marzo

Estoy aquí sentada mirando la librería verde vacía —a excepción de Milton, claro—, preparada para enfrentarme a mi realidad, a saber: mi falta de educación y la ausencia de una biblioteca con la que educarme sola.

Eso y el hecho de que la culpable de estas dos amargas realidades no sea otra que yo misma.

Fue difícil, cuando murió mi padre, ver el bosque detrás de los árboles.

Solo tenía trece años y, con mi madre en el estadio último de la tuberculosis, me hallaba en el frío umbral de la orfandad.

Ella lo siguió a la tumba poco después y entonces me quedé sola y como única responsable de mi vida.

De acuerdo, tía Eugenia era mi tutora, pero estaba en Viena con su marido en un destino diplomático y la muerte de mi madre le resultó inoportuna.

Algo en lo que yo le daba la razón. Tía Eugenia dispuso que el vicario de mi pueblo me buscara alojamiento con una familia de la localidad durante los seis meses más largos de mi vida —sin contar con los que pasé con la prima Matilde— hasta su vuelta.

Arabella estaba en el colegio y Damian creo que fingía estudiar en Cambridge.

La ficción consistió en que contrató a un joven para que asistiera en su lugar desde el primer día.

Una hazaña admirable que hasta la fecha nadie ha descubierto excepto Arabella y yo.

El joven recibió una sólida educación, y Damian, su título. Por fortuna, no le ha dado uso.

Cuando tía Eugenia volvió a Inglaterra en verano, me llevó a Spencer Court, su casa de campo, y Arabella y yo disfrutamos de un agradable verano juntas. Cuando tocó a su fin, mi tía anunció que me había encontrado un internado.

—El mejor de los colegios —insistió—. Te preparará muy bien para la vida.

Procuré que el hecho de que la institución se llamara Escuela de la Señorita Prim para Jóvenes Damas no empañara mi entusiasmo, pero lo cierto es que lo empañó.

(«De la Señorita Remilgada», Dios mío). El dinero que me habían dejado mis padres alcanzaba a duras penas para sufragar los cuatro cursos del colegio.

Parecía una inversión sensata puesto que yo era la heredera de Lapis Lazuli House y su pequeña renta.

Pero la educación que ansiaba mi mente de trece años no se me brindaría en la escuela «de la Señorita Remilgada».

Yo quería estudiar latín, griego e historia.

Quería estudiar ciencia y teología, lengua y arte.

No quería pasarme el día bordando cojines. No quería bailar y cantar.

Cuando expresé mis reservas, mi tía frunció el ceño y abrió mucho los ojos ante mi flagrante ingratitud, y, con un bufido, me informó de que era libre de elegir entre la Escuela de la Señorita Prim para Jóvenes Damas y una institución llamada Fortitude, Escuela Preparatoria para Señoritas.

La matrícula de Fortitude era algo más elevada que la de la Escuela de la Señorita Prim y, si elegía ir allí, entonces tendría que vender los enseres de mis padres para sufragar la diferencia. La elección era mía.

Arabella tuvo la agudeza —qué chica tan astuta— de asegurarse de que yo llenaba un baúl con las cosas más preciadas y lo escondió en el ático de Spencer Court.

Entre las escasas pertenencias que pude conservar estaba la manoseada Biblia de mi madre —el portal que me permitió comprender que hay historias en el Antiguo Testamento más fantásticas que las de cualquier cuento de los hermanos Grimm— y el tomo ilustrado de Shakespeare de mi padre, que no es otra cosa que un volumen de obras de Shakespeare que mi padre mismo ilustró pegando dibujos en sus páginas.

Pero solo pude conservar un baúl. Todo lo demás fue el precio a pagar por estudiar en Fortitude, Escuela Preparatoria para Señoritas.

Mi padre tenía una biblioteca muy apreciada y visitada. Pasaba horas leyendo libros. Escribía en ellos. Garabateaba sus incesantes pensamientos en cada espacio en blanco. No me dejaba leer muchos de ellos.

