10 de marzo
Tenía labor urgente (traducido: se me reventó otra costura de la chaqueta marrón y me hice un agujero considerable en la falda mientras cambiaba muebles de sitio en la buhardilla), así que me la bajé a la cocina y di conversación a Agnes mientras troceaba verduras.
Es una muchacha flacucha, un pajarillo pecoso con pelo de color pajizo. La contrató el primo Archibald de criada hace seis meses y, poco después, cuando se marchó la cocinera, se le asignaron también todas sus tareas y sin aumento de sueldo. Un escándalo al que pondré remedio cuando tome el poder.
—No me importa —me confió Agnes, pues el ritmo continuo de mi aguja por un momento la indujo a tomarme por una compañera del servicio—. Es fácil preparar sopas, pan y púdines, y, como no celebra comidas formales, el amo no necesita mucho más. Al que se le llevan los demonios es a Parian.
—No es necesario que llames «amo» al primo Archibald, Agnes. Puedes llamarlo perfectamente «señor Flat». Y, en cuanto a Parian, que pruebe a buscar un empleo más cómodo si no está conforme.
Agnes rio.
Agnes es de la frontera angloescocesa, pero su madre quería que se colocara con una familia inglesa acaudalada y le pulió el acento hasta lograr que hablara «como es debido».
Y luego terminó en Lapis Lazuli House. Pobre muchacha.
—Qué voz tan bonita tiene usted, señorita Lion —dijo Agnes, llegado un momento.
Resoplé sin que hubiera sido en absoluto mi deseo y a continuación reí.
—¿Eso crees?
—Es distinta…, gris púrpura, como el anochecer. Un poco rasposa.
—Parece que estés hablando de un cardo —contesté.
—Mi madre siempre decía que una muchacha con una voz como la suya podría tener al hombre que quisiera.
No dudo de la agudeza de la madre de Agnes, pero es la afirmación más ridícula que he oído en mi vida.
Y eso le dije.
Agnes rio de nuevo y las pecas de su cara asomaron por entre el rubor provocado por la risa.
—Mi madre tiene opiniones sobre todo, señorita Lion.
No lo dudo.