Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana 5 de marzo
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Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana

Los diarios de Emma M. Lion 1: Una señorita muy poco victoriana

Por Beth Brower

© inepub.com

5 de marzo

He llegado a Londres sin ningún percance.

Últimamente, pocas cosas me salen bien, pero esta ha sido una de ellas. Mi existencia en los últimos tres años puede considerarse una sucesión de percances.

El tren entró en la estación de St. Pancras envuelto en una nube de vapor con cinco minutos de adelanto.

Un hecho de lo más propicio, ya que estoy bastante segura de que no se ha producido nunca antes en la historia de los ferrocarriles británicos.

Un mozo muy poco solícito me ayudó con mis dos baúles, mi maleta y mi sombrerera.

Reparó en los bordes deshilachados de mi abrigo de viaje, emitió un sonido de desaprobación y procedió a dar muestra del desagrado que le producía ayudarme.

Aun así, le di medio penique. Lo que fue muy generoso por mi parte, considerando el estado de mis finanzas.

Cosa extraña, la sombrerera fue lo que despertó mayor desdén, a pesar de contener, en efecto, un sombrero.

Durante más de un año, contuvo algo ligeramente menos agradable: la cabeza de mono que me envió Maxwell.

Estoy divagando.

Después de conseguir un coche de punto, un dispendio inevitable, di al conductor la dirección de mi lugar preferido del mundo entero:

Lapis Lazuli House, en el barrio de St. Crispian’s, Londres.

Qué felicidad.

Cuando el coche enfiló Whereabouts Lane, saqué la cabeza por la ventanilla para ver Lapis Lazuli House.

¡Ahí estaba! Alta y gloriosa, de piedra caliza gris y con relieves exteriores que recuerdan al banco de un parque o una lápida ornamentada.

En cuanto el coche se detuvo, bajé a la calle, aliviada de haber llegado por fin a mi destino.

Si bien el pórtico cuadrado necesita una mano de pintura, los cinco escalones curvos que conducen a la puerta principal estaban recién barridos.

Habría que limpiar los ventanales, pero me atrevo a presumir de que son de los más altos del vecindario.

A pesar de todo ello, esta casa desprende un aire despreocupado que me encanta.

Por magnífica que sea, Lapis Lazuli House no se toma a sí misma demasiado en serio.

Una especie de contrapunto cósmico frente al ego de su actual residente.

El susodicho residente, mi primo Archibald, no estaba en casa cuando llegué.

Debió de presentir su inminente desgracia mi inminente llegada.

Su mayordomo, Parian, sí estaba, por lo que fue él quien me abrió la famosa puerta azul y —después de resoplar por la nariz en repetidas y desaprobatorias ocasiones— me permitió traspasar el sagrado umbral.

La fregona, ahora convertida en cocinera, también estuvo presente en mi llegada.

Se llama Agnes. Es una muchacha de dieciséis años tan graciosa como poco agraciada.

Ella y Parian me ayudaron a transportar el equipaje a mis habitaciones.

Para ello tuvimos que subir varios tramos de escaleras. Sí, varios. Y es que mi benevolente primo me ha alojado no en mis acostumbradas habitaciones del muy razonable tercer piso, sino en el desván de la quinta planta.

El desván.

Repito: el desván.

Al parecer, mis antiguas habitaciones ya no son mías. He sido desterrada de ellas. ¿Por qué?, cabría preguntar. A lo que respondo que hay cosas que no tienen explicación.

Aunque, siendo sincera, debo admitir que esta en particular puede guardar relación con El Incidente que desembocó en La Cicatriz.

Para mi escarnio, la planta cuarta entera está vacía y así seguirá.

La tercera planta la ocupan dos dormitorios de invitados y mis antiguas habitaciones.

El primo Archibald ocupa la segunda planta, incluyendo la biblioteca, que me está vetada y que el primo mantiene cerrada con llave.

El primer piso alberga el salón en el que se recibe a las visitas y que viene a ser también la sala de estar, el comedor y un gran salón formal que no se usa.

Las cocinas y las despensas se encuentran en la planta baja, con un dormitorio para Agnes detrás de la cocina, cerca de los jardines.

¿Dónde, cabría preguntarse, reside Parian, nuestro ayuda de cámara convertido en mayordomo convertido en individuo bastante insoportable? Sospecho que Sus Habitaciones Actuales son las antes conocidas como Mis Habitaciones. Que disfrute de las vistas del jardín.

Este cambio habría sido extraño en cualquier otra residencia londinense, pero no puede sorprenderme que haya ocurrido aquí.

En palabras de mi tía materna, lady Eugenia Spencer, «Lapis Lazuli House es una residencia peculiar, por decirlo suavemente».

Y mi tía no es alguien que se conforme con decir las cosas suavemente.

En cuanto al estado del desván, es un desbarajuste de muebles, polvo y telarañas.

Tras subir el último tramo de escalera, una se encuentra tres puertas.

La de la izquierda es de una habitación de orientación oeste, con una ventana y media que dan al jardín trasero.

La puerta central es de un armario en el que reina un completo caos.

La puerta derecha es de una habitación de orientación este, también con una ventana y media, pero que dan a la calle.

La media ventana es resultado de Lapis Lazuli Minor, que el primo Archibald creó al tabicar un pedazo ridículamente pequeño de la casa, de trece palmos, con el fin de atraer a inquilinos acaudalados.

Después de ceder otros trece míseros palmos en el resto de las plantas —cuatro de los cuales los ocupa la antigua escalera de servicio—, Archibald dio rienda suelta a su generosidad en el desván y cedió la mitad de la planta.

Lo que significa que mis habitaciones son más pequeñas y cada una dispone de una ventana y media.

He encontrado una cama y una mesilla entre los despojos de la sala este, y aquí es donde acamparé hasta que pueda meditar sobre posibles planes de actuación.

Agnes se aseguró de que comprendo que la ropa de cama ha sido lavada dos veces.

Tan vehemente fue su defensa de la limpieza de las sábanas que reconozco haberme alarmado un poco al pensar en cuál sería su estado anterior.

Descubrí, entre el caos del desván, un ejemplar gastado de El Paraíso perdido .

¡Viva! Supone un revés para el plan del primo Archibald de condenarme a la ignorancia.

Será maravilloso tener algo que leer hasta que pueda reconstruir mi biblioteca.

Y hallar a Milton en la buhardilla ha de ser por fuerza un presagio de alguna clase.

Así que me digo: bienvenida a casa.

Voy a encargar unas tarjetas de visita.

Emma M. Lion

Lapis Lazuli House, Whereabouts Lane

Londres