Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 19 de marzo
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19 de marzo

El primo Archibald por fin ha reunido valor para dar la cara.

Sigue teniendo La Cicatriz bajo la ceja izquierda.

Cuando entró en mi habitación —pues no he sido invitada al piso de abajo—, se aseguró de sentarse junto a la ventana, de modo que le diera la suficiente luz en la cara para hacerla visible.

Parecía un cuadro flamenco. Estuve en un tris de sugerirle una sesión de espiritismo para convocar a Vermeer.

El primo Archibald es un firme partidario de perdonar a quienes lo ofenden, excepto a mí. A mí quiere verme ardiendo en el fuego eterno.

Nuestra conversación fue más o menos como sigue:

—Así que has venido —dijo él.

—¿Estás desilusionado? —dije yo.

Silencio.

—No, no, no. En absoluto. Aquí estás. Supongo que Matilde no podía tenerte para siempre con ella —dijo él.

Desde luego que no, pensé yo.

—Tengo dudas respecto a que tu hermana esté en su sano juicio, primo Archibald —dije.

—Su última carta era perfectamente cuerda. Sus palabras me conmovieron, y también me conmovió comprobar que nuestros lazos de sangre se manifestaban en opiniones parecidas.

Llegado este punto, fruncí el ceño.

—Esa carta era una difamación flagrante de mi persona —dije yo.

Esto lo sé porque le escribía todas las cartas a la prima Matilde —era una de mis muchas tareas— y yo misma la eché al correo. Condenada por mi puño y letra.

—Menosprecias su capacidad de percepción —replicó él— y su generosidad para contigo, en cuanto heredera mía a pesar de que no guardas relación de sangre con ninguno de los dos, no tiene parangón.

Se me rompió la taza de té de tan fuerte como la apreté no sé muy bien cómo. Sonreí con el vestido manchado por la infusión y dije:

—Desde luego que no tiene parangón.

Mi primo tuvo la decencia de apartar la mirada —lo que nos facilitó a los dos aceptar su mentira— y dio vueltas a su té, haciendo tintinear la cuchara contra la taza mientras paseaba la vista por la habitación.

—Espero que te agrade tu alojamiento —dijo.

No «habitaciones», sino «alojamiento». Como si yo no tuviera derecho alguno sobre esta casa.

O como si fuera una americana excéntrica en la frontera del Oeste considerando alojarme en una casa de huéspedes de dudosa reputación mientras me dedico a buscar oro en las colinas.

Algo que, cuanto más lo pienso, más plausible me parece si al final resulta que vivir en Londres no me convence.

—Mis habitaciones son encantadoras. Voy a ser muy feliz aquí —contesté, siendo sincera.

Se pasó los dedos por el escaso pelo y con ello trasladó a los mismos la grasa de su cabello; a continuación, cogió uno de los scones que había preparado Agnes para el té.

—Así las cosas…, así las cosas —dijo para templar mi felicidad—. Si prefieres una habitación en la tercera planta…

—¿Cerca de Parian? —exclamé yo. Dios no lo quiera—. Prefiero evitar ese pequeño infierno, primo.

Le ofendió sobremanera que yo conociera la palabra «infierno» —leo la Biblia— y se marchó.

Fue nuestra conversación más cordial desde La Cicatriz, diría.