20 de marzo
Estoy satisfecha con el estado de mis aposentos. Claro está que no puedo recibir a las visitas en una buhardilla, pero las únicas que preveo son de Arabella, que se reirá, y Mary, que estará encantada.
Hoy he cometido dos hurtos. El primero consistió en colarme en las habitaciones de la cuarta planta en busca de una alfombra decente.
En un dormitorio polvoriento, encontré una alfombra turca a medio enrollar.
Es magnífica, tejida con el color del crepúsculo: ni naranja ni rosa, sino algo a medio camino, con dibujos en verde, turquesa y morado cálido.
Es muy grande, y lo primero que hice fue medirla con un trozo de cinta, pues me preocupaba que no cupiera en mi desván.
Pero sí cupo. Me sobró medio palmo de perímetro.
Después de reclutar a Agnes y exigirle que guardara el secreto, esperamos a que tanto el primo Archibald como Parian salieran y entonces la transportamos escaleras arriba.
Requirió un gran esfuerzo, pero logramos escalar la montaña, y con el piso, las paredes y el techo todos blancos, la alfombra parece un cuadro pintado en el suelo.
El segundo robo, que supongo que no cuenta en realidad como tal, se reduce a que encontré una librería en la habitación oeste del desván y he tomado posesión de ella.
Está pintada de un bonito verde, nada menos.
Desconozco cómo pudo llegar a ser de dicho color, pero me resisto a creer que sea mérito del primo Archibald.
Después de colocarla, Agnes y yo elegimos dos sillas, que hicimos mullidas mediante una selección de cojines desparejados, y pusimos un escritorio pegado a la pared.
—Es… colorido —dijo Agnes.
Yo estuve de acuerdo.
—Mi madre habría dado su aprobación.
—¿Era turca?
Reí. No pude evitarlo.
—No, Agnes, no era turca, pero le gustaban los colores vivos, algo que atribuía a su ascendencia portuguesa por parte de madre.
—Pues mi madre no aprobaría unos colores tan vivos —dijo Agnes—. Ni siquiera le parece bien que existan personas portuguesas.
—Cielo santo —contesté.
Cuando se fue Agnes, me senté en la cama y miré mi librería vacía al otro lado de la habitación. Representa pesar y esperanza. Capricho y experiencia.
Cinco estantes vacíos es una visión algo desalentadora, por lo que me levanté, cogí El Paraíso perdido del escritorio y lo coloqué en el lado izquierdo del estante superior.
Su lomo de cuero marrón está atravesado por una franja rojo intenso.
Milton parece más que dispuesto a ocupar por sí solo el estante hasta que le encuentre compañía adecuada.
Agradezco su generosidad, lo digo de corazón.