Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 7 de marzo
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7 de marzo

Hoy he recorrido St. Crispian’s casi entero. Era un ritual de mi padre, que iniciaba cada estancia en Lapis Lazuli House con una inspección del vecindario, y yo he continuado su práctica.

Es una delicia estar de nuevo en Londres y, lo que es mejor, en St. Crispian’s.

Siempre ha sido mi vecindario favorito, por encontrarse tan próximo a Primrose Hill.

Aquí se concentra gran parte de la historia más insólita de Londres.

La iglesia del siglo xv construida sobre un lugar de enterramiento celta.

Los restos del fuerte romano todavía haciendo guardia al final de Whereabouts Lane.

La horca, intacta a excepción de la soga, aguardando silenciosa en el centro de Traitors Road.

Si uno lee las biografías de algunos de los más ilustres —a la par que ligeramente escandalosos— londinenses, comprobará que a menudo pasaron años decisivos aquí, en el maravilloso St. Crispian’s.

Milagrosamente, en St. Crispian’s también hay presentes dosis considerables de «respetabilidad», gracias tanto a Sterling Street como a Baron’s Square.

Lady Trewartha reside aquí, lo mismo que lord y lady Blankenship, el general Braithwaite y el duque de Islington.

No puedo decir que los conozca personalmente, puesto que me encuentro un peldaño o dos por debajo de su elevada posición, pero en una ciudad como Londres una siempre está al tanto de qué personas de rango viven en los alrededores.

Es inevitable. Las habladurías son más contagiosas que la peste.

He de admitir que el vecindario tiene algunas idiosincrasias.

La arquitectura en ciertos lugares podría calificarse de excéntrica.

La flora y la fauna tienden a crecer a una velocidad asombrosa.

Justo es decir asimismo que existen otras «peculiaridades» que tendemos a no comentar en público fuera del vecindario.

Pero insisto, St. Crispian’s es casi perfectamente normal.

Casi.

En todas las tiendas, los letreros están bien cabeza abajo, bien de atrás adelante, pues, desde la llegada al trono de Carlos II, se considera que da buena suerte. No sé qué decir, excepto que parece haber funcionado. Todos los negocios de King Henry’s Road son muy prósperos.

St. Crispian’s está cómodamente encajado —aunque decir «cómodamente» quizá sea demasiado generoso— entre Primrose Hill y Primrose Hill.

Traducido: lo forman cuatro calles con varios apéndices y una plaza, situados todos ellos en el centro mismo del vecindario de Primrose Hill.

Un estado dentro de otro estado, un poco como el Vaticano.

Las tres calles principales son las siguientes: Traitors Road, hacia el oeste; la mía, Whereabouts Lane, al este, y, entre ambas, Sterling Street, que, como no podía ser de otra manera con semejante nombre, desemboca en Baron’s Square.

Las tres calles están atravesadas por la Diagonal y ceñidas en el extremo sur por King Henry’s Road.

Como he dicho, tanto Sterling Street como Baron’s Square son calles «respetables».

Mucho. Las casas tienen un diseño uniforme y están todas pintadas de blanco, con rosas flanqueando las escaleras que conducen a cada puerta, perfectamente pintada de verde.

Por predecible que pueda resultar todo, siempre disfruto de mis paseos por aquí.

Whereabouts Lane, mi pedazo particular de St. Crispian’s, no participa en absoluto de esa armonía blanca y verde adornada de rosas.

Tiene más de batiburrillo de ladrillo y piedra, todo de color gris o crema o marrón rojizo, con cada puerta pintada de un tono ligeramente distinto.

Siempre ha sido así. Cada diez años más o menos, los residentes de Whereabouts Lane invitan a un pintor (por lo general francés) a que venga y escoja una paleta cromática para puertas y contraventanas, con la excepción de las puertas de Lapis Lazuli House, que se quedan de color lapislázuli, es decir, azul brillante.

Mediada la década de 1870, se invitó al artista Édouard Louis Dubufe a que seleccionara la paleta de Whereabouts Lane.

Ahora que estamos en 1883, vuelve a hablarse de encargar un proyecto nuevo.

Lo sé porque el primo Archibald escribió sobre el debate a la prima Matilde.

Hay quienes insisten en que sea pronto. Lo que, traducido, quiere decir que el señor Morrow se ha cansado de tener una puerta principal rosa.

Al oeste de St. Crispian’s, Traitors Road es toda de piedra caliza gris traída desde Escocia.

Alberga una horca, como he dicho antes, la cual es popular entre los solterones y varios jóvenes caballeros londinenses, que la ven como una gran aventura.

(Byron se enfrentó una vez en duelo en medio de Traitors Road estando borracho.

No hay joven varón que no encuentre esto emocionante).

Los residentes actuales se enorgullecen de tener las farolas más insólitas a la puerta de su casa y es costumbre entre grupos de jóvenes de la ciudad pasear por la calle en la penumbra que precede a la oscuridad total para admirar dichas farolas en todo su esplendor.

Mi favorita es la de un zorro con un pájaro en la boca en la que el pájaro es la luz, solo que con alas.

Si bien la respetable Sterling Street continúa colina arriba hasta terminar en la hermosa Baron’s Square, tanto Traitors Road como Whereabouts Lane desembocan en anodinos callejones.

Dichos recodos les confieren un trazado de lo más irregular y hacen casi imposible que los coches puedan dar la vuelta.

La Diagonal discurre desde el tramo norte de Traitors hasta el sur de Whereabouts, cruzándose cortésmente y a medio camino con Sterling Street.

Dicho esto, lo mejor de St. Crispian’s es la casa alta con puerta azul que ocupa un recoveco de Whereabouts Lane.

Mi hogar.

A Maxwell siempre le divertían mis historias de St. Crispian’s. Decía que vendría a Londres cuando lo hiciera yo y se alojaría en Traitors Road.

«De eso nada. Serías un invitado en Lapis Lazuli House», insistía yo.

Parte de mí aún espera verle cruzar la puerta principal.