6 de marzo
Esta mañana se me ha informado de que, salvo que se me indique lo contrario, mis comidas se me servirán en una bandeja en la buhardilla.
No podré ir al comedor. Parian me dio la noticia con evidente satisfacción.
Presiento que mi destierro es motivo de considerable felicidad para él.
No se lo tendré en cuenta. Después de todo, es el ayuda de cámara del primo Archibald.
No debe de conocer demasiados momentos felices.
Cuando se marchó, reflexioné sobre esta sentencia y las ventajas que me procura.
Sin duda, es una bendición hacer las comidas sola, lejos del escrutinio de un anciano cascarrabias.
Para celebrarlo, sentada plácidamente en mi asiento de la ventana, me comí unas galletas de la lata que me envió Arabella.
Siempre me han gustado las vistas desde Lapis Lazuli House, situada justo en el recodo de Whereabouts Lane.
Permite advertir perfectamente a cualquiera que venga o vaya, y más desde la ventana de la quinta planta, pues es como si la casa se pusiera de puntillas para divisar los tejados de Londres.
Hacer aquí mis comidas, aunque esté pensado como un insulto, no me supondrá perjuicio alguno.
La única desventaja de comer de una bandeja en la buhardilla (una imagen de lo más poética, por otro lado) es que mi economía no me permite sufragarme escapadas a tomar té y pasteles como suplemento de los comestibles que el destino me envíe desde la cocina.
Y es de todos sabido que quienes viven en buhardillas extraen al menos una porción de su sustento del té y los pasteles de establecimientos tales como Everett’s o el Reed and Rite.
Es un hecho científico indiscutible. No me extrañaría que Darwin escribiera algo al respecto.
Por cierto, que el buen señor murió en Kent el año pasado.
¡En Kent nada menos! Eso sí que es supervivencia del más apto.
Si he de hacer caso de sus teorías, quizá debería irme a Hyde Park y ponerme a forcejear con jóvenes damas para sustraerles el bolso.
Londres es un entorno hostil y una debe sobrevivir.
El primo Archibald no ha hecho aún acto de presencia y, por tanto, no he tenido ocasión de preguntarle por el salario que se me debe y también por mi asignación.
Presiento que tampoco los ha olvidado él y por eso me evita.
He visto la sombra de un hombre escabullirse de la casa por la mañana temprano y volver a finales de la tarde, y me atrevo a asegurar que, si hablamos de una sombra con forma de hombre, no puede ser otro que el primo Archibald.
El cual no solo anda escaso de peso, sino también de humor, espíritu y temperamento.
Encontré un espejo en la habitación oeste y lo he colocado en la este, sobre el lavamanos. Debió de pertenecer a mi tía abuela y tiene un bonito marco dorado decorado con una cenefa griega. Apoyado contra la pared, es lo bastante alto para mostrar mi reflejo entero.
Estoy algo pálida.
Después de tanto tiempo de parecerme a mi padre, ahora me resulta alarmante ver a mi madre. Sigo teniendo los ojos de mi padre, de ese verde mar tan insólito; ojos separados, grandes, objeto de la desaprobación más absoluta de la prima Matilde.
Pero mi madre se ha impuesto en un tour de force . Tengo sus pómulos, su forma de arquear las cejas y ese rasgo de las mujeres de esta familia: el hoyuelo en la barbilla. Mi pelo es oscuro y rebelde, un regalo de mi abuela portuguesa por parte de madre.
¿Y en el puente de la nariz? Una constelación de pecas.
—Se te irán cuando seas mayor —me dijo en una ocasión mi madre.
—Espero que no —replicó mi padre desde la otra habitación, encorvado sobre una ilustración—. Sería una lástima que Emma perdiera esa pizca de magia, ¿no os parece?
Bien, padre mío, no la he perdido, aunque ahora me miro en este espejo y me reconozco menos que cuando era niña. Supongo que es algo que ocurre cuando te haces adulta y no has encontrado aún tu lugar en el mundo.
En lo que a estatura se refiere, no soy ni muy alta ni muy baja, sino que me hallo en un prosaico nivel intermedio.
La prima Matilde afirmó en una ocasión que sería mi única virtud a la hora de encontrar marido.
«Los hombres no quieren un espécimen alto y zancudo, tampoco una joven raquítica, con la excepción de su Majestad la Reina.
Tu estatura es tu única ventaja. Es posible incluso que puedas aspirar a un empleado de banca, siempre que le des un hijo y una hija, en ese orden.
—A continuación, agitó el dedo—. ¡Será posible, todas esas mujeres que insisten en dar a luz a primogénitas!
¡A saber qué tendrán en la cabeza! ¡Pájaros, sin duda! ».
Mi más sincero agradecimiento, prima Matilde, por tu generoso pronóstico de mi vida futura.