9 de marzo
Hoy he suspirado al pasar por delante de The Dalliance, la librería de St. Crispian’s.
No he entrado. Hay realidades que debemos aceptar, y una de ellas es mi monedero vacío.
Pero sí me detuve frente al escaparate y vi el letrero que, leído del revés, afirma que allí se venden «libros nuevos, ligeramente usados y abominablemente tratados pero resucitados».
Adoro esta tienda, pero sus precios, incluso para un libro resucitado, pueden ser bastante elevados.
Y su dueño, el señor Graves, lleva sin mirarme a la cara desde que vendí la biblioteca de mi padre a otro librero para costearme mi educación.
Pero entonces yo vivía en el campo, en casa de mi tía.
La cual se negó a autorizar que una joven de trece años viajara en tren con cientos de libros solo para satisfacer al señor Graves.
Oh, desventura.
Al llegar a casa, le envié esta nota a mi prima:
Arabella:
Ha llegado la primavera. Este cambio en el tiempo me sentará bien, creo. Espero con ilusión nuestro encuentro el mes que viene en Londres.
Tuya siempre,
Emma
Pocas horas después recibí esto:
Emma:
Disfruta al máximo tu primavera adelantada.
Se avecina tormenta en Londres. Pronostico lluvia, pero la idea no resulta tan insoportable si una está preparada.
La lluvia no disuadirá a mi querida mamá, puesto que tiene numerosos deleites preparados para las dos.
Así pues, quién necesita el sol. Prepárate para lo que nos espera.
Siempre,
Arabella
Por lo general no nos interesa tanto la meteorología, pero en Navidad Arabella y yo acordamos un plan.
Me atrevo a decir que lo urdimos, puesto que contravenir los deseos de tía Eugenia puede ser tan peligroso como despertar a las fuerzas oscuras.
El plan era el siguiente: yo llegaría a Londres a principios de marzo, pero a tía Eugenia le diríamos que no lo haría hasta principios de abril, con lo que me procuraría —por no decir que robaría— un mes entero para instalarme antes de empezar a recibir órdenes de Spencer House.
Pero ¿y la ausencia de matasellos? Tiene fácil explicación.
Envié la nota mediante Toff, un chico del vecindario que ahorra para sus estudios llevando mensajes a los residentes de St. Crispian’s, y metí la susodicha nota dentro de un sobre viejo que ya le había hecho llegar en una ocasión a Arabella, con matasellos de Bournemouth.
Todo muy clandestino.
Hace ya un mes que Arabella y yo sustrajimos el mes de marzo a tía Eugenia, y ninguna de las dos siente remordimiento alguno. Cuando a mí empezó a preocuparme que nos descubrieran, Arabella me miró con sus ojos azul nomeolvides y dijo: «Emma, tensa tu valor hasta su límite».
Citar a lady Macbeth quizá no fue moralmente reconfortante, pero logró su cometido con bastante solvencia.
Es un alivio. Tener estos días limpios y despejados por delante. Sin la prima Matilde que me prohíba respirar. Sin tía Eugenia Spencer dándome órdenes. Y sin que, de momento, el primo Archibald me haya empujado a la violencia.