Capítulo 4 Dr. Hudson
Mi última paciente del día es Lara, la esposa embarazada del Sheriff. Su Entrenamiento de Parto progresa muy bien.
A pesar de su comienzo algo accidentado, está demostrando claramente ser una esposa dócil y obediente.
Golpeo la puerta con los nudillos y el Sheriff abre.
—¿Cómo estás, Hudson? Me han dicho que tu esposa ha llegado al pueblo —dice.
—Así es. Las noticias vuelan.
—¿Es de tu agrado? —pregunta el Sheriff.
—Sí. Mucho. Muchísimo, sin duda —respondo.
—Bien. Mañana le haré una visita. Creo que ya ha conocido a Lara. Seguro que las mujeres estarán cotilleando sobre nosotros —esboza una sonrisa irónica.
Aunque su tono es agradable, entiendo el subtexto.
Está vigilando a mi nueva chica. Y me deja claro que Lara le contará si hay algún rumor de que me estoy pasando, de que voy demasiado rápido.
El Sheriff es el único en el pueblo que conoce mi pasado y me está vigilando.
—Sin duda lo harán —respondo—. Pero nuestras jóvenes no reciben más de lo que se merecen.
Desvío la atención de mi propia prometida hacia su esposa.
—Y bien, ¿cómo está Lara?
¿Se encuentra bien? ¿Ha hecho los ejercicios? —pregunto.
—Sí. Todos los días. Aceite. Masajes. Estiramientos. Práctica. Se ha portado muy bien.
—Bien. Bien. ¿Y está lista para mí ahora?
—Sí. Está en el dormitorio. Adelante.
Lara está sentada en el borde de la cama, esperándome.
—Buenas tardes. Muchas gracias por la comida que trajiste para Jessica y para mí —digo.
—No hay problema, Doctor. Estoy encantada de tener una nueva vecina.
—Bien, vamos a tomarte la presión arterial y demás, y luego te haré un examen físico rápido —anoto las lecturas—. Bien. Bien. Pareces gozar de excelente salud. Y dime, ¿sientes ya alguna molestia? Quítate la camisa.
—No, estoy bien —responde. Mira al Sheriff, quien asiente, y entonces se desabrocha la camisa y se la quita.
—Tu sujetador también. Necesito revisarte los pezones —le recuerdo.
De nuevo, mira al Sheriff antes de obedecer.
Pienso en mi propia chica. No necesitará pedir permiso a nadie más que a mí antes de desvestirse. Soy la única autoridad ante la que responde.
El pensamiento me pone duro de nuevo e intento concentrarme en Lara.
Sus pechos son mucho más grandes ahora; el embarazo les ha dado una plenitud turgente.
Me pongo unos guantes de látex finos y alargo la mano para palparlos, disfrutando de su peso y firmeza.
Luego paso los pulgares sobre sus pezones. Se endurecen y ella jadea involuntariamente.
Mira al Sheriff.
Él no dice nada, solo observa.
A veces me pregunto cuánto se excita el Sheriff viendo a su pequeña manoseada por otro hombre. Desde luego, siempre está más que dispuesto a que la examine tanto como me apetezca.
Juego con sus pezones un poco más, pellizcándolos y rodándolos entre los dedos, disfrutando de su dureza. Me pregunto si mi pequeña Jessie florecerá así cuando la preñe.
—¿Te estás aplicando la loción tres veces al día, como te indiqué? Necesitas que tus pezones estén en buenas condiciones cuando llegue el momento. Les vas a dar mucho uso. Sheriff, espero que estés cumpliendo con tu parte, ¿mamando de ellos todo el tiempo posible cada día?
El Gobierno ha establecido estos pasos para la preparación del parto en la sección de Entrenamiento de Parto del Manual Nupcial.
Uno de los resultados que buscan es aumentar la tasa de natalidad. Con el tiempo, esperan que los gemelos Pioneros prosperen, se multipliquen y se conviertan en la norma de nuestro nuevo estado.
Hacer que el proceso del parto y la maternidad sea lo más indoloro, e incluso placentero, posible es una piedra angular de esta política.
Tiene sentido, y también tiene ciertas ventajas para nosotros, los hombres.
—Papi mama de ellos todo el tiempo. Está deseando que me suba la leche —dice Lara con una risita.
Me gusta que ahora llame abiertamente a su marido «Papi», como si se hubiera normalizado por completo entre ellos. Aunque, claro, recuerdo que ha tenido que recibir bastantes azotainas severas para llegar a este estado de docilidad.
Me pregunto si mi pequeña Jessie necesitará tanto entrenamiento para llegar al mismo punto.
Asiento con aprobación.
—Ya veo que tu leche va a ser popular por aquí. Bien. Cuanto más te mamen, más producirás.
Me pregunto cómo sería beber leche directamente del pecho de mi propia esposa joven e inocente. Me imagino a Jessie con los pechos llenos y goteantes, ofreciéndomelos, y la polla me da un tirón de excitación.
Obligo a mi mente a volver a la tarea que tengo entre manos.
Antes de que llegara Jessica, examinar así a Lara habría sido el momento cumbre de mi día. Ahora es simplemente un pequeño aperitivo antes de la verdadera emoción de jugar con mi propia chica.
Podría seguir acariciando los pechos de Lara, pero decido avanzar con el examen.
—Ahora, quítate la falda y las bragas y túmbate. Necesito examinarte el vientre y ahí abajo.
Observo cómo se sonroja ligeramente mientras se desviste y luego se tumba en la cama.
Me pregunto si todavía se sonroja cuando se desviste para el Sheriff, o si es solo la presencia de otro hombre lo que la vuelve tan tímida.
No hago nada por evitarle la vergüenza. Me gusta cuando se siente incómoda. La miro fijamente mientras se quita la falda y se baja las bragas. Luego se tumba en la cama, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos.
Chasqueo la lengua.
—Así no puedo examinarte, ¿verdad? Abre las piernas, Lara, bien abiertas.
Cierra los ojos y me obedece.
El Sheriff permanece de pie junto a ella, observándolo todo.
Lo miro y percibo ese atisbo de sonrisa en su rostro. Sí, estoy seguro de que está disfrutando de esto tanto como yo. Quizás más, dado que podrá jugar con ella después.
Pero cualquier atisbo de envidia que pudiera haber sentido se desvanece al recordar que tengo a mi propia chica esperándome en casa, aún más adorable.
Deslizo las manos sobre el vientre embarazado de Lara. La piel está suave y tirante sobre su barriga cada vez más abultada.
—¿Y te estás hidratando tres veces al día aquí también? —verifico.
Asiente.
—¿Y masajeándote aquí abajo? ¿Con los aceites? —deslizo las manos entre sus piernas abiertas, separándole los muslos aún más.
Su coño se abre, húmedo y reluciente, con los labios menores más rosados y abultados que antes.
—Sí, doctor —responde.
—Buena chica. Ahora tengo que hacerte un examen interno y después revisar cómo vas con el entrenamiento para el parto.
Aplico lubricante en la mano enguantada, junto los dedos formando un cono y los presiono contra su entrada, demasiado estrecha.
Voy a examinarla por dentro y, de paso, disfrutar metiéndole el puño a escondidas.
Soy un hombre afortunado por disfrutar tanto de mi trabajo, pienso mientras empiezo a forzar la mano dentro del coño de la chica, bajo la mirada aprobadora de su marido-Papi.