Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 22 de marzo
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22 de marzo

Por parte de madre, tengo una tía, lady Eugenia Spencer.

Es la única hija de la primera mujer de mi abuelo.

Siete años después de morir su esposa, mi abuelo se casó con mi abuela, una joven portuguesa.

Mi madre nació al año siguiente. Mi madre y su hermana se querían, pero no estaban particularmente unidas.

Mi tía Eugenia, hoy viuda, tiene dos hijos: mi primo Damian, que me saca cinco años, y mi prima Arabella, un año menor que yo.

Mi parentesco con el primo Archibald viene por parte de padre.

Para alivio de ambos, solo somos primos políticos.

Mi padre es hijo de un caballero inglés y la hija de un tendero irlandés.

Creció en Irlanda, pero mantuvo fuertes lazos familiares en Inglaterra, a pesar de que fue desheredado.

Su tía, la primera Emma M. Lion y heredera por derecho propio, recibió Lapis Lazuli House cuando mi padre fue desheredado.

Quería a su hermano mayor, y en consecuencia adoraba al hijo irlandés de este, así que, antes incluso de casarse, nombró a mi padre su heredero, legándole tanto su casa de Londres como una pensión.

Un poco más tarde, se casó con un joven llamado Archibald Flat y ambos se mudaron a Lapis Lazuli House.

Los hados quisieron que, a las tres semanas de casados, mi tía abuela muriera de gripe.

Fue una conmoción para toda la familia y, cuando se leyó su testamento, más aún para su marido, Archibald.

No le había dejado nada, únicamente los libros que había en la biblioteca.

Mi abuelo fue generoso y decidió que, puesto que mi padre era aún joven, Archibald podría permanecer en Lapis Lazuli y beneficiarse de la pensión, y que, a su muerte, la herencia pasaría a mi padre.

Y fue así como mi padre tuvo que ganarse la vida mientras que el primo Archibald disfrutaba de sus rentas.

No niego lo delicado de la situación. Habría sido aberrante poner a un cónyuge de patitas en la calle de esa manera.

Pero se hace constantemente cuando el cónyuge es una mujer.

Considero que tanto mi abuelo como mi padre fueron extremadamente generosos, y que Archibald no tanto.

Una de las cláusulas del acuerdo era que, una vez al año, por lo general en el mes de junio, mi padre se alojaría como invitado en Lapis Lazuli House (ejem, es decir, en su casa).

Consciente de que dependía de la generosidad de mi padre, el primo Archibald hizo moderados esfuerzos por mostrarse hospitalario.

Es posible que fuera hosco, pero nunca demasiado déspota.

Lo cierto es que mi padre era la persona más encantadora y querida que ha existido jamás.

Archibald no se atrevía a tratar mal a mi padre puesto que todo St. Crispian’s lo adoraba.

Pero Archibald solo quiso a mi madre. A mi padre lo toleró y a mí no me soporta.

Cuando heredé la casa a la muerte de mi padre, todo el resentimiento del primo Archibald salió a la luz.

Entre él y su hermana mayor, la ya mencionada Matilde, urdieron una nueva versión de los hechos.

Insistieron en que Archibald se había visto abocado a una situación difícil.

«Se dejó engatusar por amor —me dijo Matilde una tarde—.

Lo obligaron a mantener la casa y la familia de una esposa que tuvo la desconsideración de morir joven».

El colmo del absurdo.

Matilde dijo cosas especialmente crueles porque Archibald se negó a llevarla a vivir con él en Lapis Lazuli House y no le quedó otro remedio que casarse con un hombre que no era de su agrado.

Pero, incluso después de muerto mi padre, la visita anual se mantuvo hasta El Incidente, hace casi cuatro años, que resultó en La Cicatriz. Es solo la segunda vez que vengo a esta casa desde el Acuerdo de 1879, que firmamos cuando al primo Archibald aún le sangraba la herida.

No tengo intención de modificar la disposición actual, pero me consuela saber que el año que viene seré mayor de edad y podría destronar a mi primo con todas las de la ley en caso de que se ponga imposible.

Hablas como una mercenaria, Emma M. Lion.