Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 8 de marzo
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8 de marzo

Voy a tener que lidiar con la cuestión del desván.

Es una realidad desalentadora. Una rígida práctica de evitación puede ser tolerable de momento, aunque signifique dormir en esa estrecha cama entre muebles desparejados y con mis escasas pertenencias desperdigadas, pero el polvo y las telarañas exigen mi atención. Quizá mañana.

Agnes me ha dicho algo interesante y, con ello, el lado gracioso de su por lo demás poco agraciada naturaleza se ha dejado entrever. Al parecer, El Romano pernocta en Traitors Road.

El Romano es un centurión que vela St. Crispian’s. En otras palabras, un fantasma. Personalmente, yo no lo he visto, pero quien más y quien menos tiene alguna anécdota con él: la señora Bailey, el señor Ford, incluso el ínclito solterón Plithco Wright, cuyo jardín bordea un tramo de la muralla.

Según la leyenda local, fue él —El Romano, no el señor Wright— quien ordenó construir el muro que separa Whereabouts Lane de Magi Street.

De dicha muralla solo quedan hoy vestigios, pero todos se refieren a ella como si estuviera en su máximo esplendor.

El Romano nunca se aleja demasiado de sus amadas ruinas, por eso que haya aparecido en Traitors Road es digno de mención.

Dicen que El Romano habla en correcto inglés porque hace setenta años un profesor de latín se lo enseñó. Por desgracia, no puedo dar fe de este hecho.

A pesar de estar cerca de Primrose Hill y Regent’s Park, en St. Crispian’s contamos con nuestro propio jardincito.

Se accede a él por una puerta —un pasaje de piedra, en realidad, con dos bancos dentro de su arco alargado— situada al final de Whereabouts Lane.

Consta de una pequeña pradera, un rincón arbolado y varios pintorescos muros de ladrillo que cierran tres de los lados del parque.

El cuarto lo completan los restos de la muralla romana.

Llamamos al jardín Jacob’s Well. El pozo de Jacob. Nadie parece recordar por qué.

Esta mañana le he preguntado a Agnes si El Romano ha sido visto en Jacob’s Well, antaño uno de sus rincones predilectos. Se rio igual que si le hubiera dicho que soy una rana.

—Pues claro que no, señorita Lion. ¿Dónde practicarían los monjes?

Yo parpadeé.

—¿Los monjes?

—Desde hace ya dos meses los monjes de St. Benedict’s alquilan Jacob’s Well desde medianoche hasta el amanecer —contestó Agnes.

—¿Por eso oí cánticos anoche? Supuse que estaba soñando.

Me miró como si me considerara tonta.

—Pues claro. ¿Por qué si no?

Eso digo yo. ¿Por qué si no?