Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 18 de marzo
27%

18 de marzo

Tras haber faltado a mi obligación el domingo pasado, hice propósito de enmienda y recorrí la Diagonal hasta donde se cruza con Traitors Road para asistir al servicio religioso en la ya mencionada capilla construida originalmente en el siglo xv sobre un enterramiento celta.

Fue reformada en el siglo xvii . Los estudiosos lo ponen en duda.

No la reforma, sino el enterramiento celta.

Pero St. Crispian’s se mantiene en sus trece.

Nuestro vicario es conocido como el Joven Hawkes, aunque algunos de los caballeros que alquilan habitaciones en Traitors Road se refieren a él como «Hawkes el Zorro» o «El Formidable Nigel Hawkes», cosa chocante, divertida y maravillosa, porque el Joven Hawkes estudió en Eton y Cambridge con varios de nuestros nada respetables pero sí afables caballeros solteros y solo cuenta veintisiete años de edad.

Llegó a St. Crispian’s hace ocho años para formarse con nuestro antiguo vicario, el padre May. El padre May dedicó tres meses a presentar al Joven Hawkes, como lo llamaba, a todos los vecinos de St. Crispian’s, fueran o no anglicanos. Finalizados los tres meses, le pidió que diera el sermón.

Aquel domingo en particular está grabado a fuego en la memoria colectiva del vecindario y yo tuve la fortuna de vivirlo, puesto que era junio y, por tanto, estaba de visita en Lapis Lazuli House con mis padres.

Todos sentíamos curiosidad por lo que tendría que decir el joven coadjutor.

Su físico no encajaba con la profesión. El pelo nunca peinado del todo.

La cara demasiado bien parecida para una carrera eclesiástica.

En aquel memorable día, sus amigos de Eton y Cambridge llenaban los últimos bancos, callados pero alborotando igualmente.

El Joven Hawkes se levantó y nos obsequió con una sublime introspección. Y digo «introspección» porque, en lugar de un árido sermón, se olvidó de la congregación y dedicó una hora a conversar con Dios.

Habló de la Gracia, forcejeó con ella. Sus palabras eran parte plegaria, parte soliloquio y parte exploración de sí mismo, de sus motivos y del lugar de Dios en todo ello. Estábamos todos hechizados.

No quiero dar la impresión de que se mostró sensiblero o excesivamente indulgente consigo mismo.

De hecho, fue su sinceridad modesta lo que dio tanto vigor a sus palabras.

Parece tener un don para el lenguaje. Flota a su lado, fluido y misterioso, como Ariel con Próspero.

De manera que el Joven Hawkes nos hechiza con sus palabras y nosotros lo escuchamos fascinados.

La emoción de su primer sermón fue en aumento y terminamos todos sentados en el borde del banco, inclinados hacia delante y sin resuello.

Y, cuando el Joven Hawkes por fin concluyó, se hizo un silencio en la capilla por espacio de lo que pareció ser media hora, pero en realidad fueron meros segundos. A continuación, aplausos.

Nunca he oído un aplauso así en una iglesia y dudo de que lo haga de nuevo.

El padre May, al observar lo ocurrido, dejó que un atisbo de sonrisa le atravesara el semblante y a la mañana siguiente desapareció sin más.

No se llamó a la policía, puesto que varios testigos lo vieron abandonar el vecindario con sus maletas y de camino a los muelles, donde embarcaría rumbo a América.

El Joven Hawkes recibió una carta de la diócesis notificándole que un hombre más experimentado en el sacerdocio sería enviado para sustituir al padre May a su debido momento.

Ocho años después, el Joven Hawkes sigue siendo nuestro vicario, sigue usando ese nombre y tres domingos al mes da un sermón.

Un vecino de Whereabouts Lane comentó en una ocasión: «Casi nunca puedo permitirme entradas para el teatro, pero no importa; tenemos a Hawkes.

¿Sabía usted que el mes pasado citó de memoria fragmentos enteros de Hamlet y estuvo a la altura de cualquier actor? ».

El cuarto domingo de cada mes, agotado por las tres semanas de sermones, el Joven Hawkes se limita a leer desde el púlpito sus pasajes predilectos de la Biblia, además de algún que otro poema.

En los últimos años ha dado preferencia a los románticos.

Oír leer a este hombre es maravilloso. En especial cuando son poemas menos religiosos y más inclinados a los sentimientos del corazón.

Esos los suele leer cuando varios de los miembros más venerables de la congregación ya están echando una cabezada.

Estamos todos enamorados de este vicario nuestro.

Entre semana es una rara avis . El instinto te dicta dejarlo tranquilo a no ser que empiece él la conversación. No es que sea un ermitaño o un narciso, o alguien raro; tan solo cultiva una economía de la interacción de contenida elegancia.

A pesar de que nadie cuenta sus penas al Joven Hawkes, es cierto que las viudas son escuchadas, los enfermos reconfortados, los desamparados atendidos y los borrachos…

Bueno, en realidad ignoro qué les dice a los borrachos, pero me consta que habla mucho con ellos.

Tiene habitaciones en Traitors Road, en diagonal respecto a la iglesia y contiguas a The Cleopatra, la taberna de St. Crispian’s.

Nunca he hablado con él personalmente, pero, hace tres años, cuando estaba visitando al primo Archibald, me crucé con Hawkes en Traitors Road, cerca de sus habitaciones. Al verme cerró su libro —siempre lee un libro mientras camina— y me pidió que esperara.

Solo eso.

Dijo: «Espere».

A continuación, el Joven Hawkes desapareció por la puerta del edificio donde tiene sus habitaciones. Y yo esperé, de lo más perpleja.

Al cabo de varios minutos, Hawkes salió y me dio una tarjeta.

«Señorita Lion», dijo, y se fue sin más.

Yo pestañeé rápidamente varias veces seguidas mientras lo miraba dejar atrás The Cleopatra y cruzar la calle en dirección a la iglesia.

Cuando entró, miré lo que tenía en la mano.

En una tarjeta color crema había garabateada una única palabra: «Imperterritus».

Le di la vuelta y, estampado en oro y con relieve, había un hermoso león.

No era dócil, pero tampoco feroz o violento, más bien parecía impasible.

Y así fue como, tras una pequeña investigación, averigüé lo que significa imperterritus .

Impasible. Impávido.

Me llevé la tarjeta a casa y aún la conservo. Milagrosamente, pues la estaba usando de señalador para la Biblia de la prima Matilde, sobrevivió a La Gran Quema de 1882.

Esta historia no se la he contado a nadie. Es nuestro secreto, suyo y mío. Desde entonces no hemos hablado.

El Joven Hawkes parecía el mismo de siempre hoy en la iglesia. Habló sobre fiestas bíblicas y, cuando paseó la vista en la congregación, creo que reparó en mi presencia y me saludó con una levísima inclinación de cabeza.