26 de marzo
Pensando otra vez en Maxwell. Imposible no hacerlo. No poder ver su tumba me ha afectado más de lo que creía. No lo he enterrado y, por tanto, para una parte de mí sigue muy vivo.
Me ha ocurrido ya varias veces, lo de verlo, o creer que lo veo.
En las calles de Bournemouth, o detrás de la casa de Matilde.
Una vez en el cementerio cerca de Barrows Edge, después de un servicio dominical.
Esa fue la ocasión que más me afectó, supongo; verlo allí de pie, rodeado de muertos.
Claro que no era él. Era un hombre joven que no se parecía en absoluto a él, excepto que por su compostura habría jurado que era…
El momento inicial es siempre el más cruel, el estremecimiento que produce la constatación, ¿la alegría incluso? Hasta que el desconocido se vuelve y no es más que eso, un desconocido.
En ocasiones, alguien que se le parece dobla una esquina y desaparece antes de que pueda estar segura. O quizá ni siquiera estuvo nunca allí. Miro y lo veo, y, al instante siguiente, no hay nada salvo el espacio vacío donde debería estar un hombre joven vivo y respirando, pero no está.
Escribí una carta a su hermano, Evelyn, al mes de recibir la noticia de lo sucedido. No era larga y en ella le hacía una única pregunta.
¿Cómo era posible que alguien desapareciera de este mundo de manera tan súbita?
Nunca me contestó.