«No es que no vayas a entenderlos, Emma —me decía—. Lo que ocurre es que quiero que los experimentes cuando seas algo mayor, porque, por poca que sea tu experiencia, las palabras se verán enriquecidas. ¿Entiendes? Espera un año más y entonces estarás preparada para asaltar el cofre del tesoro».

De todo lo que yo poseía, los libros de mi padre eran lo que más pesó en mi decisión.

Me pasé la noche en vela mirándolos. Abriéndolos y deteniéndome en sus notas manuscritas, en sus dibujos en cada margen.

Los libros de mi padre eran obras de arte.

Ay, cuánto me debatí. Aquella noche me quitó varios años de vida, estoy segura.

Aquella biblioteca contenía una educación para mí. Una educación completa, rica.

Pero solo vendiéndola obtendría el dinero necesario para ir a Fortitude.

Cuando amaneció, tomé la que entonces me pareció la mejor decisión posible.

No me culpo. En realidad no tuve quien me aconsejara.

Valoré los hechos tal y como los veía. Yo quería más de lo que se ofrecía a la mayoría de las niñas.

Quería aprender acerca de este mundo. Quería terminar el colegio armada con una cabeza llena de conocimientos.

Y, si tenía que sacrificar la biblioteca de mi padre para poder vivir una vida entera convenientemente preparada, así lo haría.

Tía Eugenia aceptó mi decisión. Se vendió todo, incluidos los libros.

Yo entonces no podía saberlo, pero en Fortitude nuestra educación fue ridículamente limitada.

No bordábamos, zurcíamos. No nos preparaban para comer con cubiertos de plata, nos enseñaban a limpiar la plata.

Nos formaban para que encontráramos empleos como amas de llaves de primera categoría, institutrices o niñeras del mismo nivel o para convertirnos en esposas abnegadas de un hombre honrado.

(No se nos consideraba lo bastante buenas para un caballero).

Estudiábamos la Biblia, pero no se nos permitía leerla solas, pues había textos que se consideraban inapropiados para nosotras.

Aprendíamos a contar dinero para poder así llevar las cuentas de una casa.

Las lecciones de cocina consistían en turnarnos para pelar verduras.

No aprendíamos a comportarnos en cenas de sociedad, sino a poner la mesa para una.

Las novelas de cualquier clase estaban prohibidas. La filosofía se consideraba blasfema. Cualquier mención a Grecia o a Roma nos convertía en paganas. De manera que no estudiamos demasiado a los clásicos.

No había clases de música.

Sí aprendimos algunas cosas útiles. La profesora de horticultura nos enseñó algo más que a cultivar la virtuosa hortaliza; metía a hurtadillas semillas de flores en el invernadero.

Y, si bien la directora acostumbraba a leernos el Levítico, la señorita Charlotte, encargada de nuestras lecturas vespertinas, recitaba el Libro de Isaías.

Cada día dedicábamos varias horas a la contemplación silenciosa.

Mi hambre de conocimiento quedó insatisfecha.

No soy una completa ignorante. Spencer Court poseía una biblioteca bien surtida y tengo la costumbre de leer cada periódico que cae en mis manos. Pero existe una gran diferencia entre saber que Arquímedes desempeñó un papel fundamental en la geometría y ser capaz de resolver sus ecuaciones.

El año pasado, en Bournemouth, conocí a una mujer joven que acababa de terminar sus estudios en la Escuela de la Señorita Prim.

Leía latín, tenía conocimientos de historia, arte y ciencia, cantaba como un pájaro y era la viva imagen de la salud al haber pasado al aire libre el tiempo necesario para asegurarse unos pulmones fuertes.

Cuando me contó una anécdota encantadora de su clase de historia de Egipto, me puse verde de envidia.

Pero me niego a culparme de mi elección.

Yo entonces no podía saber que me equivocaba.

Esta negativa a culparme no significa que no me ponga completamente enferma cuando pienso en los libros de mi padre y me doy cuenta de que podría haber tenido las dos cosas: una sólida base de conocimientos y una librería repleta de las observaciones de mi padre.

¿Por qué obliga la vida a tomar una decisión así a una joven de solo trece años?