Capítulo 3 Jessica
De camino a la casa que ahora también es mi hogar, el Doctor me lleva de la mano.
Me gusta cómo me guía por la acera, como si me protegiera de peligros imaginarios.
Me habla del pueblo y de quién vive en cada casa.
Me alegra saber que Lara es mi vecina de al lado, aunque Alissia vive un poco alejada del pueblo.
La mayoría de las otras casas están ocupadas por hombres solteros. Me cuenta que muchos de ellos también buscan esposa.
Por un segundo me pregunto si podría convencer a Katy de que viniera. Me encantaría que ella también estuviera aquí.
Pero ¿se sometería alguna vez a este tipo de régimen? Quizás es demasiado brava, demasiado directa.
Me tomó bajo su ala cuando llegué a la ciudad y me ayudó a moverme en el nuevo mundo de las bailarinas y anfitrionas de club.
Simplemente no me la imagino acatando órdenes de su marido ni dejando que le den nalgadas solo porque él manda.
Quizás ella tampoco pueda imaginarme sometiéndome a eso, pero lo hago, y me gusta.
Luego estamos dentro. Me gusta la casa. Es grande, limpia y luminosa. La mayor parte de la carpintería está pintada de blanco. Pero hay pocos muebles y parece algo vacía.
Echa un vistazo alrededor y luego me mira a la cara, tratando de captar mi reacción.
—Es estupenda. ¿Llevas mucho tiempo viviendo aquí? —pregunto, intentando no decir que parece que se mudó ayer.
—Seis meses, más incluso. Pero sé que necesita el toque de una mujer.
Y unos cuantos miles de dólares en muebles y decoración, pienso para mis adentros. —Le vendrían bien algunas comodidades —digo—. Quizás un sofá nuevo, unas alfombras, una lámpara o dos, cojines, cuadros... —Me callo, preguntándome si estoy siendo maleducada.
Básicamente, estoy diciendo que hay que hacerlo todo.
Pero parece estar de acuerdo conmigo.
—Sí, desde luego. Quizás podrías encargarte de esto, de convertir nuestra casa en un verdadero hogar.
—Claro. Me encantaría —digo.
—Entonces te daré una tarjeta de crédito y podrás pedir lo que creas que necesitamos. Ya sabía yo que serías toda una ama de casa.
No estoy segura de que me guste que me llamen «toda una ama de casa», pero luego recuerdo que estoy intentando ser una esposa tradicional, y quizás esto forma parte de ello: aceptar que las tareas del hogar me corresponden a mí mientras él paga.
Puedo hacerlo. Quizás sea divertido. —Gracias —digo—, me encantaría hacer este lugar más acogedor para los dos.
Deja una tarjeta de crédito sobre la mesa. —Puedes usarla para todas las compras del hogar. No hay límite, pero estoy seguro de que puedo confiar en tu sensatez. Al fin y al cabo, se nota por tu estilo que no eres de las que derrochan —me sonríe.
—Sí, es verdad. —Me encantaría derrochar si alguna vez tuviera la oportunidad, pero por ahora me felicito por haber dicho lo correcto y aparentar lo que debo.
Quizás guardar las apariencias y convencerle de que soy lo que él quiere que sea resulte más fácil de lo que esperaba.
—Como es tu primera noche aquí, Lara nos ha traído algo de comida. Así que lo único que tienes que hacer ahora es deshacer la maleta y acomodarte mientras yo termino mi última visita a domicilio. Luego cenaremos juntos y después...
Me toma de los hombros de nuevo, me acerca a él, se inclina y me besa en la frente. —Y entonces quizás Papi pueda dedicarle un rato especial a su pequeña.
Me río entre dientes; sus palabras vuelven a hacerme sentir un poco avergonzada.
¿Llegaré a acostumbrarme a que él sea Papi y yo su pequeña? No lo sé, pero una vez más, sé que quiero intentarlo.
—Ahora Papi tiene trabajo que hacer. No tardaré mucho. Ve acomodándote, que vuelvo enseguida. —Sale de la casa y me quedo sola.
Paseo por la casa. Podría ser un lugar encantador para vivir. La cocina es enorme. En el salón hay una gran estufa de leña de metal. Hay cuatro dormitorios.
Veo dónde duerme él. ¿Debería poner mis cosas en esa habitación? ¿Compartiremos cama antes de casarnos? ¿O dormiré en otra habitación hasta que llegue el momento de la boda?
Todo vuelve a parecerme tan extraño. Todavía no me creo que esté aquí.
Normalmente, a esta hora, estaría pillando algo de comida basura, quizás una hamburguesa, quizás unas patatas fritas con todo encima, y luego preparándome para una noche en el club.
Me ducharía y me lavaría el pelo, luego me aplicaría el maquillaje cargado, con el spray fijador para que aguantara hasta la madrugada.
