30 de marzo
Hoy ha venido Mary de visita. Qué bocanada de aire fresco. Es divertida, apasionada y algo traviesa. Siempre lo ha sido. Tuvimos la suerte de compartir habitación en el internado —Fortitude, una escuela preparatoria para señoritas—, y desde entonces somos amigas íntimas.
Nuestro cuarto en el internado era del tamaño de un armario, con camas demasiado pequeñas para cualquiera de las dos y un ropero no más ancho que un reloj de pie.
Contraviniendo las reglas del colegio, añadimos unos cuantos estantes que no fueron descubiertos hasta la noche en que sorprendieron a Winnie Pepper Smith paseando por los terrenos del colegio con un muchacho de Stoicism, una escuela preparatoria para chicos.
Por culpa de la indiscreción de Winnie Pepper Smith, nos sacaron a todas de la cama y nos dieron una azotaina con una pala.
Solo teníamos quince años. Tanto Mary como yo recibimos un azote de propina cada una por los estantes clandestinos.
Lo más injusto de todo fue que, en el revuelo y castigo que siguieron, Winnie Pepper Smith escapó de la pala.
La habían mandado a la cocina y se olvidaron de ella.
Al día siguiente circuló el rumor de que la cocinera le había dado galletas con crema.
Algo que no mejoró su reputación en la nación salvaje que eran los Dormitorios Femeninos A.
En cuanto a Mary, lleva en Londres desde el año pasado viviendo en una casa de huéspedes y trabajando de mecanógrafa para la fascinante y radicalmente nueva —y desaprobada por muchos— Compañía Telefónica Edison de Londres, S.
L. Ni se acerca a los teléfonos, pero es responsable de mecanografiar todo aquello que su superior quiera mecanografiado.
Sí, he dicho «mecanografiado». Mary es una de las pocas mecanógrafas que hay en Londres.
Su hermano mayor le regaló una máquina de escribir, pero no como gesto de amabilidad para con ella, sino para con él mismo.
Sabía que de esa manera Mary encontraría ocupación y él podría hacer caso omiso de su existencia.
—Me habría aburrido mortalmente, Emma —me dijo Mary—, de ser más lento mi ritmo de trabajo. Pero este nuevo invento con el tiempo conquistará el mundo. Tan pronto como el Servicio de Correos deje de obstaculizar.
—No me sorprende que el director de Correos se resista con uñas y dientes a la novedad —dije yo, fingiendo estar más versada en el tema de lo que en realidad estoy—.
Comprendo lo difícil que serían las cosas si todos pudiéramos decir de viva voz lo que normalmente enviamos por correo.
Sería dar a la gente un poder extraordinario.
—También eran muchos los que no querían que la plebe aprendiera a leer y escribir, pero ¿dónde estaría el director de Correos si las masas no pudieran enviar cartas? —arguyó Mary.
—Pues hay quien preferiría que la plebe no supiera ni leer ni escribir.
Nos sonreímos, puesto que Fortitude, escuela preparatoria para señoritas, es una de esas instituciones.
Mary trabaja en Leadenhall Street para la compañía telefónica durante el día, y, por las tardes, transcribe documentos en su habitación para un profesor ocupado en escribir una crónica exhaustiva de la recién extinta Compañía de las Indias Orientales.
En cuanto a su alojamiento, se trata de una casa de huéspedes «limpia y respetable» para mujeres jóvenes situada en Southwark.
—Soy un baldón en el establecimiento de la querida señorita Lamb —me confesó Mary, agitando con ímpetu la cucharilla entre los dedos mientras miraba por la ventana.
—Me sorprende que no te haya expulsado.
—Ah —Mary sonrió—, es que aún no sabe que soy un baldón.
A continuación me refirió todo lo que ha hecho y visto en Londres, y quedé admirada, habida cuenta de que las jóvenes hospedadas con la señorita Lamb solo pueden salir para ir a trabajar o con un acompañante previamente aprobado.
—Cuando dices «aprobado», ¿te refieres a…? —inquirí.
Mary puso los ojos en blanco.
—Me refiero a padre, hermano o, siempre que haya superado un severo examen sobre moralidad y buenas costumbres, un primo responsable. Una tía podría ser aceptable en caso de que fuera rica, pero nadie más tiene permiso para descarriar a las pobres vírgenes acólitas de la señorita Lamb.
—Pero si acabas de hablarme de todo lo que has visto de Londres. ¿Cómo has conseguido escapar? —pregunté.
Mary se recostó en su asiento y me apuntó con la cucharilla del té.
—Porque yo, Emma Lion, tengo un primo.
—De eso nada, Mary Bairrage. Sé de buena tinta que tienes una familia todavía menos interesada en ti que la mía.
—Y por esa razón he alquilado uno. Espera a conocerlo, algo que harás, porque tenemos entradas para el teatro el mes que viene. ¿Te gustaría acompañarnos? Sería una buena ocasión para presentarte a la señorita Lamb, ahora que lo pienso. Me será más fácil visitarte si cuentas con su aprobación.
—Acabo de liberarme del yugo de la moral caprichosa de una mujer mayor, Mary. No te atreverás a someterme a una entrevista así con la herida aún tan reciente.
—Pues sí, Emma.
Me prometió que obtener la aprobación de la señorita Lamb no requeriría mucho tiempo, sobre todo porque su primo estaría presente e incomparablemente encantador.
—¿Cómo se llama ese primo ficticio? —pregunté, asegurándome de que mi tono dejara traslucir mis suspicacias respecto a la última travesura de Mary.
—Jack.
—Oh, cielos.
Nada bueno puede salir de un primo llamado Jack, sea o no ficticio.
Hacia el final de la visita de Mary, pregunté:
—¿Está relacionada tu señorita Lamb con Charles y Mary Lamb?
—No. —Mary negó con la cabeza—. No tiene un gramo de locura en el cuerpo. Por desgracia, mi señorita Lamb está incuestionablemente cuerda.
—Oh, desventura —dije.
—Y tanto.
Desde luego, Mary es una fuerza de la naturaleza.