28 de marzo
Después de recuperar una libertad considerable —es posible que por poco tiempo, solo hasta que tía Eugenia me convoque e imponga su voluntad en mi vida—, he establecido mi propia y grata rutina, que consiste en dar dos paseos diarios.
Uno a media mañana y otro hacia el atardecer.
Son dos horas poco propicias en lo referido a socializar, y quizá por eso me atraen.
Disfruto de la expedición de media mañana.
Me levanto, leo, estudio, me ocupo de unas pocas cosas y, a continuación, salgo.
Me gusta. Me gusta mucho. Pero mi gran placer es el paseo vespertino, esa última hora de luz diurna que tan propicia es para el sol, la sombra y el alma.
Así ha sido esta tarde. Las farolas estaban encendidas, de las casas salía luz, y yo paseaba sola y feliz de estarlo.