Elegiría uno de mis conjuntos de stripper. Los voy alternando. Teníamos clientes habituales que venían todas las noches y me gustaba variar lo que llevaba y cómo bailaba para ellos.
Era buen dinero, pero de algún modo nunca era suficiente. Y los tíos que conocía no eran buenos tíos.
Claro, de vez en cuando aparecía alguno que parecía decente, que había entrado con un grupo de oficinistas, que estaba fuera de lugar, pero casi siempre resultaba que estaban casados.
Aunque llevaba tiempo deseando escapar, sentada a solas en mi nuevo hogar, siento una punzada repentina de nostalgia por la certeza de lo que he dejado atrás, por saber quién se supone que soy y qué se supone que debo hacer allí.
¿Estará Katy bailando esta noche?, me pregunto.
¿Y qué pasará cuando Eric y Larry aparezcan por el club buscándome para que empiece a devolverles el dinero?
Se me retuerce el estómago, el miedo regresa. Había vivido con ese nudo constante de ansiedad en las tripas hasta que dejé la ciudad. Pero aquí ya no tengo que preocuparme por eso.
Mi mayor problema aquí y ahora es en qué dormitorio poner mi ropa.
Descarto la habitación que es suya. Una chica inocente no espera dormir en la misma habitación que su hombre antes de casarse con él, me digo.
La siguiente habitación que miro es un poco extraña.
Tiene un aspecto bastante clínico y la cama parece más bien una camilla de exploración. El suelo está sin alfombrar. En la esquina hay una zona de ducha grande y un inodoro, además de equipo médico. Parece una pequeña habitación privada de hospital.
Quizás la use para pacientes de vez en cuando. Puede que sea el equivalente a una UCI en este pueblo.
Sonrío al pensarlo. Este lugar es tan remoto y poco desarrollado que es muy posible que sea el único centro médico con hospitalización.
Mirando los armarios de acero llenos de equipo médico, no puedo evitar pensar en cómo me examinó hoy y en lo que vino después.
Cierro la puerta, preguntándome si volverá a hacérmelo, quizás pronto, quizás incluso en esa habitación.
Encuentro un pequeño dormitorio en la parte trasera de la casa. Las paredes son de un rosa pálido y los muebles, blancos. La cama ya está hecha, con una colcha estampada.
Como el resto de la casa, le vendría bien una alfombra, una lámpara y algunos muebles más, pero es bonito.
Decido dejar mis cosas aquí, aunque no sé si de verdad debería dormir en esta habitación.
No tengo mucho que deshacer.
Mi maleta solo contiene mi nuevo vestuario de segunda mano: vestidos largos, faldas discretas y blusas de cuello alto. No pude resistirme a meter algunas prendas más monas pero igualmente respetables.
Decido ducharme, cambiarme y luego seguir explorando la casa.
Sienta bien quitármelo todo de encima, enjabonarme el pelo y ver la espuma escurrirse por el desagüe.
Salgo de la ducha y me seco.
Empiezo a relajarme. No tengo que pensar en bailar, ni en complacer al dueño del club, ni en asegurarme de que los clientes disfruten del espectáculo, ni en si esta será la noche en que aparezcan Larry o Eric, ni en nada más.
Soy libre, pienso, pero entonces llega la siguiente tanda de preocupaciones.
Tengo que cubrir mi tatuaje.
Tengo que tener cuidado con lo que digo y cómo actúo.
Tengo que mantener esta fachada de inocencia total el mayor tiempo posible.
Uso maquillaje de camuflaje para tapar el tatuaje.
Otras chicas del club usan el mismo maquillaje para tapar chupetones o, si tienen mala suerte, los cardenales que les dejan sus novios, sus proxenetas o incluso los clientes que piden «bailes privados».
A mí nunca me pasó eso y jamás permití bailes privados, por mucho dinero que me prometieran.
Pero aun así, sé que mi verdadera historia hará que me echen de este pueblo anticuado antes de que pueda siquiera explicarme.
Y sé que si Larry y Eric me pillan antes de que les pague, no serán solo unos cuantos cardenales. Será una paliza en toda regla y luego unos meses trabajando para ellos hasta devolver el dinero.
Pero en cuanto el Doctor se case conmigo, recibiré el dinero gordo y entonces podré pagarles y dejar de preocuparme. Supongo que hasta podría volver a la ciudad, si quisiera.
Pero ahora mismo quiero quedarme aquí. Me gusta este lugar. Me gusta tener una casa grande y carta blanca con una tarjeta de crédito para dejarla aún más bonita.
Me gusta el Doctor. Puede que hasta me guste llamarlo Papi.
Vuelvo a vestirme con un camisón rosa pálido de tirantes finos y delicados. Es bastante corto, pero resulta mono más que provocativo, y lo tapa todo, que supongo que es lo importante.
Después me acurruco en el sofá a esperar a que vuelva el Doctor.